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Desafíos para la izquierda ante la crisis del capitalismo

por 5 abril, 2018

Desafíos para la izquierda ante la crisis del capitalismo
Actualmente, el único criterio que sirve de fundamento para el sistema capitalista es la producción más eficiente –digamos más barata– de bienes y servicios, con lo que se ha propiciado una proliferación ciertamente impresionante de estos –algunos de ellos fundamentales, otros suntuarios–, sin ninguna atención a las condiciones de producción y distribución de los mismos. Tenemos así un mundo saturado de productos, pero que no consiguen generar el desarrollo social que parecen prometer. Se trata más bien de un juego sin fin, que termina girando en banda y generando, a la larga, una sociedad cada vez más desintegrada, con claros signos deshumanizantes. El pensamiento de izquierda se enfrenta al desafío de repensar de manera fundamental, y nueva, los grandes dilemas que plantea la hegemonía del capitalismo actual, si quiere levantar una crítica efectiva a este y que sea capaz de volver a conectarse con las mayorías ciudadanas.
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La izquierda pierde cuando plantea su crítica al capitalismo desde los parámetros ideológicos propios de la Guerra Fría, como si, poco menos, quisiera reeditar la contienda de los 70 para, esta vez, “ganarla”. Es necesario asumir a cabalidad la derrota ideológica –simbolizada finalmente en la caída del muro de Berlín, el año 89–, derivada de una comprensión equivocada de los valores de la libertad, la justicia y la igualdad, lo que redundó en discursos políticos –y luego propuestas programáticas– completamente fallidos. La versión ideológica de la izquierda perdió la Guerra Fría y estuvo bien que lo hiciera, porque buena parte de sus postulados de entonces conducían finalmente a regímenes totalitarios y deshumanizantes.

Esto no significa que el pensamiento de izquierda deba diluirse o resignarse, ahora, a meros matices o ajustes cosméticos, pero tampoco que deba atrincherarse en ciertas posiciones ideológicas retardatarias e inútiles. Ambas opciones terminan por alienar a la ciudadanía y, en la ausencia de contrapesos creíbles, solo fortalecen el orden neoliberal actual.

Es necesario, por tanto, reconocer el quiebre histórico que significa el término de la Guerra Fría y reconstruir un discurso que tome como punto de partida otra vez los ideales básicos de la izquierda: la justicia social, la igualdad, la inclusión, la solidaridad y, sobre todo, la confianza de que es posible construir un mundo mejor desde la organización colectiva y no solo desde el espíritu individualista. Solo de esta forma será posible ejercer una crítica efectiva al “modelo” capitalista y reconstruir un discurso político e ideológico capaz de instalarse como una alternativa válida del mismo.

Para avanzar en esta tarea, es necesario reconocer, en primer lugar, que como consecuencia de la derrota ideológica de la izquierda hace treinta años, el mundo (occidental) presencia en la actualidad una hegemonía casi total del sistema capitalista, con algunas contadas excepciones de experiencias más moderadas pero, sobre todo, con grandes potencias que avanzan hacia sistemas cada vez más radicalizados de capitalismo salvaje, cuyo epítome, por cierto, es el EE.UU. de Trump.

En este nuevo “orden” capitalista, el mundo se reparte de manera cada vez más pavorosa entre un pequeño puñado de personas, donde el 1% es dueño de una porción igual a la que posee el restante 99%, y donde solo 62 personas amasan una cantidad de riqueza igual a aquella con que sobreviven (o mueren) los tres mil seiscientos millones de personas que forman la mitad más pobre del mundo. De alguna forma, nos hemos acostumbrado a estos datos delirantes, que llegan a dar vértigo. Más grave aún, nos hemos acostumbrado a carecer de reparos valóricos, teóricos o ideológicos que puedan al menos impugnar este estado de cosas, para no hablar de revertirlo.

