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Escalona y la manipulación de Carlos Lorca: el dolor de la deconstrucción de un mito

por 23 junio, 2016

Escalona y la manipulación de Carlos Lorca: el dolor de la deconstrucción de un mito
Escalona, mejor que nadie, sabe que la manipulación del legado de Lorca es una de las fuentes de su prolongado, aunque declinante, liderazgo en el PS y que dicha columna, en la línea de lo escrito por el hijo de Ricardo Lagos Salinas, pone en duda la principal fuente de su justificación política, así como del viraje del PS al centro que él encabezó con el propósito de ganarse, para alguna vez ser presidenciable, la condescendencia de los sectores más reaccionarios del país.
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A partir de una columna en que intenté explicar el fracaso de Jorge Burgos como jefe de gabinete y la difícil relación con la Presidenta, tomando como referencia su formación y adhesión a “culturas políticas” radicalmente opuestas, y que se inscribía en la lógica de los estudios y la noción de Wildavsky, respecto a que lo político no tiene fronteras, recibí el malestar, aunque sin ningún fundamento empírico, de Camilo Escalona.

En esa oportunidad, reproduje literalmente párrafos de documentos escritos por Lorca, el líder de mayor influencia en la formación de Michelle Bachelet.

Dicha transcripción literal, derribaba una construcción de discurso, trabajada durante años por Escalona, que favorece la idea de una alianza estratégica entre la DC y el PS. Por el contrario –como bien lo han señalado textos como “El sol y la bruma” de Jaime Gazmuri, “Compañeros. El GAP: la escolta de Allende”, de Patricio Quiroga, el libro-entrevista de Patricia Politzer sobre el ex secretario general del PS Carlos Altamirano–, hubo una opción distinta a la electoral en esa generación.

O, al menos, una combinación de ambas y donde Lorca representó una opción de transformación del PS que, cuando la crisis era ya casi terminal, junto a Almeyda llegaron a conversar sobre la “necesidad de garantizar una dirección más homogénea…, los obstáculos en ese sentido eran el PS y el MAPU. La idea era producir una definición en el PS y en el MAPU, una definición que pasaba por el cambio de las direcciones; en el fondo, por la sustitución de Altamirano en el PS y de Óscar Guillermo Garretón en el MAPU… los socialistas pensaban en un pleno del comité central que cambiara al secretario general”, señala Gazmuri en su libro.

Tampoco era la primera vez en que alguien cuestionaba esa verdad oficial, generada con esmero.

Antes, y desde la emoción, el hijo de Ricardo Lagos Salinas, miembro de la primera dirección clandestina del PS en la dictadura, reaccionó en un tono emotivo contra “los iscariotes” que habían manipulado la memoria de su padre y de esa generación: “Nunca hallé otra manera de enfrentar el asco y la vergüenza de ver cómo su nombre era enarbolado cada año por los mismos que empeñaron sus vidas en traicionar todo aquello por lo que él luchaba. Para acceder un día, mediante claudicaciones, al poder político en Chile” (El Ciudadano).

Lo que el hijo de Ricardo Lagos Salinas hizo desde la frustración por la tergiversación del sacrifico de su padre, lo investigamos documentalmente y lo comprábamos, también como una manera de restituir la auténtica memoria de una generación gloriosa y valiente que sucumbió peleando hasta el final ante una brutal dictadura militar que los hizo desaparecer para siempre.

Revisando el pasado a la luz de los problemas del presente

Para fundamentar mi opinión repasé, brevemente, al líder más reconocido de aquella generación joven y que, según diversos protagonistas y la propia Mandataria, resultó ser quien más influyó en su formación.

Como se sabe, Lorca y su equipo intencionaron la construcción de un Partido Socialista de matriz marxista-leninista, jerarquizado y centralista, contra la propia historia del socialismo local como partido diverso, heterogéneo y asambleísta, con una natural tendencia a los liderazgos aluvionales (Benny Pollack).

Los relatos a la mano que tuve, más documentos de la época, incluyendo el testimonio político de Lorca y esa generación que criticaba la falta de unidad ideológica y programática como explicación de la derrota y que sugería avanzar hacia mayores niveles de unidad socialista-comunista, me reafirmaron aquello.

