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OPINIÓN

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El ascenso de Kast y las contradicciones de la izquierda

por 9 noviembre, 2021

El ascenso de Kast y las contradicciones de la izquierda

Crédito: ATON

Hay al menos tres temas en que, a mi juicio, los discursos de izquierda dejan forados enormes, que han sido ávidamente cubiertos por el candidato de Republicanos: migración, el conflicto-chileno-mapuche y la violencia. Creo que, en alguna medida, estas razones, o más bien contradicciones, han contribuido a generar el terreno fértil en el que crece la candidatura de Kast. No porque las resuelva (por el contrario, solo puede agravarlas), sino porque ofrece soluciones simples, maniqueas, a problemas que otros han dejado olvidados o en la incertidumbre.
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Confieso que no vi venir el ascenso de Kast en las encuestas. Pensaba que su candidatura de extrema derecha era un discurso de nicho, que apuntaba a un segmento del electorado en retirada, con el propósito principal de tensionar a la candidatura de derecha. Al menos en este error, en todo caso, no creo estar solo. Me parece que nadie apostaba por un crecimiento de Kast como el que ha tenido, ni siquiera él mismo.

Pero todo es posible en el volátil Chile actual, lleno de contradicciones irresueltas, rabia, protestas, violencia, y multitudes ansiosas de las que todos quieren apropiarse, pero nadie sabe interpretar muy bien.

Y el solo hecho de que exista una probabilidad (aunque sea baja, a mi juicio) de que Kast llegue a la Presidencia, nos debería llevar a todos a reflexionar, particularmente desde el mundo del progresismo, respecto de si hemos interpretado bien la sensibilidad ciudadana de los últimos años. Porque es indudable que el crecimiento de la extrema derecha pone de manifiesto, al menos en parte, una dificultad de los discursos de izquierda, y centroizquierda, para sintonizar con las mayorías ciudadanas. Se dejan así vacíos muy grandes y en política, al igual que en física, los vacíos no existen: siempre los llena alguien, o algo, y en este caso ese algo parece ser el conjunto de eslóganes e ideas reaccionarias de Kast que han sido muy efectivos en llenar ese espacio.

Propongo al menos tres temas en que, a mi juicio, los discursos de izquierda dejan forados enormes, que han sido ávidamente cubiertos por el candidato de Republicanos.

El primero de ellos tiene que ver con la migración. Hace tiempo este es un tema muy sensible, especialmente para los sectores vulnerables. Esto no se debe a que sea un segmento esencialmente xenófobo o racista (aunque, por cierto, no estamos exentos como sociedad de estos riesgos). Se debe a que les preocupa que la afluencia de migrantes incida en el empleo, en el monto de los salarios, y en la provisión de servicios básicos, ya de por sí muy precarios.

La izquierda ha sido incapaz de sintonizar (para no hablar de empatizar) con esta preocupación, hasta un punto que, en lo personal, me resulta inentendible. Ante la menor señal de incertidumbre, o temor, frente al tema de la política migratoria, la izquierda acusa inmediatamente racismo, xenofobia y malas intenciones. Se propone, por el contrario, el enfoque simplista, a veces fantasioso, de la “migración como derecho”, cuando todos sabemos que es muy difícil en un mundo globalizado, con flujos migratorios gigantescos, garantizar este derecho. Lo que se obtiene en la práctica son mafias de tráfico de personas, precariedad y hasta explotación laboral, de buena parte de los migrantes en el país. En el fondo, se confunden los planos. La protección y dignidad de las personas migrantes no se opone a una política de regulación migratoria, por el contrario, son complementarias. Y el temor de las personas a los efectos que pueda tener en su empleo, salarios o acceso a servicios sociales, merece ser al menos escuchado, y enfrentado con razones, no con descalificaciones.

Además, el discurso facilista de la izquierda en torno a la migración elude otro aspecto de fondo: que los flujos migratorios de la región son principalmente económicos, una forma simple de “importar” mano de obra barata, y precaria, para uso y abuso del gran capital. En el mundo de hoy, el migrante se ha convertido en el último commodity del capitalismo. Es un tema complejo, que requiere por tanto discursos complejos, contextualizados, renovados y sensibles, que la izquierda definitivamente no está conjugando.

Un segundo gran tema donde la izquierda deja un forado gigantesco para el ascenso de la extrema derecha es el conflicto-chileno-mapuche. De nuevo, resulta realmente desconcertante la incapacidad de las candidaturas de Boric y Provoste de salir a proponer planes y alternativas concretas, para enfrentar la ola de violencia que se agiganta en la zona del conflicto. Ponen el grito en el cielo ante la intervención militar (con cada vez menor convicción, hay que decirlo), critican al Gobierno (de perogrullo), pero ¿qué proponen? “El camino del diálogo”, “Es un problema histórico, de fondo”. Eso ya lo sabemos, a estas alturas, (casi) todos. Pero estamos en campaña, es la oportunidad de sacar a relucir un plan concreto, con medidas específicas, prontas. Un camino a seguir, desde el primer día de Gobierno, una demanda concreta a la administración actual.

