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	<title>El Mostrador &#187; Daniel Mansuy</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>Adolescente sin causa</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Dec 2010 05:49:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Libertad de Expresión]]></category>
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		<category><![CDATA[The Clinic]]></category>

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		<description><![CDATA[Se nos dirá, una vez más, que el poder económico conservador se ha coludido para manipular al país y reducir nuestros escasos márgenes de libertad. Pero toda esa monserga según la cual el poder económico es ultraconservador y blablablá es falsa.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace algunas semanas, en una entrevista que le hiciera Jorge Navarrete, Patricio Fernández Chadwick —director de <em>The Clinic</em>— revindicaba lo que él llamaba la adolescencia del periódico que dirige. Sugería que <em>The Clinic</em> no sería quien es si no fuera por su irremediable adolescencia, si no estuviera siempre diciendo eso que —supuestamente— está prohibido decir. En suma, podríamos resumir, su identidad consiste en hacer todo lo posible, semana a semana, por espantar a la abuelita.</p>
<p>En ese constante afán de trasgresión, una de sus últimas portadas caricaturizó a Benedicto XVI de una manera que muchos consideraron poco respetuosa. Supongo que la libertad de prensa existe justamente para permitir este tipo de expresiones, pero también para que quienes se sienten ofendidos por ellas puedan organizarse. Pues bien, un grupo inició una campaña con el fin de intentar convencer a los avisadores de retirar su auspicio al periódico, y logró su objetivo con uno de ellos. Hasta aquí, todo parecía desarrollarse dentro de los cánones normales de nuestra buena y tautológica sociedad liberal: todos tienen derecho a ejercer sus derechos.</p>
<p>Uno hubiera esperado que la reacción del semanario fuera la del buen jugador que conoce las reglas del juego. Pero las cosas fueron un poco distintas: <em>The Clinic</em> reaccionó denunciando una “terrorífica” protesta propiciada por “fanáticos” que buscarían coartar la libertad de expresión. Quizás no se pueda esperar una reacción diferente de quien celebra su propia adolescencia. Con todo, queda un dejo a doble vara, a hipocresía —esos pecados que con tanta fuerza se condenan en las páginas de <em>The Clinic</em>— porque la defensa de la libertad sólo tiene valor cuando se defiende también para quienes no piensan como uno. En el resto de los casos, es demasiado fácil. Además, si uno de los objetivos explícitos del semanario es espantar a la abuelita, no se entiende bien que sean ellos mismos los que luego se espanten de haber hecho tan bien su trabajo. <em>The Clinic</em> empieza a parecerse a ese colegial que no deja vivir en paz al resto pero que luego se victimiza como ninguno cuando le llega su turno. Yo diría que si a usted le gusta tanto el <em>hueveo</em>, no puede ser tan llorón.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Se nos dirá, una vez más, que el poder económico conservador se ha  coludido para manipular al país y reducir nuestros escasos márgenes de  libertad. Pero toda esa monserga según la cual el poder económico es  ultraconservador y <em>blablablá </em>es falsa.</blockquote></div>
<p>Porque, seamos serios, y aún corriendo el riesgo de ser yo mismo el objeto de las próximas sátiras, a <em>The Clinic</em> le encanta la chacota siempre y cuando ésta vaya en un solo sentido. No pretendo negar los aspectos positivos de <em>The Clinic</em>, pues es obvio que a los muchachos les sobra el talento y que han hecho aportes muy significativos. Sin embargo, todo ello queda oculto por —¿cómo decirlo?— cierta vulgaridad. Y aunque ya veo a buena parte del público indignarse conmigo (he cometido el peor de los pecados: <em>he proferido un</em> <em>juicio estético</em>), lamento comunicar que no encuentro un término más adecuado.</p>
<p>Al vulgarizarlo y trivializarlo todo, <em>The Clinic</em> le ha hecho un flaco favor a nuestra discusión pública. <em>The</em> <em>Clinic</em> tiende a degradar el lenguaje, a rebajar el nivel de la discusión y, en el fondo, a erosionar las bases del diálogo democrático, y un fenómeno así no puede sernos indiferente. El diálogo es imposible cuando se rompen las condiciones que lo permiten, condiciones que <em>The Clinic</em> se esmera en hacer añicos y que el formalismo jurídico difícilmente puede producir por sí mismo. El semanario termina así amedrentando a todos aquellos que no se ajustan a la nueva moral, ya que sobre las voces disonantes pesa la constante amenaza de la <em>funa</em>. ¿Qué hombre público podría querer verse en una de sus ingeniosas e humorísticas portadas? Los paladines del pluralismo terminan siendo los mejores gendarmes de lo políticamente correcto, pues convierten todo legítimo disenso en una cuestión de culpables e inocentes. Su facilismo le impide ver los matices, y caen así en aquello que tanto critican: un mundo de buenos y malos.</p>
