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Opinión

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El futuro de Gabriel Boric

por 1 junio, 2016

El futuro de Gabriel Boric
Gabriel Boric se ha transformado en la única voz en el Parlamento que instala y defiende las demandas y posiciones de las luchas sociales y de las fuerzas marginadas por el binominal. Y por eso se ha ganado el respeto y la consideración de todos los y todas las que nos encontramos construyendo alternativas al neoliberalismo del pinochetismo-concertacionismo ampliado, ese que va de la UDI al PC y el PRO.
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Cuando se confirmó que Gabriel Boric había sido electo diputado por su distrito, fue inevitable enfrentar sentimientos encontrados. Por un lado, abundó la satisfacción porque, después de 24 años, se le dobló por fin la mano al binominal desde la izquierda y se le arrebató al menos un curul al pinochetismo-concertacionismo, ese porfiado guardián de la herencia de la dictadura e impúdica madre de todas las colusiones. A diferencia de Giorgio Jackson, que, en buen chileno, no le ha ganado a nadie y recibió su escaño de regalo sin competir por él, Boric es diputado porque venció no solo a otras listas completas –de dos personas, es cierto, pero listas al fin y al cabo–, sino también a un sistema diseñado para que algo como lo suyo fuera prácticamente imposible.

Pero, por el otro lado, fue inevitable también recordar, simultáneamente, algunos puntos poco claros en la biografía del hoy diputado por Magallanes. Dos en particular despertaron suspicacias.

Primero, su liderazgo en la movilización que en 2009 logró la renuncia de Roberto Nahum al decanato de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Más allá de las cuestionables actuaciones del ex decano, que fueron muchas y muy graves, la movilización en su contra obedeció a intereses que todavía hoy no han sido completamente esclarecidos. Y tampoco ha quedado despejado si el propio Boric estaba consciente de estar operando para esos intereses o si, al contrario, simplemente fue instrumentalizado, alternativas ambas igualmente complejas y, como poco, fuentes de preguntas y cuestionamientos.

El segundo punto complejo de la biografía de Gabriel Boric radicaba, precisamente, en su militancia. La Izquierda Autónoma nace de y, en apariencia, es una continuación de un colectivo llamado “Movimiento Surda”. Y la Surda tiene un historial político no precisamente prístino. Nació en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile a principios de la década de 1990 y funcionó fundamentalmente como una agrupación estudiantil. Cuando logró trascender más allá de las universidades, como, por ejemplo, en la toma de Peñalolén o en algunas organizaciones sindicales, los responsables de dichos avances chocaron con los liderazgos instalados en el colectivo y terminaron desligándose rápidamente de él. Así, la Surda se transformó en una escuela de cuadros políticos y sociales pero, a la larga, para otras fuerzas y organizaciones, que son las que han terminado aprovechando los liderazgos y las capacidades que, a medida que crecían, dejaban de tener cabida en la agrupación.

Pero, más allá de lo anterior, lo que definió a la Surda, sobre todo en la década pasada, fue el camaleonaje político. Aunque gustaba de las consignas encendidas, en la práctica sus actuaciones políticas terminaron exhibiendo una obsecuencia tan extrema contra aquello que quería superar (la “izquierda tradicional” o “la Concertación”) que sonrojaría incluso al mismísimo Evaristo Espina.

En la segunda vuelta de las elecciones de 2005 llamó a votar por Michelle Bachelet para detener a “la alianza de los ultraconservadores y el empresariado” (¡seguro que la Concertación no es la alternativa que más contenta a empresarios y conservadores!). Y para las elecciones de 2009, lo que quedaba de su militancia tras el chascarro de llamar a votar por Bachelet, se dividió en dos: de un lado quedaron los/as que convocaron a trabajar por Jorge Arrate, que había pactado ya con la Concertación el apoyo a Frei en segunda vuelta a cambio de permitir que la nomenklatura del PC llegara al Parlamento, y, del otro lado, los que, como Claudio Venegas, se sumaron a la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, de quien, por cierto, terminarían desmarcándose en poco tiempo.

Terminada la Surda y reciclados algunos de sus cuadros en Izquierda Autónoma, la política de camaleonaje político, la misma que practica ME-O desde su primera candidatura y que ha empezado a aplicar el MAPU-Jackson –también conocido como “Revolución Democrática”–, no solo no cesó, sino que incluso se agudizó.

Las pruebas están en la incomprensible y políticamente estulta reunión con la ministra Delpiano a pesar de que la Confech decidió congelar las conversaciones con ella. Pero también están en las señales de humo que hizo Nodo XXI con sus llamados públicos, difundidos urbi et orbi, a salvar la neoliberal reforma educacional del Gobierno.