De eso, no se escucha casi nada. Da la impresión de que la izquierda simplemente estuviera resignada a esperar al término de la Convención, e implementación de la nueva Constitución, para empezar a ocuparse del tema. Craso error.

Ahora se acaba de realizar una consulta en la zona y, como era de esperar, una abrumadora mayoría apoya la intervención militar. ¿Qué hacemos con ese dato? ¿No se supone que había que “escuchar a la gente”? El problema es que la gente es lábil y, en períodos de crisis, puede dejarse llevar por cualquier tendencia. Así, el conflicto chileno-mapuche está muy cerca de convertirse en un caldo de cultivo para un discurso protofascista, donde el peligroso eslogan de “escuchar a la gente” se puede transformar en una coartada para cualquier tipo de excesos.

El tercer forado tiene que ver, por supuesto, con la violencia. No se trata de avalar o no avalar la violencia: es obvio que todos los sectores la condenan. Tampoco se trata de los matices, énfasis o circunloquios con que cada sector adorna esta condena, a fin de que suene más o menos severa. El tema de fondo corre por otro carril y tiene que ver con instrumentalizar la violencia en función de las causas políticas propias, algo que sin duda la izquierda ha hecho profusamente.

La izquierda comprendió –correctamente por cierto– que el estallido social era producto de causas estructurales de fondo: una desigualdad enquistada e injusta, una segregación creciente y un abuso omnipresente en la sociedad. Y, por añadidura, de la incapacidad de los proyectos políticos existentes de hacerse cargo de estos problemas.

En este sentido, la violencia es ciertamente el síntoma de una enfermedad mayor, y es esa enfermedad mayor lo que hay que atacar. Si nos quedamos meramente en el síntoma (controlar el orden público, como quería la derecha) y ocultamos la enfermedad que lo produce, esta solo puede agravarse.

Se ha hablado mucho, durante el último tiempo, de la pérdida de valor del clivaje izquierda-derecha, y del reordenamiento del mapa político. Sin embargo, buena parte de los discursos siguen rigidizados en torno a los mismos eslóganes y rótulos del pasado. A la izquierda le urge superar estas rigideces, y construir nuevas síntesis, nuevos discursos y nuevas propuestas, en torno a algunos de los temas clave que remecen al Chile de hoy.

Lo que la izquierda no terminó nunca de entender del todo es que este síntoma delata la enfermedad, pero no la cura. La violencia revela algo –una rabia profunda, que no terminamos de entender–, pero no da luces de cómo resolverla. La izquierda rechaza la violencia, por cierto, pero en su fuero interno siente que esta aboga por sus propias ideas, avanza en su mismo sentido. Reconoce que es una mala vía, pero, de alguna forma, asume que persigue un buen fin. En un sustrato íntimo, pero anclado ideológicamente, sí le adjunta a la violencia un cierto valor redentor. Que todo arda, el fuego purifica. No solo se han escrito rayados, sino también columnas, ensayos, a partir de esa metáfora seudorrevolucionaria, pero en el fondo vacía.

Pero esto no es así, y hay que repetirlo muchas veces. La violencia no empuja el cambio social en una dirección determinada, no propone nada. Tampoco es la expresión de un discurso político silenciado, oprimido, como algunos pretenden. La violencia es violencia, brota en la ausencia de un discurso político que la canalice, justamente por la carencia de este. La deuda política es construir este discurso que falta, no tratar de enarbolar el propio como un supuesto compañero de lucha de la violencia que explota en las calles.

Creo que, en alguna medida, estas razones, o más bien contradicciones, han contribuido a generar el terreno fértil en el que crece la candidatura de Kast. No porque las resuelva (por el contrario, solo puede agravarlas), sino porque ofrece soluciones simples, maniqueas, a problemas que otros han dejado olvidados o en la incertidumbre.

Se ha hablado mucho, durante el último tiempo, de la pérdida de valor del clivaje izquierda-derecha, y del reordenamiento del mapa político. Sin embargo, buena parte de los discursos siguen rigidizados en torno a los mismos eslóganes y rótulos del pasado. A la izquierda le urge superar estas rigideces, y construir nuevas síntesis, nuevos discursos y nuevas propuestas, en torno a algunos de los temas clave que remecen al Chile de hoy.

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