<p>Eso explica que en <em>The Clinic</em> abunden más los (des)calificativos que las reflexiones, porque la cuestión es que los argumentos sean reemplazados por los adjetivos, esa práctica que Camus consideraba mortal para cualquier debate público. En general, puede decirse que la cantidad de adjetivos proferidos es inversamente proporcional a la cantidad de ideas, y de eso saben en <em>The Clinic</em>. Un poco por lo mismo, hay que ser tan adolescente como ellos para seguir creyendo por un solo instante que todavía son irreverentes, que todavía desafían al poder. No hay nada más ortodoxo que <em>The Clinic</em><em> porque no hay nadie menos capaz de la menor mirada crítica frente a la doxa</em><em> que ellos mismos han fundado.</em></p>
<p>En cualquier caso, lo peor está por venir. Porque ahora que un grupo de presión logró el retiro de un auspiciador, ya sabemos la cantinela que nos espera, con editoriales, reportajes y entrevistas a figurillas del <em>star system</em> criollo: Chile está <em>ad portas</em> de caer en el peor de los integrismos y <em>Muévete Chile —</em>poderosísima organización que domina al país en las sombras— representa la más seria amenaza que la República haya conocido desde las aventuras de Ramón Freire. Se nos dirá, una vez más, que el poder económico conservador se ha coludido para manipular al país y reducir nuestros escasos márgenes de libertad. Pero toda esa monserga según la cual el poder económico es ultraconservador y <em>blablablá </em>es falsa.</p>
<p>No hay tal, pues no existe fuerza más subversiva respecto de las tradiciones —de todas las tradiciones— que el mercado. Para saberlo, una lectura de Marx con un mínimo de atención es suficiente. Si por ventura le fastidian los autores decimonónicos, también puede leer a Christopher Lasch, o al mismo Milton Friedman. Y si su problema es con la lectura, en verdad basta con sintonizar <em>Megavisión</em> o echar un vistazo a <em>LUN</em>. La paradoja —que tanto irritaba a Orwell— consiste en lo siguiente: cuando cierto progresismo de izquierda levanta la bandera de la más absoluta libertad moral no sólo olvida la cuestión de la igualdad, sino que legitima de paso la más absoluta libertad económica. Cuando no hay reglas morales que valgan, cuando toda norma mínima de comunidad es sistemáticamente desacreditada como <em>conservadora</em> o <em>arcaica</em>,  el único árbitro que queda en pie es el mercado. Por eso <em>The Clinic</em> comete la más grosera de las incoherencias cuando se queja de la concentración económica al mismo tiempo que quiere transgredir y derribar todas las normas (y cabe decir que buena parte de la derecha padece de un mal simétrico).</p>
<p>Confieso en todo caso que no me gusta la presión sobre los avisadores como medio de reclamo y, por lo mismo, no me asociaría  a una protesta de ese tipo. No me gusta justamente porque no creo que todos los problemas sociales sean problemas de mercado y por tanto no creo que deban resolverse por la vía del mercado. Ese camino equivale a reconocer el fracaso de la política. Pero también hay que admitir que el mismo <em>The Clinic</em> ha contribuido a que lleguemos a este punto destrozando alegremente todos los principios de eso que Orwell llamaba la <em>decencia ordinaria </em>o la <em>decencia común</em>. Cuando no se reconoce la existencia de límites, el único árbitro disponible es el mercado. Pero vaya que es difícil explicarle todo esto a un adolescente.</p>
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		<title>La libertad de votar</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Nov 2010 05:41:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[reformas políticas]]></category>
		<category><![CDATA[Voto Voluntario]]></category>

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		<description><![CDATA[Aún admitiendo las graves dificultades que aquejan a nuestro sistema político, no parece que la solución pase por la voluntariedad del voto —que terminará de debilitar a un sistema ya alicaído— sino por reformar más profundamente el sistema político, partiendo quizás por la ley electoral.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La  Democracia Cristiana ha señalado querer revisar el acuerdo político alcanzado con cierta premura en enero de este año, en la época que (¡parece tan lejos!) Marco parecía ser el dueño de la política chilena. Ignacio Walker, su presidente, ha dicho que tiene buenas razones para impulsar el voto obligatorio en lugar del voto voluntario.</p>
<p>Más allá del fondo del tema, es indudable que estas repentinas volteretas no le hacen bien a la credibilidad del sistema. En rigor, antes de empezar a discutir, no estaría nada de mal que la DC diera alguna explicación más o menos consistente de por qué hoy tiene una posición distinta que hace algunos meses: ¿conversión repentina, hipocresía propia de período electoral, incapacidad de resistir las sirenas populistas? Raye usted la mención que le parezca correcta. Con todo, es innegable que al asunto amerita una discusión más seria que la tuvo lugar hace algunos meses, en medio de presiones más bien dudosas.</p>
