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Aylwin, la instalación del modelo neoliberal y los nuevos desafíos para la izquierda

por 5 mayo, 2016

Aylwin, la instalación del modelo neoliberal y los nuevos desafíos para la izquierda
En vez de ofrecer un análisis político de un determinado período histórico (el gobierno de Aylwin), lo que se hace más bien es promover una dialéctica generacional, donde la generación joven le enrostra a la generación anterior haber “tomado el camino equivocado”, haber “hecho todo mal”. Así, se corre el riesgo de propiciar una discusión ahistórica, donde la nueva generación pretende reescribir por completo lo que se hizo en el pasado.
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A partir del fallecimiento del ex Presidente Aylwin se ha levantado un breve, pero interesante debate acerca de la forma en que se ha instalado y consolidado en el país el llamado “modelo neoliberal”.

Más allá del ánimo conmemorativo general, parece legítimo que la muerte de un ex Presidente abra espacios para un juicio crítico de su gobierno.

En esta línea, algunas voces, en particular la del diputado Boric, han articulado una opinión que sin duda interpreta a muchos en el país: que los gobiernos de la Concertación, a partir del de Aylwin, no hicieron más que continuar y profundizar el modelo económico implantado por Pinochet; dicho con un eslogan, que “la alegría nunca llegó”. Las preguntas que subyacen a esta crítica son: ¿debió el gobierno de Aylwin haber hecho más por cambiar el modelo económico de la dictadura?, ¿debió haber enmendado el rumbo completamente?

Me parece apropiado plantearse preguntas de esta naturaleza, y su tratamiento sin duda puede resultar relevante para la discusión política e ideológica actual.

Lo que me parece equívoco es la forma en que se ha enfrentado el análisis de las mismas, pues en vez de analizar la dialéctica política intrínseca del período postdictadura, la discusión tiende a instalarse en un eje pasado-presente, donde son las demandas políticas actuales las que se contraponen a la acción política de hace 25 años.

De esta forma, en vez de ofrecer un análisis político de un determinado período histórico (el gobierno de Aylwin), lo que se hace más bien es promover una dialéctica generacional, donde la generación joven le enrostra a la generación anterior haber “tomado el camino equivocado”, haber “hecho todo mal”. Así, se corre el riesgo de propiciar una discusión ahistórica, donde la nueva generación pretender reescribir por completo lo que se hizo en el pasado, lo que termina por obstruir el diálogo político y dificultar la búsqueda de nuevas síntesis ideológicas.

En el marco de esta precaria introducción, me planteo la pregunta: ¿fue el gobierno de Aylwin una continuación o profundización del modelo económico de la dictadura?

Desde el punto de vista de las demandas políticas actuales, sin duda que sí lo fue: si bien se aumentó el gasto social focalizado, su gran arma para enfrentar la pobreza fue el crecimiento económico; este énfasis permitió levantar muchas familias por encima del umbral de la pobreza, pero hizo muy poco por mejorar la distribución.

La acumulación de capital en las grandes fortunas –como suele ocurrir en períodos de crecimiento–, se profundizó y, por otro lado, el gobierno no hizo nada por deshacer las privatizaciones irregulares que había realizado la dictadura en beneficio de unos pocos (civiles que apoyaban el régimen), y menos por estatizar otras empresas.

En materia educacional, se mantuvo la bendita LOCE, promulgada el último día de Pinochet en el poder, y no se hizo nada en materia de gratuidad universitaria.

Desde el punto de vista de las demandas de la época, sin embargo, la respuesta es muy otra.

En el ámbito puramente económico –que es el foco de esta columna–, se hizo una reforma tributaria muy profunda, y una reforma laboral importante, que fue completamente recortada por la derecha en el Parlamento.

En materia educacional se enfrentó la enorme precariedad en que habían quedado los docentes, se implementaron planes millonarios (si bien a lo largo se demostraron inefectivos) de apoyo a las escuelas más vulnerables.

La democracia de los acuerdos se entiende ahora como una época de concesiones, pero atestigua también la enorme tensión de un país políticamente polarizado, y lleno de trabas a la democracia, donde la derecha mantenía un poder de veto y era necesario dividirla para aprobar las grandes modificaciones estructurales que el país requería.