Tuve la mala ocurrencia de citar el saludo desde la clandestinidad de Lorca al congreso de las Juventudes Comunistas Leninistas – nótese el énfasis– de la Unión Soviética, en que reafirmó su opinión sobre el fracaso de la UP y en responsabilizar al gobierno por la existencia en su seno de “concepciones pequeñoburguesas” y “evolucionistas”, así como a las desviaciones ultraizquierdistas”, que contribuyeron “de manera fundamental a aislar al proletariado”.

En ese texto se manifiesta la idea, muy propia de la izquierda de aquella época, de la supuesta necesidad de una vanguardia obrera y se explicitan conceptos como el de “desviaciones de izquierda y de derecha”, significaciones típicas de los manuales ortodoxos.

Como ya lo mencioné, en aquel periodo Almeyda y Lorca trabajaban por repetir lo acaecido en el Mapu: quebrar al PS para contribuir a la formación de un “partido único de vanguardia de la revolución”, capaz, desde posturas “proletarias”, de dar –supuestamente– un soporte político al presidente Allende –que es a posteriori objeto de la citada crítica de “evolucionismo”– y de aislar y marginalizar las otras posturas existentes en la izquierda.

En el citado documento, fechado siete meses después del Golpe, además de agradecer la solidaridad internacional y en especial del campo socialista, Lorca arremetió contra China: “En forma vergonzosa y oportunista el gobierno chino se ha marginado de este gran movimiento y colabora estrechamente con los fascistas”.

A su vez, esbozó como principal tarea “la generación de la fuerza dirigente de la revolución sobre la base de la más férrea unidad de la clase obrera y sus partidos y la construcción del Frente Antifascista”, como se explica y profundiza luego en el “Documento de Marzo” de ese año, que sembró la discordia en el PS.

Con el giro de 1988 y su adscripción al NO, los periódicos del PS Almeyda reemplazan su figura como detenido desparecido e ícono de la resistencia por la del dirigente que enfrentaba campañas electorales (Chile Vencerá, edición especial N°29). Y comienza la manipulación del mito que culminará, años más tarde, con un Camilo Escalona que pretende hacer creer a sus seguidores que el Documento de Marzo es nada menos que el embrión de la alianza PS-DC.

La batalla por Lorca…

El 3 de julio de 1975, en La Habana, se daba a conocer el llamado “¡A salvar la vida de Carlos Lorca Tobar!”. El documento, firmado por el Comité Chileno de Solidaridad con la Resistencia Antifascista, señalaba que “informaciones procedentes de Lima, hacen saber que la última semana de junio recién pasada fue detenido CARLOS LORCA TOBAR, Secretario General de la Juventud Socialista de Chile”.

El texto, luego de repasar una breve biografía suya, señalaba que el PS de Chile “denuncia la detención de uno de los mejores valores de la juventud chilena, un combativo militante y ejemplar dirigente… y llama a exigir de la Junta Militar Fascista de Chile que proceda a su inmediata libertad” (PS de Chile, Secretariado Exterior en Cuba).

Luego, un material interno del PS indicaba que Carlos Lorca “el 25 de junio fue detenido por la DINA, al igual que Exequiel Ponce y Ricardo Lagos Salinas. Desde entonces se halla prisionero en las cárceles secretas de la Junta Fascista”.

Con posterioridad, una circular fechada en Berlín, el 1 de agosto de 1975, señalaba que “con gran preocupación nos dirigimos a los Encargados Nacionales y militancia en general, ante la falta de mayor intensificación que se observa en la campaña por la detención del máximo dirigente del Partido en el interior, Camarada Exequiel Ponce”.

La misiva indicaba luego que “la detención de los camaradas Exequiel Ponce, Jefe máximo del Partido en la clandestinidad, Carlos Lorca y Ricardo Lagos Salinas, ambos miembros de la Dirección Superior en el interior, es un duro golpe para el Partido y para la resistencia chilena”.