La obsecuencia de las cúpulas de Izquierda Autónoma hacia la Concertación es ya tan abierta y poco disimulada que Carlos Ruiz, su principal liderazgo y también el principal referente de la Surda, ha confesado recientemente, sin tapujo alguno, que estuvo a punto de sumarse al actual Gobierno, pero que finalmente no lo hizo porque no pescaron sus condiciones. Y, claro, la Izquierda Autónoma no es el PC; ni siquiera es la IC. Es un simple colectivo sin orgánica ni proyección más allá de un par de federaciones universitarias. Y en estas circunstancias, en las que prácticamente ni califica como “una fuerza”, que ande poniendo condiciones es casi una desfachatez.

Lo triste es que, con todos estos antecedentes, si sumamos uno más uno y atamos todos los cabos, queda totalmente develada su estrategia de mediano plazo: acumular la suficiente fuerza para mejorar la posición negociadora que le permita sentarse en la mesa de la Concertación ampliada para zamparse un par de migajas de poder. Y esto que pone en práctica hoy la Izquierda Autónoma no parece tan lejano a lo que pretendía hace una década la Surda. Cualquier parecido con el camino seguido por el PC, es mera coincidencia.

Con los antecedentes de esta política cameleónica y tan amiga del transfugio a la vista, fue inevitable sospechar de lo que podía hacer Gabriel Boric en el Parlamento.

A título personal confieso que durante más de un año esperé que, a cambio de un par de chauchas políticas, terminara mostrando la obsecuencia y el entreguismo a la Concertación que practicó la antigua Surda y que ha continuado exhibiendo recientemente la facción ligada a Nodo XXI. El temor fundado siempre fue que, con las justificaciones truchas y carentes de sentido que acostumbraba la Surda y que continúa reproduciendo hoy Izquierda Autónoma, Boric terminara poniendo al servicio de la política de “parchamiento” del neoliberalismo chileno todo un importante capital político ganado en las luchas sociales contra ese mismo neoliberalismo. Es decir, Boric despertó el temor de que hiciera lo que terminaron haciendo finalmente Iván Fuentes, Giorgio Jackson y, sobre todo, Camila Vallejo.

Sin embargo, y me es muy grato reconocer el error, ha ocurrido todo lo contrario.

El desempeño de Gabriel Boric como diputado ha sido no solo descollante, sino también de un compromiso inquebrantable con la sociedad movilizada. Fue, por ejemplo, el único parlamentario que llevó, representó y defendió las posiciones del movimiento sindical en la discusión por la reforma laboral en la Comisión de Trabajo de la Cámara, de la que también forma parte Osvaldo Andrade, representante de los grupos económicos disfrazado de abogado laboralista y que, por supuesto, no solo no respaldó los planteamientos de los trabajadores que sí defendió Boric sino que, además, guardó un vergonzoso silencio respecto a ellos.

Y fue el mismísimo Gabriel Boric, en la fundamentación de su voto en contra de la reforma, el que volvió a instalar en el Parlamento la sola idea de la contradicción entre capital y trabajo, contradicción que tan pulcramente han sacado de la discusión pública el PC reconvertido al neoliberalismo y esa caterva de lobbistas de la banca mundial en la que se ha transformado la Internacional Socialista (incluidos sus capítulos locales: el PS, el PPD y el PRSD).

La obsecuencia de las cúpulas de Izquierda Autónoma hacia la Concertación es ya tan abierta y poco disimulada que Carlos Ruiz, su principal liderazgo y también el principal referente de la Surda, ha confesado recientemente, sin tapujo alguno, que estuvo a punto de sumarse al actual Gobierno, pero que finalmente no lo hizo porque no pescaron sus condiciones. Y, claro, la Izquierda Autónoma no es el PC; ni siquiera es la IC. Es un simple colectivo sin orgánica ni proyección más allá de un par de federaciones universitarias.

En suma, y como ya lo había manifestado en otra parte a propósito de Camila Vallejo y otros diputados nacidos de las movilizaciones de 2011 y 2012, Gabriel Boric se ha transformado en la única voz en el Parlamento que instala y defiende las demandas y posiciones de las luchas sociales y de las fuerzas marginadas por el binominal. Y por eso se ha ganado el respeto y la consideración de todos los y todas las que nos encontramos construyendo alternativas al neoliberalismo del pinochetismo-concertacionismo ampliado, ese que va de la UDI al PC y el PRO.