Haber reformado de manera más profunda el sistema de mercado era posible, pero no tan fácil como parece ahora y, de seguro, no era una prioridad que recibiera el clamor popular que parece sentirse hoy.

Hay tres niveles que tomar en cuenta en este análisis.

En primer lugar, un nivel económico: Chile tenía 5 mil dólares de ingreso per cápita, 40% de pobreza, 20% de indigencia, inflación más arriba del 20%, desempleo en el 8%, y una necesidad enorme de ponerse al día en materia de infraestructura estatal, déficit en servicios sociales básicos, regularización laboral de miles de funcionarios públicos, entre varios otros problemas apremiantes.

Sin duda era urgente avanzar en materia redistributiva, pero el costo de sacrificar un solo punto de crecimiento era enorme. Quizás el crecimiento no era el camino más sustentable, pero en la práctica era el más efectivo para sacar a cientos de miles de personas de la pobreza, apuntalar el empleo y engordar las arcas fiscales para cientos de programa sociales nuevos, en áreas que Pinochet había desconsiderado completamente.

Sin duda, se podría haber buscado equilibrios un poco mejores, sugerir énfasis algo distintos, pero desde un punto de vista puramente económico, un giro más amplio parecía muy difícil.

Esta realidad se complementa con un segundo nivel, de orden político. Todavía reinaba un temor al “socialismo”, obviamente alimentado por la derecha, pero arraigado en una sociedad polarizada y permeable aún a la política del terror. Cualquier medida con algún resabio estatista, si resultaba fallida, podría haber sido un desastre para el gobierno, y su continuidad.

Si hubiera habido una demanda clara por políticas más de izquierda, que impugnaran de forma aún más decidida el modelo (como hay ahora), entonces Lagos –al término del Gobierno de Aylwin– habría mostrado un desempeño más efectivo en las primarias contra Eduardo Frei, a la vez que habría surgido un candidato “por fuera”, con un desempeño que al menos habría hecho titubear a la Concertación (como fue MEO el 2009).

Pero el caso es que Frei, empresario y a todas luces más a la derecha que Aylwin, arrasó en las primarias (con 63%), arrasó en la presidencial (con 58%), en tanto que el candidato de la izquierda extraparlamentaria de entonces obtuvo solo un 5%.

Me parece que hay una serie de dilemas ideológicos emergentes, para los que la izquierda hoy no tiene una respuesta clara. No son ya los problemas y discursos del pasado, son nuevos desafíos, que claman por una nueva radicalidad. Menciono tres de manera muy concreta. Primero, el rol de las empresas en las sociedades contemporáneas. Parece que ya no son solo los empresarios el factor de tensión, y no basta con equilibrar la relación entre el patrón y sus trabajadores, ahora es la figura misma de la empresa –como organización productiva– la que se ha vuelto problemática.

Hay, por último, un tercer nivel que es muy importante y del que se habla mucho menos: el propiamente ideológico.

En un entorno mundial todavía viviendo en las postrimerías de la Guerra Fría (el muro de Berlín cayó recién en 1989, la Perestroika había ocurrido hacía apenas 4 años), las opciones ideológicas estaban todavía muy rigidizadas en los polos de izquierda y derecha, con un modelo capitalista que se oponía como única alternativa a una especie de socialismo real.

El gobierno de Aylwin podría haber impugnado con más fuerza el sistema de mercado, haber promovido un Estado más fuerte y un mayor énfasis redistributivo, aun corriendo los riesgos económicos y asumiendo los costos políticos, pero ¿bajo qué paradigma ideológico? ¿Qué tipo de relato u horizonte de ideas podía ofrecer un nuevo equilibrio entre el Estado y mercado, entre libertad e igualdad, una nueva forma de construir una economía más justa y solidaria, sin alienar la voluntad individual de las personas?

Todavía hoy, tres décadas más adelante, los gobiernos de izquierda de Latinoamérica no encuentran el discurso ideológico preciso (más bien, por el contrario, se derrumban bajo discursos completamente fallidos, que terminan por debilitar a la izquierda). ¿Qué posibilidad tenía el primer gobierno de la transición democrática, al comienzo de la década de los 90, de dar con un discurso ideológico capaz de renovar los postulados de la izquierda, y volverlos convocantes y viables para los partidos políticos y la ciudadana, en una sociedad todavía muy polarizada?