<p>El voto voluntario parece ser, a primera vista, la solución más razonable pues resguarda las libertades individuales. Además exige que los políticos se esfuercen un poco y nos convenzan de ir a votar. En esta lógica, el voto es concebido simplemente como un derecho que puede ejercerse o no según la voluntad de cada cual sin coerción de por medio. ¿Con qué razones la colectividad podría <em>obligarnos</em> a ir a votar si <em>no queremos</em> hacerlo? ¿Por qué la participación habría de ser forzada, cuando es obvio que una participación impuesta no es tal? Desde esta perspectiva no hay ni puede haber motivos suficientes como para poner cortapisas a mi propia voluntad.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> La concepción que está detrás de la voluntariedad es aquella según la cual la política debería funcionar del mismo modo que el mercado y donde el ciudadano no debería ser muy distinto del consumidor.</blockquote></div>
<p>Todo esto parece muy sensato y, sobre todo, muy coherente con ciertas ideas dominantes. Pero esta versión del liberalismo también tiene sus límites y sus complicaciones. Por de pronto, implica una comprensión de la libertad como simple no injerencia, esto es, como mera ausencia de límites externos a la acción. Por lo mismo, se tiende a ver en toda ley un obstáculo para las libertades, ya que toda ley supone, por definición, una limitación. No pueden haber deberes en esta lógica, o sólo los estrictamente necesarios. No obstante, existe otra comprensión de la libertad —que podríamos llamar republicana— que no insiste tanto en la no injerencia sino en la ausencia de dominación. La libertad no significa tanto que no haya nunca ninguna interferencia en mi acción (pues así nada podríamos decir contra la esclavitud) sino más bien en que ningún ciudadano pueda ser objeto de dominación. Esta concepción alternativa supone que la libertad, más que algo dado de manera espontánea, es fruto de una determinada organización política que la hace posible. La libertad es inseparable de la comunidad y de la política, porque no puede existir sin aquellas, y entonces la ley es instrumento de libertad más que limitación de mi metro cuadrado. Aquí no sólo hay derechos sino también deberes para con ella misma, pues la libertad requiere para su despliegue efectivo de ciertas condiciones que no son, ni de lejos, fáciles de cumplir. Dicho de otro modo, la libertad supone, como sugería Aristóteles, que hemos puesto algo en común, que hemos creado el ámbito de lo común.</p>
<p>En este contexto, hablar de voto obligatorio no tiene nada de descabellado. Es simplemente un mínimo deber que permite garantizar el ejercicio efectivo de la libertad, y definitivamente el individualismo tiene que estar muy exacerbado como para considerar que se trata de un grave atentado a la autonomía personal. Es cierto que, desde cierto punto de vista, el voto obligatorio subsidia a los políticos, y también es cierto que éstos no hacen demasiados esfuerzos por merecerlos -y el silencio que ha rodeado el caso Nogueira es el último ejemplo (digamos, entre paréntesis, que la distinción impulsada por el gobierno entre los residentes en el extranjero “con vínculo” y “sin vínculo” tampoco va en el sentido correcto, pues es arbitraria y denota un miedo casi atávico a la participación. Si es la nacionalidad chilena la que otorga el derecho a voto, toda discriminación equivaldrá inevitablemente a crear chilenos de primera y segunda clase, lo que no parece muy pertinente). Pero aún admitiendo las graves dificultades que aquejan a nuestro sistema político, no parece que la solución pase por la voluntariedad del voto —que terminará de debilitar a un sistema ya alicaído— sino por reformar más profundamente el sistema político, partiendo quizás por la ley electoral.</p>
<p>Hannah Arendt advertía, no sin algo de angustia, de los riesgos que conlleva el estrechamiento del espacio público que termina estrechando también el horizonte de las posibilidades humanas. Yo no creo que el voto obligatorio vaya a resolver nuestros problemas, pero sí creo que el voto voluntario podría agravarlos. Al final del día, la concepción que está detrás de la voluntariedad es aquella según la cual la política debería funcionar del mismo modo que el mercado y donde el ciudadano no debería ser muy distinto del consumidor. Es, por tanto, una mirada insuficiente para todos quienes creemos que lo público no puede reducirse a lo privado y que la política tiene una especificidad que le es propia. O, para decirlo en otras palabras, hacernos cargo de nuestro destino común importa asumir ciertas responsabilidades sin las cuales no tendremos ni comunidad ni libertad ni (casi) nada. Sólo el bendito mercado.</p>