El pensamiento de izquierda, de hecho, parece no tener nada que decir respecto al surgimiento y expansión de las grandes empresas, que constituyen uno de los signos más relevantes del sistema actual. La izquierda parece haberse comprado el discurso de que simplemente mejorando las regulaciones, aumentando los impuestos y tomando medidas para prevenir la corrupción, el sistema va a funcionar adecuadamente. Pero lo cierto es que entregar el desarrollo económico del mundo a monstruos productivos, regidos únicamente por el criterio de maximizar la rentabilidad de sus dueños, es consustancial a los enormes problemas que generan: inequidad, depredación del medioambiente, avasallamiento de comunidades, abuso de los consumidores, corrupción del sistema público. No se trata de excepciones, “externalidades” negativas, o prácticas de un gerente inescrupuloso, sino que resultan inherentes a la concepción misma de empresa en cuanto organización productiva, y al lugar que le hemos asignado en la sociedad. Una crítica efectiva al capitalismo actual debería cuestionar, en primer lugar, la viabilidad de fomentar el desarrollo económico a partir de organizaciones privadas que no responden a ningún criterio de bien común, y que solo se guían por criterios racionales de eficiencia y rentabilidad.

La distribución del ingreso es cada vez peor, porque, como es obvio desde la evidencia empírica –pero además lo demostró Piketty a través de un voluminoso análisis económico–, el capital genera más utilidades que el trabajo. Al ritmo de esta espeluznante acumulación de riqueza, se generan sociedades desintegradas, con vínculos débiles, donde grandes segmentos de la población quedan inevitablemente excluidos de los beneficios del sistema y unos pocos se encumbran literalmente como los amos del mundo.

La democracia cruje y tambalea bajo una distribución tan desigual del poder económico, y es poco lo que los estados pueden hacer para controlar a los superricos, y a las grandes empresas, que se transforman, cada vez más, en monstruos autogobernados, que avasallan con todo a su paso y depredan el planeta.

El nivel de riqueza global aumenta, es cierto, y esto, unido al desarrollo científico y tecnológico, es la principal razón que arguyen los defensores del modelo para sostener que “el mundo avanza”, pero el problema es que carecemos de las herramientas de organización política o cultural para distribuir esa riqueza, lo que genera un problema social mayúsculo. Tenemos la tecnología para producir comida a bajo costo, y el conocimiento científico para producir drogas y remedios para gran parte de las enfermedades que nos aquejan, pero la gente muerte de hambre y enfermedades tratables por millones, porque no contamos con una estructura social que permita distribuirlos y asignarlos de manera eficaz.

Para articular una crítica de fondo al desarrollo del capitalismo actual, todavía es urgente que el pensamiento de izquierda genere un discurso nuevo, desde una posición completamente distinta a la que vio surgir las fallidas promesas de la Guerra Fría. No basta –de hecho, es contraproducente–, una simple “moderación” o aggiornamento del discurso ideológico del pasado, no solo porque ya demostró su ineficacia, sino también porque no se ajusta a los problemas emergentes del nuevo orden mundial. Se requiere una propuesta nueva, basada en un diagnóstico renovado, y concretizada en propuestas originales y profundas, una nueva forma de radicalidad.

Desgraciadamente, la evolución de la izquierda en este sentido ha sido más bien lenta. En muchos aspectos, los grandes ejes que articulan su discurso en la actualidad siguen siendo los mismos de hace varias décadas, meros sucedáneos, más aguados o edulcorados, de las viejas consignas del siglo pasado. En vez de un esquema de producción centralizado, se propone un estatismo moderado; en vez de una demonización total del mercado, una supervisión de ciertas formas de funcionamiento o algunas restricciones y demandas a las empresas, como si de esta forma se fuera a dar solución a los problemas de distribución de ingreso o integración social.

Posteriormente, se recubre todo con una pátina de signo más bien moralizante, que tiende a reducir el conflicto social a una oposición entre “buenos” y “malos”, ricos y pobres o patrones y trabajadores (reconceptualizado en forma de “capitalistas” y “ciudadanos"), antinomias que hacen cada vez menos sentido al conjunto de la población, y que cada vez con más frecuencia son derrotadas en las urnas.

Muchas de estas propuestas despiertan interés en ciertos grupos, algunas pueden moderar de hecho parte de los efectos más temidos del capitalismo, pero en lo fundamental sirven principalmente para ocultar la necesidad de repensar de forma radical los grandes problemas y demandas urgentes que emergen de la sociedad capitalista actual. Lo que se mantiene pendiente, lo que todavía no aborda de manera profunda la reflexión de izquierda, es la posibilidad de repensar completamente el rol del mercado, del Estado, de las grandes empresas, de la sociedad civil y de las comunidades, y que las articula en nuevo “modelo”, una propuesta capaz de hacerle el peso al neoliberalismo, no solo denunciar sus injusticias.