Este es el punto que me parece fundamental de la reflexión a propósito de la instalación del modelo neoliberal durante el Gobierno de Aylwin. La crítica a su mandato me parece plenamente legítima, pero en ocasiones me da la impresión que oculta ciertos desafíos ideológicos que todavía están presentes.

En lo personal, sí me hubiera gustado que el Gobierno de Aylwin, o los gobiernos de la Concertación, para ser más precisos, hubiesen tenido un enfoque distinto del tema de la pobreza, una preocupación más eficaz por la redistribución y la integración, un mayor énfasis en el rol garante del Estado. Sobre todo, me hubiera gustado un discurso cultural distinto –“cultural” en un sentido amplio–, un discurso que hubiera sido capaz de combatir la privatización, el individualismo y la mercantilización del país, que hubiera prevenido la instrumentalización y la farandulización de la vida pública y privada. Pero ni siquiera estoy seguro que ese discurso exista hoy. Lo que existe, eso sí es seguro, es la demanda por ese discurso, pero todavía no la respuesta.

En este sentido, me parece que hay una serie de dilemas ideológicos emergentes, para los que la izquierda hoy no tiene una respuesta clara. No son ya los problemas y discursos del pasado, son nuevos desafíos, que claman por una nueva radicalidad. Menciono tres de manera muy concreta. Primero, el rol de las empresas en las sociedades contemporáneas. Parece que ya no son solo los empresarios el factor de tensión, y no basta con equilibrar la relación entre el patrón y sus trabajadores, ahora es la figura misma de la empresa –como organización productiva–, la que se ha vuelto problemática.

Avaladas por el deseo desesperado de producir, las empresas, en particular las grandes corporaciones, se han transformado en estructuras amenazantes para el orden social y político, depredadoras del medioambiente, instrumentalizadoras de las personas. Hay un sentido en crisis en el centro mismo de la noción de empresa –más allá de la relación entre empresarios con sus trabajadores–, que debería ser repensado de modo fundamental, sobre el cual casi ni se habla.

En segundo lugar, la distribución de ingreso, como una medida cuantitativa entre el primer y último decil, dice muy poco sobre el grado de equidad e integración de una sociedad. Hay otras desintegraciones, mucho más graves, que atraviesan la desigualdad económica: la desintegración cultural, religiosa, étnica, por citar tres ejemplos que traen graves consecuencias en Chile y el mundo hoy.

Podemos mejorar un poco el índice de distribución de ingreso (el Gini), pero continuaremos siendo una sociedad igualmente desintegrada, clasista, discriminadora, fragmentada en guetos culturales enfrentados entre sí, a veces de manera violenta.

De nuevo, el discurso tradicional de izquierda dice muy poco sobre este tema, casi ni se lo menciona. Por el contrario, la izquierda suele hacerse parte de un discurso economicista, que parece pensar que solo si mejoramos la distribución de ingreso, automáticamente nos convertiremos en una sociedad más justa e igualitaria.

En tercer lugar está el tema de los “súper-ricos”, que parece que el capitalismo engendra y engorda de modo inevitable. No solo es necesario plantearse cómo cerrar las brechas de desigualdad “por abajo” (integrando a los sectores marginados), sino también cómo prevenir la deformación de la sociedad capitalista “por arriba”, evitando que ciertas corporaciones o grupos económicos literalmente se apoderen del mundo, conduciendo a una nueva forma de totalitarismo.

Volviendo al tema que da origen a esta columna, me parece importante evaluar la relación del Gobierno de Aylwin, y de la Concertación en general, con el modelo económico, pero con el propósito de atizar, no encubrir una discusión ideológica muy de fondo para la izquierda de hoy.

Hay que prevenir el riesgo de ser radicales con el pasado, para ser facilistas con el presente. Para proponerle al país una salida al atolladero en que se encuentra, es necesario leer críticamente la historia política reciente, pero para hacerse cargo de los nuevos desafíos ideológicos que enfrentamos en el presente.

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