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		<title>Preguntas abiertas</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Oct 2010 06:41:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Caso Guzmán]]></category>
		<category><![CDATA[La Oficina]]></category>

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		<description><![CDATA[Es obvio que la UDI yerra el tiro al subir los decibeles porque esta discusión hace mucho rato que dejó de moverse bajo parámetros racionales, y las vociferaciones perjudican más de lo que ayudan. Por lo demás, no olvidemos que Suiza tomó una decisión idéntica en el caso de Ortiz Montenegro, y el tono fue un poco distinto.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las declaraciones de Mauricio Hernández Norambuena, <em>Ramiro</em>, han vuelto a abrir una página de nuestra historia reciente que muchos preferirían cerrar para siempre. Como suele suceder, <em>Ramiro</em> sacude polvo viejo buscando mejorar su suerte y poder cumplir su condena en Chile, pues todo indica que en Brasil no podrá arrancarse en helicóptero. Con todo, quizás lo más llamativo sea que, en veinte años, los periodistas han mostrado una diligencia infinitamente mayor que el Estado para intentar reunir los cabos sueltos de la historia de los últimos años del Frente Manuel Rodríguez, desde la novelesca aventura de los Queñes en 1988, donde muere Raúl Pellegrin, en adelante.</p>
<p>Un poco por lo mismo, no hay que sorprenderse con la decisión argentina de no extraditar a Galvarino Apablaza. Mal que mal, otro involucrado —Villanueva Molina— vivía tranquilamente en Concón hasta hace algunas semanas atrás sin que nadie se diera la molestia de interrogarlo. Convengamos que, por las razones que sean, durante mucho tiempo las autoridades chilenas aplicaron en esta materia la ley del mínimo esfuerzo.</p>
<p>Esto no quita, desde luego, que la decisión de la CONARE argentina, que le concede a Apablaza la calidad de refugiado, sea ¿cómo decirlo? un tanto exótica desde un punto de vista jurídico: quien se de el trabajo de leerla podrá comprobar cuántas tinterilladas pueden acumularse unas sobre otras en unas páginas. Si a algunos ya nos costaba trabajo intentar entender la política argentina, este fallo es algo así como un regalo: ya no tendremos que hacer más esfuerzos porque, básicamente, no hay nada que entender.</p>
<p>En atención a esto, es obvio que la UDI yerra el tiro al subir los decibeles porque esta discusión hace mucho rato que dejó de moverse bajo parámetros racionales, y las vociferaciones perjudican más de lo que ayudan. Por lo demás, no olvidemos que Suiza tomó una decisión idéntica en el caso de Ortiz Montenegro, y el tono fue un poco distinto. Además,  es cuestión de tiempo para que Apablaza termine viniendo a Chile. Más temprano que tarde el escenario argentino dará una nueva vuelta de campana, y los Kirchner terminarán como terminan —desde tiempos inmemoriales— todas las dinastías políticas del otro lado de la cordillera. En ese momento a <em>Salvador</em> no le quedará otra que hacerse cargo de sus actos. Porque incluso suponiendo que el asesinato de Guzmán haya sido obra exclusiva de <em>Ramiro</em> y su gente, no estaría de más que explicara por qué en repetidas oportunidades revindicó el crimen, e incluso por qué en alguna oportunidad lo asumió como un error propio.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> <strong> </strong>Por lo pronto, son quienes trabajaron en <em>La</em> <em>Oficina</em> quienes más podrían contribuir, ya que ellos disponen de información que podría permitir unir las hebras. Lamentablemente, hasta ahora han elegido el silencio. Dos, de hecho, hoy son diputados. Yo creo que ellos tienen la palabra. </blockquote></div>
<p>Con todo, me parece que la cuestión que más nos debería preocupar ahora va por otro lado. Uno puede entender que en un determinado momento de nuestra historia hayan primado razones de Estado para cubrir con un tupido velo algunos hechos incómodos. Nadie niega que no debe haber sido fácil desarticular a los grupos terroristas en la primera mitad de los 90, y alguien tenía que hacerlo. No obstante, ya hemos recorrido un suficiente trecho como para comprender que el fin no siempre justifica los medios. En consecuencia, no estaría nada de mal que algunos temas pudieran salir de esa intensa oscuridad en la que están postrados desde hace tanto tiempo: hay muchas, demasiadas, preguntas que aún no encuentran respuesta.</p>
