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Brasil: una pesadilla (o tsunami) llamado Bolsonaro

por 1 septiembre, 2018

Brasil: una pesadilla (o tsunami) llamado Bolsonaro
La llegada de Trump a la Casa Blanca reforzó un principio de realismo, que suele perderse en medio de ciertos tráfagos, en orden a que siempre debiera ser razonable tener en consideración hasta las posibilidades más extremas. Aquí es donde cabe una pregunta muy central, ¿qué razones puede haber en el Brasil de hoy para que aparezca con fuerza un candidato de las características de Bolsonaro?. Respuestas hay varias.
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El 7 de octubre, el panorama político latinoamericano podría estremecerse hasta sus cimientos si el paulista, Jair Bolsonaro -ex capitán de Ejército y que lleva de candidato a vicepresidente al general Hamilton Mourao- triunfa en la elección presidencial de Brasil. Será un tsunami de dimensiones colosales que nadie se atreve a asumir. La mayoría de las elites regionales latinoamericanas se muestran elusivas ante tal posibilidad, apuestan a que no ocurrirá, aunque más que clarividencia, tal actitud refleja un mecanismo de defensa de lógicas convencionales en materia de legitimidad y poder, porque el mundo está dando demasiadas pruebas de moverse hacia zonas desconocidas y enteramente nuevas, sin los rasgos tradicionales.

Independientemente de que pueden advertirse trazos distópicos en un futuro gobierno de Bolsonaro –por lo mismo se le ve como algo extremo, indeseado, plagado de dolores de cabeza e incertidumbres- lo pertinente ahora, es ahondar en los verdaderos quiebres internos que se observan en Brasil. Y es que son esos, y no otros, los que están socavando la Nova República o Sexta República, como los brasileños denominan su vida política desde 1985 en adelante.

Brasil claramente no está ante el desafío de re-definir su proyección internacional ni menos regional. Sigue siendo uno de los llamados estados-continentales y como tal, es visto por los propios brasileños, por el resto de los latinoamericanos y por sus socios en el mundo entero. O sea, sus desafíos son de carácter interno y en ese marco debe verse el convulso proceso electoral que vive con un candidato preso, por un lado, y con la eventualidad que triunfe un outsider del establishment de los partidos, por otro.

Sería un error pensar que Bolsonaro sea un aparecido en la política brasileña. Ya en un lejano 1988, cuando el país daba sus primeros pasos en el tránsito a la democracia y era gobernado por Jose Sarney, fue electo concejal (vereador) en Río de Janeiro por el Partido Demócrata Cristiano y dos años después arribó a la cámara baja.  En sus  28 años de ejercicio parlamentario ha presentado 171 proyectos de ley, dicho sea de paso, muchas veces votó junto a la bancada del Partido de los Trabajadores de Ignacio "Lula" Da Silva y, ha dirigido o ha sido miembro de las comisiones de Relaciones Exteriores, de Defensa, de Seguridad Pública y combate al crimen organizado.

el cansancio del electorado brasileño tiene ya sus años, produce reacciones fuera de lo común y que, aunque el tiempo pase y nuevos partidos ocupen el palacio presidencial de Planalto, la corrupción, los sobornos en el país y en el extranjero, la violencia creciente y el alto desempleo no disminuyen.  Las encuestas revelan que los más de 147 millones de brasileños tienen razones de larga data para protestar contra su elite política.

Por cierto, que ha cambiado varias veces de partido. Mas eso no le ha impedido obtener sucesivas reelecciones alcanzando en 2014, incluso, la primera mayoría en Río (superando los 460 mil votos). Varios hijos, hermanos y sobrinos también se dedican a la política desde hace una buena cantidad de años. Nadie podría dudar que tiene vasta experiencia. Pero también vastos son los efectos que tendría su triunfo.

