Opinión
Archivo (AgenciaUno)
Jorge Quiroz y los demonios de la política
Si Jorge Quiroz quiere transformar su causa económica en una verdadera vocación política, deberá entender que Hacienda no solo administra recursos: también administra expectativas, conflictos y confianza institucional.
A casi cinco meses de su llegada al Ministerio de Hacienda, Jorge Quiroz parece enfrentarse a una prueba que Max Weber habría reconocido con claridad: la distancia entre tener una causa y ejercerla políticamente.
En La política como vocación, también traducida como La política como profesión, Weber sostuvo que quien entra en la política no solo debe poseer convicciones, sino también responsabilidad y mesura. La política, advertía, obliga a tratar con fuerzas difíciles, incluso con los “demonios” que gobiernan toda causa pública cuando esta se transforma en poder.
La figura de Quiroz resulta interesante precisamente por eso. No parece carecer de causa. Su causa es reconocible, ordenar las finanzas públicas, recuperar el crecimiento, destrabar la inversión, reducir el gasto y reinstalar cierta disciplina fiscal. En términos weberianos, hay pasión por una dirección. Hay una idea de país, una prioridad económica y una convicción respecto de lo que el Estado debe hacer, así como de lo que, a juicio del ministro, debe dejar de hacer. El problema es que en política la convicción nunca basta.
Weber fue particularmente lúcido al advertir que la política no puede sostenerse únicamente en la ética de la convicción. Quien actúa políticamente no responde únicamente por la pureza de sus principios, sino también por las consecuencias de sus decisiones. Allí aparece el segundo elemento del Beruf: la responsabilidad. En Hacienda, esa responsabilidad no consiste solo en cuadrar cifras, reducir partidas o clasificar programas según desempeño. Consiste también en hacerse cargo de los efectos sociales, institucionales y simbólicos de dichas decisiones.
Por eso, cuando el debate público se instala en torno a recortes, la descontinuación de programas o ajustes presupuestarios, el problema no es solo técnico. Puede haber razones fundadas para revisar la eficiencia del gasto público. Ningún programa estatal debería quedar blindado frente a la evaluación. Pero una cosa es evaluar, corregir y priorizar; otra distinta es comunicar el ajuste como si la política pública fuera apenas una planilla de cálculo. La eficiencia puede ser un criterio de gestión, pero la legitimidad de sus efectos es siempre política.
El punto más delicado, sin embargo, está en la mesura. Weber entendía la mesura como la capacidad de tomar distancia, de dominar la vanidad del poder y de no confundir la pasión por una causa con la autorización para imponerla sin mediaciones. Es aquí donde la gestión inicial de Quiroz muestra su lado más complejo. Su problema no parece ser la falta de convicción, sino el exceso de seguridad en que la corrección técnica de una agenda basta para hacerla políticamente aceptable.
La falta de mesura no se expresa necesariamente en el grito ni en el gesto estridente. A veces aparece de forma más sutil: en la incapacidad de advertir que las palabras de un ministro de Hacienda no son meros comentarios técnicos, sino señales de poder. Cuando desde Hacienda se habla de recortes, decretos, ajustes o descontinuaciones, no se está describiendo únicamente un procedimiento administrativo. Se está produciendo realidad política. Se están activando expectativas, temores, resistencias y conflictos.
Por eso la advertencia weberiana sobre los demonios resulta tan pertinente. Quien abraza una causa en política debe saber que esa causa nunca llega limpia al ejercicio del poder. El crecimiento económico puede invocar al demonio de la desigualdad si se desentiende de sus costos distributivos. La austeridad fiscal puede invocar al demonio de la indiferencia si se comunica sin sensibilidad social. La eficiencia estatal puede invocar al demonio del tecnocratismo si olvida que detrás de cada programa hay trayectorias institucionales, usuarios, territorios y derechos en disputa.
La política exige abrazar esos demonios no para rendirse ante ellos, sino para reconocer que existen. Esa es la diferencia entre el técnico que administra instrumentos y el político que comprende las consecuencias. Un ministro de Hacienda no solo debe saber cuánto cuesta un programa; debe comprender qué significa su eliminación, qué vacío deja, qué conflicto abre y qué relato público sostiene la decisión. La responsabilidad weberiana no consiste en tener buenas intenciones, sino en asumir el peso de los efectos previsibles de la acción.
En estos meses, Quiroz ha mostrado pasión por una causa y una voluntad evidente de conducción económica. Pero la pregunta central es si esa pasión será acompañada de responsabilidad y, sobre todo, de mesura. Porque gobernar no es únicamente ejercer atribuciones, acelerar reformas ni exhibir capacidad de mando. Gobernar es también saber cuándo avanzar, cómo explicar, con quién negociar y qué límites no conviene tensionar si se quiere preservar la legitimidad democrática.
La política, decía Weber, es una lenta perforación de duras tablas. Esa imagen sigue siendo poderosa porque recuerda que los cambios públicos requieren fuerza, pero también paciencia; convicción, pero también distancia; decisión, pero también prudencia. Si Jorge Quiroz quiere transformar su causa económica en una verdadera vocación política, deberá entender que Hacienda no solo administra recursos: también administra expectativas, conflictos y confianza institucional.
La prueba, entonces, no será únicamente si logra recortar el gasto, reactivar la inversión o imponer una agenda fiscal. La verdadera prueba será si puede hacerlo sin reducir la política a la técnica, sin convertir la eficiencia en insensibilidad y sin confundir la autoridad con la desmesura. Porque quien entra en política, según Weber, debe estar dispuesto a tratar con demonios. Pero justamente por eso necesita algo más que la convicción: necesita mesura para no terminar gobernado por ellos.
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