<p>¿Cómo se infiltró el Frente?, ¿quiénes participaron en dicha tarea?, ¿en qué medida dicha infiltración pudo haber jugado en ambos sentidos?, ¿qué se ofreció a cambio de la información recibida?, ¿hubo o no promesa de protección?, ¿a quiénes?, ¿por qué nunca se detuvo a Gutiérrez Fischman, el <em>Chele</em>, si todo indica que su paradero no era completamente desconocido para las autoridades?, ¿cómo y por qué se perdieron misteriosamente las huellas que hubieran permitido ubicar al <em>Chele</em>? ¿por qué se ordenó un falso operativo de drogas para desbaratar el cerco que una brigada de Investigaciones había tendido a los cabecillas del Frente en Colliguay?, ¿por qué los videos de Colliguay tardaron tanto en llegar a la justicia?, ¿por qué se liberó a Agdalín Valenzuela si se sabía a ciencia cierta que en la lógica estalinista del rodriguismo eso equivalía a una sentencia de muerte?, ¿dónde están Escobar Poblete (“Emilio”) y Palma Salamanca, autores materiales de los casos Guzmán y Edwards?, ¿la fuga de 1996 fue de algún modo consentida, aunque haya sido de modo implícito?, ¿por qué fue tanta, tanta la desidia de los gobiernos concertacionistas en estas cuestiones?</p>
<p>Desde luego, estas son sólo algunas —las más básicas— de las muchas preguntas que uno podría formular si queremos empezar a entender este aspecto de nuestra peculiar transición. Es cierto que en estas cuestiones los espejos suelen reflejarse unos con otros y, por tanto, no es fácil distinguir lo real de lo ficticio. Sin embargo, y más allá de las obvias dificultades, tengo la sensación de que no podemos seguir haciendo como si nada, como si todos estos misterios fueron naturales en un Estado de derecho. Una democracia, si merece ese nombre, debe aclararlos aunque duela. Y por lo pronto, son quienes trabajaron en <em>La</em> <em>Oficina</em> quienes más podrían contribuir, ya que ellos disponen de información que podría permitir unir las hebras. Lamentablemente, hasta ahora han elegido el silencio. Dos, de hecho, hoy son diputados. Yo creo que ellos tienen la palabra.</p>
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		<title>Las prédicas de Carlos</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 09:01:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Peña]]></category>

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		<description><![CDATA[El mismo que aborrece los discursos religiosos y no deja pasar ocasión para criticar a la Iglesia, el mismo que reivindica la libertad de pensamiento frente a los dogmas de cualquier especie, adopta siempre un tono eclesiástico para hablarnos. Su argumentación suele denunciar la herejía antes que entenderla, e imputar antes que discutir. Su tono es siempre acusatorio.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sus prédicas dominicales son imperdibles hace ya varios años. Uno puede estar más o menos de acuerdo con él, pero es referencia obligada: todos comentan y discuten en la sobremesa lo que Carlos dijo o dejó de decir, y a quién eligió como víctima en su última intervención. No hay otro columnista que se le acerque en influencia y, por más que se esfuercen, sus variopintos imitadores no son ni su sombra, por una razón muy simple: aunque todos aprendemos mucho de él, Carlos es inimitable. Por su lado, los más conservadores evitan leerlo antes de ir a misa. Nada podría irritarlos más. Y de hecho, sabemos por propia confesión que no hay nada que le provoque más placer: se han visto modos menos exóticos de lograr el mismo objetivo. No diremos nada más sobre este punto, pues el mismo Carlos nos ha enseñado a respetar las distintas maneras de vivir.</p>
<p>Una de sus últimas polémicas fue con Sergio Diez, y utilizó una de sus estrategias predilectas: caricaturizar el argumento contrario del modo más burdo posible, para luego destrozarlo en buena y debida forma. Es cierto que así se puede ser muy persuasivo, pero no es seguro que sea la forma más razonable de discutir.</p>
<p>Una de sus muchas virtudes es que ha leído mucho, y se nota. También se agradece porque sus intervenciones son un aporte valioso para nuestra deliberación pública, cuyo nivel no siempre es el mejor. No obstante, a veces es inevitable hacerse la pregunta de si acaso sus citas eruditas buscan más intimidar al lector neófito que ilustrar sus razonamientos. Supongo que es una mezcla de ambas cosas.</p>
<p><a href="http://www.elmostrador.cl/media/2010/08/Carlos-Peña.jpg"><img class="alignright size-large wp-image-105513" style="margin: 4px; border: 1px solid black;" title="Ilustración de Carlos Peña con sotana" src="http://www.elmostrador.cl/media/2010/08/Carlos-Peña-1024x929.jpg" alt="Ilustración de Carlos Peña con sotana" width="464" height="421" /></a><div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Para parafrasear lo que el mismo Carlos decía de Ricardo, puede  decirse que es clérigo más que columnista. Clérigo liberal, pero clérigo  a fin de cuentas. Clérigo de una nueva fe que no osa decir su  nombre.</blockquote></div></p>
<p>Hay que reconocer también que posee una pluma privilegiada: Carlos escribe muy bien y maneja a la perfección los recursos del oficio. Sabe cómo apretar allí dónde duele y cuándo utilizar la ironía para lograr el efecto deseado en el lector. Sin embargo, suele ser difícil saber si le interesa más molestar al conservador que  buscar la verdad. Por otro lado, suele dar la impresión de llevar años escribiendo la misma columna, contentándose con cambiar algunos nombres y referencias de orden práctico. Abusa —a todos nos ocurre— de los guiones intercalados y —sobre todo— de cierto estilo declamatorio que tiende a eludir las cuestiones de fondo. Con demasiada frecuencia, Carlos cede a la tentación de una frase bien lograda, con la dosis exacta de veneno, en desmedro de un argumento bien construido.</p>