En efecto, por el peso de Brasil en el hemisferio y por las posiciones controvertidas expresadas por Bolsonaro en un sinnúmero de materias sensibles -visión del Brasil pre-democrático, minorías sexuales, étnicas, pena de muerte, tenencia de armas, ejecuciones sumarias, Pinochet, Fujimori y migraciones- lo más probable es que su triunfo provoque un remezón telúrico grado 10 en la región. Ello debido, por un lado, a que tomará un buen tiempo a los países latinoamericanos encontrar la manera de relacionarse con este nuevo tipo de liderazgo y por otro, que tendrá un efecto inevitable en la agenda política interna de los países sudamericanos. He ahí dos razones por las que, al exterior de Brasil, se preferiría que gane un candidato más predecible.

Sin embargo, la llegada de Trump a la Casa Blanca reforzó un principio de realismo, que suele perderse en medio de ciertos tráfagos, en orden a que siempre debiera ser razonable tener en consideración hasta las posibilidades más extremas. Aquí es donde cabe una pregunta muy central, ¿qué razones puede haber en el Brasil de hoy para que aparezca con fuerza un candidato de las características de Bolsonaro?. Respuestas hay varias.

Uno: Brasil ha dispensado a la historia política latinoamericana hechos muy insólitos y que por anecdóticos se dejan de lado o se olvidan, pero que son expresivos de un profundo malestar. Entre ellos está que en 1988 fue lanzada la candidatura a prefecto de Río del mono Tiao (habitante del zoo, que obtuvo más de 400 mil votos), mientras que en 1959 fue el rinoceronte Cacareco el que alcanzó la nada despreciable cantidad de 100 mil votos. En ambos casos se trató de votos de protesta y de furia, en el cual los medios de comunicación jugaron un papel central. La candidatura de Cacareco fue lanzada por el periodista Itaboral Martins, quien se manifestaba cansado del bajo nivel de los otros candidatos, mientras que la de Tiao la promovió la revista satírica Casseta Popular por razones similares.

Dos: Sabido es que, casi por regla, el abanico de candidatos presidenciales refleja la idiosincrasia prevaleciente en un país. La impresionante cantidad de votos obtenidos por Cacareco y Tiao en su momento revela que el cansancio del electorado brasileño tiene ya sus años, produce reacciones fuera de lo común y que, aunque el tiempo pase y nuevos partidos ocupen el palacio presidencial de Planalto, la corrupción, los sobornos en el país y en el extranjero, la violencia creciente y el alto desempleo no disminuyen.  Las encuestas revelan que los más de 147 millones de brasileños tienen razones de larga data para protestar contra su elite política.

Tres: Brasil es hoy, políticamente, el producto de una acumulación de crisis no resueltas (presidentes que gobiernan sin mayorías, déficit fiscales crónicos, promiscuidad político-empresarial etc.). Sabido es que tales ambientes tienen un efecto fertilizante para los liderazgos carismáticos, fuera de los circuitos partidarios establecidos.

Cuatro: Bolsonaro está demostrando habilidades impensadas como candidato y ha decidido apostar al cuadro más probable, que Lula finalmente no esté en la papeleta y que los votos del PT se diluyan en otros, ya que su reemplazante, Fernando Haddad, no logra captar simpatías. Además, se ha alejado de los debates televisivos por no serle particularmente beneficioso, optando por las redes sociales. Según estudios de la consultora brasileña FSB tiene casi 6 millones de activos seguidores en Facebook y 1,5 en Twitter, aparte de haber logrado apoyo de figuras populares como Ronaldinho, lo que quizás explique su popularidad entre los votantes más jóvenes.

En consecuencia, atender lo que se viene en octubre parece necesario. Por el estilo audaz y punzante de Bolsonaro, el clima político regional cambiará sustantivamente, a la vez que en lo formal se cierra un ciclo de importantes giros políticos con Duque en Colombia, Abdo Benítez en Paraguay, López Obrador en México, Alvarado Quesada en Costa Rica, y, marginalmente, también con Díaz-Canel en La Habana.

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