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Sobre "Los hundidos y los salvados"

por Alejandro Ancalao Romero 2 febrero, 2018

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Señor Director:

Con respecto a la carta enviada por el profesor Dr. Mario Prades, quisiera ahondar un poco en sus planteamientos y aportar un par de reflexiones.

El profesor Prades plantea, con motivo del Día Internacional de Conmemoración Anual de las Víctimas del Holocausto, la singularidad de los acontecimientos ocurridos durante la dictadura totalitaria del Partido Nacionalsocialista alemán y citando a Primo Levi, no habría existido otro proceso histórico tan macabro y milimétricamente calculado para la eliminación de millones de seres humanos.

Creo que el profesor Prades olvida, por ejemplo, el milimétrico genocidio organizado por el Estado Ittihadista turco contra los armenios y que significó la muerte de casi un millón y medio de seres humanos por medio de un plan sistemático de destrucción dirigido contra los grupos específicos de armenios asentados en el moribundo Imperio Otomano y que no tenían cabida en la naciente República de Turquía. O el “Holodomor” contra la población ucraniana por parte de la URSS que termino, según algunos investigadores, con casi tres millones de personas.

Es cierto que el genocidio contra los “indeseados” del Tercer Reich (judíos, homosexuales, gitanos, etc.) tuvo una marcada “genialidad racional” en cuanto al fanatismo y al ingenio racional de los burócratas encargados del genocidio, tal como Adolf Eichmann lo fue y que Hannah Arendt cataloga como “banalidad del mal” porque la muerte se naturalizó como un objetivo de Estado y se trastocaron completamente los valores morales de aquella sociedad culta y cosmopolita.

Primo Levi argumenta que existió una “zona gris” que permitió la degradación humana y la indefinición moral de los sujetos oprimidos, ya sea por colaboración con los perpetradores, por sobrevivencia o un sinfín de situaciones donde la voluntad y el deseo de sobrevivencia fueron más fuerte que la crueldad inútil de los opresores. Eso habría permitido el terror y la locura colectiva en el desarrollo de un asunto inhumano. De ahí que el profesor Prades argumenta, con sentido y razón, que el fin último del totalitarismo nazi habría estado en quitarles la dignidad, la condición de seres humanos, a sus víctimas. Y por ello es que la conservación de la memoria de las víctimas es de suma importancia: no perder de vista la escala humana, personal, singular y específica del sufrimiento provocado por ideologías totalitarias.

El asunto que se pierde de vista radica en el uso que se le dio al poder, especialmente ese poder que Bertrand Russell cataloga como “poder desnudo” y que tiene la efectividad sobre los cuerpos de las personas y que consigue sus objetivos en base al terror y al miedo.

El Holocausto fue orquestado por el Estado alemán y eso no hay que perderlo de vista, porque como argumenta Primo Levi, siempre existe el peligro de la repetición de la crueldad y la violencia. Comprender como el movimiento totalitario utilizó al Estado, la propaganda y el miedo para imponerse sobre la población, nos lleva a tomar la lección del Holocausto y otros genocidios (armenio, ruandés, ucraniano, etc.) y entender la profundidad de la violencia organizada por los Estados contra su población debido a sus aspiraciones políticas.

Hannah Arendt en “Los Orígenes del Totalitarismo” plantea esa paradoja de los totalitarismos y los gobiernos que intentan alcanzar sus objetivos por medio del terror. Hoy en día los Estados asumen la protección y promoción de los Derechos Humanos como un discurso moralmente correcto e internacionalmente aceptado. El problema es ese olvido que Arendt plantea de los movimientos políticos una vez en el poder y que hacen caso omiso de la protección de los seres humanos (nuestro país tiene casos de sobra sobre la violación a la integridad física por medio de la violencia estatal).

Finalmente, señor Director, creo que indispensable que el Día Internacional de Conmemoración Anual de las Víctimas del Holocausto sea una oportunidad para revisarnos como sociedad y sujetos, a fin de evitar caer en esa “zona gris” de la ambivalencia que permite el terror y la masacre de determinados grupos humanos en base a diferencias culturales y a velar porque el terror de la violencia política no sea pan de cada día y que la memoria de nuestros muertos (porque pertenecen a toda la Humanidad), no sea pisoteada por fanatismos, revisionismos infértiles o negacionismos.

Alejandro Ancalao Romero
Magister en Historia
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

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