<p>Con todo, sus homilías están siempre bien pensadas y elaboradas. Sin embargo, quizás su principal defecto sea el siguiente: Carlos va modificando sus esquemas conceptuales según las necesidades del momento, y eso no pasa desapercibido (no digas que no te lo advertimos). Así, cuando le toca justificar prácticas políticas de dudosa moralidad (por ejemplo, el cuoteo), no tiene escrúpulos para argumentar con Maquiavelo: la política no está hecha para los puros ni para los santos. Pero cuando quiere criticar a sus adversarios, no trepida en exigir estándares altísimos de pureza, los mismos que antes había ridiculizado. Decídete, Carlos, o el imperativo categórico kantiano o el duro cinismo del Florentino, pero es difícil compatibilizar ambas tradiciones, aún para una mente privilegiada como la tuya. En una época invocó mucho a Bourdieu, pero más tarde, movido quizás por un tímido pudor, dejó de hacerlo. Acaso comprendió que invocar al sociólogo francés desde la tribuna dominical de El Mercurio resulta un tanto irónico, por decirlo de algún modo. Asimismo, puede un día admitir que existen obligaciones morales y actos intrínsecamente malos, para luego sostener todo lo contrario. A veces separa tajantemente la moral de la política, para unirlas luego si lo necesita (caso del voto obligatorio). De este modo, Carlos va modificando sus argumentaciones según qué sea lo que quiere probar, lo que habla muy bien de su plasticidad argumentativa, pero menos bien de su coherencia.</p>
<p>Ha sido capaz de sostener tesis francamente peregrinas, motivado quizás por un curioso afán de originalidad. En una época defendió al demócrata Hugo Chávez, aunque luego ha mantenido púdico silencio. Otro ejemplo: en el fragor del caso Spiniak, arguyó que la práctica periodística tiene poco que ver con la verdad, lo que muestra bien cuán lejos puede llegar en su afán de innovar.</p>
<p>Pero lejos lo más paradójico de Carlos es su <em>tono</em>. Quizás no se de cuenta, pues muy probablemente padezca eso que Orwell llamaba el síndrome del <em>doble pensamiento</em>. Carlos, el mismo que aborrece los discursos religiosos y no deja pasar ocasión para criticar a la Iglesia, el mismo que reivindica la libertad de pensamiento frente a los dogmas de cualquier especie, adopta siempre un tono eclesiástico para hablarnos. Su argumentación suele denunciar la herejía antes que entenderla, e imputar antes que discutir. Su tono es siempre acusatorio. Le falta poco para decir de toda tesis que no sea liberal: <em>sit anathema</em>. La falacia es astuta pero no por eso menos real: Carlos no sólo argumenta asumiendo que todos somos liberales, sino también que todos entendemos por liberalismo lo mismo que él entiende. En el fondo, da por supuesto justamente aquello que es controvertido. No obstante, y más allá de su retórica ampulosa, no puedo ceder a la tentación de decirle: es demasiado fácil ganar en la cancha que uno mismo ha rayado. Por eso, para parafrasear lo que el mismo Carlos decía de Ricardo, puede decirse que es clérigo más que columnista. Clérigo liberal, pero clérigo a fin de cuentas. Clérigo de una nueva fe que no osa decir su nombre.</p>
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		<title>La ley de Gabriel</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 06:43:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Sebastián Piñera]]></category>

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		<description><![CDATA[La tesis de Vidal, que podríamos definir como positivismo rabioso, es exactamente idéntica a la de Ruiz Tagle: a los políticos les podemos pedir que cumplan la ley, pero no se nos ocurra pedirles que tengan un comportamiento correcto. Después de todo, ¿quién define qué es correcto y qué no? Así se refugian en la ley, tratando de convencernos de que toda acción permitida por la ley es, de por sí, correcta.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“El gobierno funciona en un Estado de Derecho y la frontera entre lo bueno y lo malo en un Estado de Derecho es si se cumple o no la ley (…) la ética, en lo social, se expresa en la ley, que regula la forma de vivir en sociedad”. Estas palabras bien podrían haber sido pronunciadas por Gabriel Ruiz Tagle. En efecto, el subsecretario de deportes se resiste a desprenderse de sus acciones de Colo Colo, y su principal argumento es tan simplista como irritante: la ley me lo permite. Ni siquiera un documento de la Contraloría, que lo inhabilita para tomar decisiones relativas al fútbol profesional, lo ha hecho modificar su postura: ni vendo ni renuncio.</p>