Respeto, sin embargo, no es lo mismo que confianza. Ver y aplaudir a Gabriel Boric por ser la voz de las luchas sociales en el Parlamento no es lo mismo que bajar la guardia y olvidar el camaleonaje político de su colectivo. Ser indio pero no… túyasabes. Por suerte, Andrés Fielbaum tuvo la genial ocurrencia –por no decir, como corresponde, “la picantería”– de poner fin a los motivos de desconfianza hacia Boric cuando decidió notificarlo del sobre azul a través de El Mercurio. Con eso lo liberó del pesado lastre de Izquierda Autónoma y le abrió la inmensa posibilidad de transversalizar su liderazgo hacia todo el bloque contrahegemónico que, pasito a pasito, granito de arena a granito de arena, seguimos construyendo día a día. Esto, por supuesto, era completamente imposible mientras militara en un colectivo de prácticas tan tránsfugas. Sin su antigua militancia, en cambio, el futuro parece sonreírle.

Por si fuera poco, el contraste entre lo que queda en Izquierda Autónoma y el mismo Boric es abismalmente favorable a este último. Mi amigo Ignacio Torres publicó este lúcido análisis en su cuenta de Facebook (reproducido con su autorización):

Magistral la jugada de Gabriel Boric Font. Habla en conferencia de prensa colectiva y en vivo desde un sindicato de trabajadores de región (el sindicato de la PUCV, bastión autonomista en Valpo), son varios los que hacen uso de la palabra, no solo él, y le acompañan dirigentes de diversos mundos (social, educacional, laboral); siendo particularmente simbólica la presencia de la presidenta del Centro de Estudiantes de Derecho de la U. de Chile y de la presidenta de la Federación de Estudiantes de la U. Andrés Bello, ya que son los polos opuestos del sistema educativo (representantes de la selectiva educación de la elite y de la masiva educación precarizada que, sin embargo, aparecen apoyando ambas a Boric). Y la conferencia es el anuncio de un Congreso para levantar un movimiento político que recoja las luchas educacionales, sociales y territoriales levantadas por los autonomistas y todo en convergencia con otras fuerzas de izquierda, remarcando la amplitud y reconociendo que con ellos solos no basta, que tienen que encontrarse con otras fuerzas. Y todo termina poniendo énfasis en lo colectivo y destacando que nada se sostiene en una sola persona.

La comparación con el grupo que expulsó al diputado es inevitable: habló solo un vocero, en exclusiva para la edición en papel de El Mercurio, reconociendo que la decisión se tomó en las cuatro paredes de una pequeña fundación en Providencia, poniendo como mensaje principal que ellos eran plenamente autonomistas y centrando la crítica en la persona del diputado al tratar de dejarlo mal como "un caudillo antidemocrático". Al menos en la puesta en escena, claramente Boric y su grupo son mucho, muchísimo más convocantes y le hablan a todo el país, no solo a los que les preocupa la identidad autonomista. Ojalá les vaya bien en su proyecto a Boric y su grupo, porque en lo comunicacional partieron ganando, sin duda. Qué bien le haría a Chile que a todas las fuerzas transformadoras les vaya bien.

Yo agregaría solo dos elementos analíticos adicionales.

Primero, el claro interés de Boric por avanzar en la construcción de una fuerza transformadora contrasta abiertamente con el interés de desacreditar al ex camarada que prima en Fielbaum. Cuando al diputado le preguntaron por el actual vocero de Izquierda Autónoma, al “caudillo antidemocrático” de este último respondió con un elegante “por Andrés Fielbaum siento un profundo respeto. Sé que nos vamos a volver a encontrar en las luchas”. En otras palabras, en lugar de alimentar el escándalo y la rumorología, que es precisamente lo que pretende Fielbaum, Boric entiende que es otra cosa la que está en juego y decide salir de la situación por arriba. La distancia entre los niveles de madurez política de ambos y entre la capacidad de leer lo que está en juego es abismal.

Segundo, la insalvable brecha entre el carisma, la elocuencia y la solidez teórica y conceptual de Boric, de un lado, y toda la chatura, la sosedad, la incapacidad comunicacional y el discurso ligerito de Fielbaum, del otro lado, muestra con contundencia cuál de las dos partes gana y cuál pierde en este affair.

Por de pronto, y atendiendo a todo lo que le restaba la Izquierda Autónoma al diputado por Magallanes, es grato concluir que también salió ganando el movimiento popular y el bloque contrahegemónico en el que, ahora sí, podemos decir que Gabriel Boric milita plenamente. Sin el corsé de su antiguo colectivo, gana no solo el propio Boric; ganan también, y fundamentalmente, las luchas contra el neoliberalismo chileno.

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