El 7 de julio de 1975, alguien que suscribe como Carlos González San Martín, indicó desde Budapest que “el miércoles 25 de junio, a las 4.00 p.m., fue detenido CARLOS LORCA TOBAR, miembro de la Comisión Política del Comité Central del Partido Socialista de Chile y Secretario General de la Juventud Socialista”.

El texto agregaba que “a pesar de que hay testigos presenciales de la intervención de la DINA, especie de Gestapo chilena, en el allanamiento de calle Maule y de la detención de Carlos Lorca, la Junta fascista chilena niega tenerlo en su poder. Esta situación y las brutales torturas de que está siendo objeto, hacen temer justificadamente por la vida de este joven revolucionario chileno”.

Como sabemos, luego se ve a Lorca brutalmente torturado en Villa Grimaldi, donde le señala a un testigo: “Ve y diles que Carlos Lorca está aquí”. Más tarde, otro detenido lo percibe en estado casi vegetal en Colonia Dignidad.

De ahí en adelante se pierde su pista, pero surge el ejemplo del dirigente que resiste contra viento y marea y entrega su vida por sus convicciones y, en el contexto de la toma de conciencia sobre el devastador proceso de infiltración del que ha sido objeto la colectividad. El PS, entonces, se cierra y sobrevive mínimamente en Chile.

Es en torno a 1985 que el periódico juvenil del Almeydismo socialista enarbola de nuevo las figuras de Lorca, Ponce y Lagos para reafirmar su política de “levantamiento democrático de masas de carácter rupturista con perspectiva insurreccional”. Pero el mundo, y a la postre esa propia fracción del PS, irán para otro lado.

Con el giro de 1988 y su adscripción al NO, los periódicos del PS Almeyda reemplazan su figura como detenido desparecido e ícono de la resistencia por la del dirigente que enfrentaba campañas electorales (Chile Vencerá, edición especial N°29). Y comienza la manipulación del mito que culminará, años más tarde, con un Camilo Escalona que pretende hacer creer a sus seguidores que el Documento de Marzo es nada menos que el embrión de la alianza PS-DC, cuando en realidad se proponía fortalecer la alianza del socialismo –previo proceso de homogeneización– con el PC y la común promoción de un imposible frente antifascista en las condiciones de Guerra Fría propias de la época.

De ahí, probablemente, su enfado conmigo –hagan creer al tonto que tiene fuerza (aunque en ese día de furia también denostó a Camila Vallejo, tal como hizo antes con Isabel Allende).

Escalona, mejor que nadie, sabe que la manipulación del legado de Lorca es una de las fuentes de su prolongado, aunque declinante, liderazgo en el PS y que dicha columna, en la línea de lo escrito por el hijo de Ricardo Lagos Salinas, pone en duda la principal fuente de su justificación política, así como del viraje del PS al centro que él encabezó con el propósito de ganarse, para alguna vez ser presidenciable, la condescendencia de los sectores más reaccionarios del país. De ahí su encono por subrayar el intento de manipulación del ejemplo de Carlos Lorca.

Lo anterior es relevante, no solo para restituir la verdadera naturaleza del pensamiento político de Lorca y de su grupo de jóvenes en una época altamente efervescente sino también –y esto es lo más importante– por la batalla por el presente y el futuro de la izquierda que se libra hoy.

Los líderes actuales deben conocer –en fechas tan emblemáticas como el 25 de junio, que en 1975 marcó la detención y desaparición de una generación de dirigentes socialistas, o el 26 de junio, fecha del natalicio de Allende en 1908– las experiencias que han marcado a fuego a una parte del progresismo nacional, para tomar de ellas lo mejor de su trayectoria y también aprender de sus errores para no repetirlos.

No es solo la discusión escolástica sobre Lorca, ni la disputa por quién tiene más archivos o quién se apega más a los documentos. La verdadera función del historiador es su capacidad para, dejando a un lado las pasiones, interpretar procesos, y no el manejo escolástico de los archivos, es decir, subirse a la nube para interpretar el polvo.

La búsqueda de una mirada que nunca podrá evitar tener grados de parcialidad, pero procura ser lo más lúcida posible y no alimentar mitos inconducentes sobre la traumática historia reciente, nos exige hoy ese sentido de la responsabilidad.

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