<p>En todo caso, lo más lamentable es que las palabras citadas más arriba no son de Ruiz Tagle sino de Francisco Vidal. El ex-ministro las pronunció por allá por julio del 2005, al calor de un escándalo provocado por denuncias de nepotismo y corrupción durante el gobierno de Ricardo Lagos. La tesis de Vidal, que podríamos definir como positivismo rabioso, es exactamente idéntica a la de Ruiz Tagle: a los políticos les podemos pedir que cumplan la ley, pero no se nos ocurra pedirles que tengan un comportamiento correcto. Después de todo, ¿quién define qué es correcto y qué no? Así se refugian en la ley, tratando de convencernos de que toda acción permitida por la ley es, de por sí, correcta.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Mientras el subsecretario no venda, funciona como fusible, pues  Piñera tampoco rebosa de ganas de vender su participación en Colo Colo.</blockquote></div>
<p>El detalle que parecen olvidar Ruiz-Tagle y Vidal es que ciertas conductas no están tipificadas por una razón muy sencilla: las buenas maneras no se imponen por ley. Es posible que a partir de este caso decida legislarse, y lo más probable es que los políticos nos presenten, en una ceremonia pomposa y republicana, la nueva normativa como un gran avance de nuestra democracia. Sin embargo, será todo lo contrario: cuando hay que regular comportamientos que antes eran considerados como evidentes hay mucho más retroceso que avance, pues significa que necesitamos de una ley para cumplir con lo mínimo. Por eso Montesquieu podía decir que las leyes abundan allí donde escasean las buenas costumbres. Dicho de otro modo: que al subsecretario de deportes le parezca normal ser al mismo tiempo accionista mayoritario del principal club de fútbol del país es un pésimo síntoma de nuestra situación.</p>
<p>Desde luego, la oposición puede vociferar cuanto quiera, pero lo cierto es que carece de toda autoridad moral. Ya vimos cómo Vidal sostenía la misma tesis cuando a la administración laguista le faltaba poco para contratar a la mascota en alguna asesoría imprescindible para la estabilidad de la república. Y la derecha, en aquella época, ponía el grito en el cielo arguyendo que lo justo no es lo mismo que lo legal. ¿Qué podemos esperar de esta clase política, que a ratos parece desconocer el principio de no contradicción, para no hablar de coherencia intelectual? Al final del día, izquierda y derecha están más de acuerdo de lo que parecen: no se trata tanto de pensar como de encontrar el argumento útil en el momento adecuado. Logran salir del paso —aunque ni eso es tan seguro—, pero el precio es alto: la discusión pública se degrada y la credibilidad del sistema político va sufriendo una merma lenta pero inexorable.</p>
<p>De cualquier modo, Ruiz-Tagle tiene un poderoso aliado en el Presidente. En efecto, mientras el subsecretario no venda, funciona como fusible, pues Piñera tampoco rebosa de ganas de vender su participación en Colo Colo. La inaudita obstinación muestra, una vez más, que al gobierno lo tienen sin cuidado los conflictos de interés: no ha sido capaz, en meses, de tomárselos en serio. De hecho, Colo Colo es sólo uno de ellos, y quizás el menos importante. Algunos guardábamos la esperanza de que el incidente Bielsa pudiera convencer al mandatario de lo inadecuado de la situación a la que se expone, pero todo indica que no fue suficiente. A estas alturas, lo único claro es que cuando el gobierno cambie de actitud no será por convicción sino por mera conveniencia. Porque no hay que ser un genio para prever que, más temprano que tarde, los costos políticos se harán insostenibles.</p>
<p>Acaso nadie haya expresado mejor la doctrina oficialista que Pablo Castillo, presidente de la Fundación de Ingenieros Comerciales UC, quien dijo hace algún tiempo, en un homenaje a Piñera, que la crítica de los conflictos de intereses esconde el “terrible germen de la mediocridad y la flojera”. Aunque quizás soy un poco flojo, y seguramente algo mediocre, quiero creer que la política exige ciertos deberes y cierto <em>ethos</em>, y que éstos no son incompatibles con las virtudes propias del trabajo. Es más bien todo lo contrario.</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Nueva conversación con Pancho</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Jun 2010 06:43:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es personal porque, bueno, lamentablemente hay que encontrar un chivo expiatorio. Así es el juego. Y Velasco, con su orgullo soberbio, con su altanería insufrible, es ideal. Pero no es personal porque podría haber sido otro. Después de todo, abundan los candidatos. Hay que condenar a alguien no más: así clarificamos las cosas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>-Pero Pancho, ¿no crees que esta vez sí fuiste muy lejos?</strong></p>
<p><strong> </strong>-No viejo, yo contigo ya no hablo. La última vez tuviste la genial idea de publicar nuestra conversación en un diario electrónico. Yo pensaba que podía confiar en ti, pero me equivoqué.</p>