El pensamiento de izquierda, de hecho, parece no tener nada que decir respecto al surgimiento y expansión de las grandes empresas, que constituyen uno de los signos más relevantes del sistema actual. La izquierda parece haberse comprado el discurso de que simplemente mejorando las regulaciones, aumentando los impuestos y tomando medidas para prevenir la corrupción, el sistema va a funcionar adecuadamente.

Pero lo cierto es que entregar el desarrollo económico del mundo a monstruos productivos, regidos únicamente por el criterio de maximizar la rentabilidad de sus dueños, es consustancial a los enormes problemas que generan: inequidad, depredación del medioambiente, avasallamiento de comunidades, abuso de los consumidores, corrupción del sistema público.

No se trata de excepciones, “externalidades” negativas, o prácticas de un gerente inescrupuloso, sino que resultan inherentes a la concepción misma de empresa en cuanto organización productiva, y al lugar que le hemos asignado en la sociedad. Una crítica efectiva al capitalismo actual debería cuestionar, en primer lugar, la viabilidad de fomentar el desarrollo económico a partir de organizaciones privadas que no responden a ningún criterio de bien común, y que solo se guían por criterios racionales de eficiencia y rentabilidad.

Así, también, la izquierda requiere repensar por completo la noción de Estado que propone. El Estado de bienestar se ha demostrado insuficiente, no solo por su insoslayable tendencia a la quiebra, sino también porque ha sido incapaz de propiciar efectivamente una sociedad más integrada, donde el acceso a los beneficios del sistema sean más equitativos. A la larga, el Estado del bienestar termina transformándose en un Estado subsidiario de segundo orden, una especie de gran órgano de beneficiencia, a cargo de subsanar las desigualdades más graves del sistema, para que este pueda seguir funcionando adecuadamente (y sin culpas).

A la luz del desarrollo del capitalismo actual, del enorme poder que adquieren las grandes empresas y la capacidad endémica del sistema para generar desigualdades y exclusión, se requiere pensar en un Estado mucho más activo, no solo en la nivelación de ciertos servicios básicos para los grupos más vulnerables, sino también para abordar el problema de fondo, esto es, la tendencia inevitable a la marginalización que evidencia el sistema, y la promoción en contrapartida de mecanismos más efectivos de integración social.

En esta línea, el concepto mismo de derechos sociales, fundamental para articular las demandas de la izquierda, resulta insuficiente, en gran medida porque la pobreza es un fenómeno relativo a los grados de riqueza variables de una sociedad, pero también porque un derecho social no es en verdad una garantía de integración social sino más bien un piso mínimo de pobreza. En otras palabras, es posible que se resguarden los derechos sociales del conjunto de la población, y aun así persista una sociedad altamente desigual, llena de privilegios y donde un grupo muy amplio siga siendo incapaz de integrarse a los beneficios del sistema.

En último término, una crítica al capitalismo contemporáneo no puede eludir una revisión de fondo del criterio de racionalidad instrumental como único parámetro para organizar la vida económica y social, un dilema que se inscribe en el corazón del proyecto de la Modernidad y que, en general, la izquierda elabora muy poco.

Actualmente el único criterio que sirve de fundamento para el sistema capitalista es la producción más eficiente –digamos más barata– de bienes y servicios, con lo que se ha propiciado una proliferación ciertamente impresionante de estos –algunos de ellos fundamentales, otros suntuarios–, sin ninguna atención a las condiciones de producción y distribución de los mismos. Tenemos así un mundo saturado de productos, pero que no consiguen generar el desarrollo social que parecen prometer. Se trata más bien de un juego sin fin, que termina girando en banda y generando, a la larga, una sociedad cada vez más desintegrada, con claros signos deshumanizantes.

El pensamiento de izquierda se enfrenta al desafío de repensar de manera fundamental, y nueva, los grandes dilemas que plantea la hegemonía del capitalismo actual, si quiere levantar una crítica efectiva a este y que sea capaz de volver a conectarse con las mayorías ciudadanas.

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