<p><strong>-No exageres, no es tan grave. Recuerda que a ti también te gusta revelar conversaciones. Por lo demás, sólo unos pocos despistados creyeron que era verdad. Casi todos pensaron que era un invento, como si yo tuviera cabeza para imaginar tanta barbaridad junta.</strong></p>
<p><strong> </strong>-Claro, muy bonito, pero, ¿cómo sé yo que esta vez no la publicas?</p>
<p><strong>-Pancho, prometo que no la publicaré. Y si por ventura se me escapara de las manos, diré que este diálogo es producto de la imaginación, y que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.</strong></p>
<p><strong> </strong>-No sé si creerte, pero bueno. Voy a volver a conversar contigo, por última vez. Me interesa aclarar algunas cosas.</p>
<p><strong>-Gracias, Pancho. Me gustaría saber por qué te volviste a tirar en picada contra Velasco.</strong></p>
<p><strong> </strong>-Es casi una coincidencia. Yo no tengo nada personal, él me da lo mismo. Simplemente tiene la mala fortuna de encarnar lo peor de lo nuestro, de nuestras peores cobardías y de nuestros peores errores. Velasco es el símbolo de todo lo que hicimos mal y de todo lo que jamás, ¡pero jamás!, debemos volver a hacer.</p>
<p><strong>-Lo que no entiendo es por qué personalizarlo así, con tanta radicalidad. ¿No es muy agresivo?</strong></p>
<p><strong> </strong>-Mira, si en el fondo da igual. Podría ser Velasco, podría ser otro, podrías ser tú. No importa nada, pues es una cuestión de método. Lo que importa es que no haya dudas respecto de quiénes son los culpables: alguien tiene que pagar la cuenta. Y la culpabilidad se encarna a la perfección en la persona de Andrés Velasco. En él se condensa todo lo que nosotros, progresistas, debemos aborrecer.</p>
<p><strong>-Pero entonces es algo personal.</strong></p>
<p><strong> </strong>-Sí y no. Es personal porque, bueno, lamentablemente hay que encontrar un chivo expiatorio. Así es el juego. Y Velasco, con su orgullo soberbio, con su altanería insufrible, es ideal. Pero no es personal porque podría haber sido otro. Después de todo, abundan los candidatos. Hay que condenar a alguien no más: así clarificamos las cosas.</p>
<p><strong>-Si me permites, el procedimiento me parece un tanto injusto. En rigor, no sólo injusto, sino también equivocado. Sabes mejor que yo que la Concertación siempre fue algo colectivo, donde todos aportaron su grano de arena tanto en lo bueno como en lo malo. ¿Qué ganas con condenar tan brutalmente a algunos?</strong></p>
<p>-Querido amigo, a veces pienso que usted ha leído demasiado. No se le vaya a secar el cerebro. El hecho es que la política tiene poco que ver con los libros. Yo también querría que el mundo fuera justo, que el mundo fuera lindo, pero la verdad es que no lo es. No la política en todo caso. Para explicarlo en corto: siempre ha sido necesario encontrar culpables, pues así podemos sentirnos inocentes.</p>
<p><strong>-Debe ser bien cómodo vivir así, supongo que se duerme bien.</strong></p>
<p><strong> </strong>-Tú y tus ironías. Siempre he dormido bien. Y sabes  mejor que nadie que no me interesa la comodidad, me interesa lo que sea útil políticamente hablando. Si hay culpables, nos evitamos dar explicaciones ingratas, nos evitamos hacernos cargo de los errores, nos evitamos tanta cosa viejo. Y, sobre todo, podemos pensar tranquilos en el futuro.</p>
<p><strong>-Creo ver en tu actitud una de las grandes debilidades de la izquierda: la culpa siempre es de los otros. ¿Pero no crees que la Concertación necesita una introspección un poco más profunda en lugar de tanta vociferación, de tanta retórica? Digo, si acaso quieren volver a encarnar un proyecto viable.</strong></p>
<p><strong> </strong><div class="news-quote alignleft">  <blockquote> <strong> </strong>¡Desde cuándo la política se hace con papelitos  amarillos!  ¡Es gente que delira, que todo lo quiere convertir en un <em>paper</em>!</blockquote></div></p>
<p>-Suena muy bonito, pero no te pierdas. Puedes hacer diez cónclaves, invitar a todos los próceres, pero no sacarás nada al final del día. El proceso que deberíamos hacer no se va a hacer jamás, porque son demasiadas las cosas que saldrían al sol. Por más que nos pese —y esto guárdalo para ti— aquí no hay inocentes. Admitirlo públicamente sería muy doloroso además de inviable políticamente. ¿A quién le interesa encabezar un proceso así? Yo al menos no sé de nadie que esté disponible a un suicidio de ese tipo. Por otro lado, una introspección en serio dividiría a la Concertación inevitablemente: mirarnos a nosotros mismos implicaría tomar conciencia de que son muy pocas las cosas que nos unen. Y, lamentablemente, no todos los días sale un Miguel Otero o un José Piñera a recordarnos que Pinochet todavía vive.</p>
<p><strong>-Bueno, por eso andan tan perdidos. No saben qué hacer con Piñera, que puede darse el lujo de no vender Chilevisión sin que a nadie le importe mucho. Otra pregunta: ¿qué diablos entiendes entonces por pensar en el futuro?</strong></p>
<p><strong> </strong>-Es muy simple. Una vez que identificaste a los culpables, los condenaste y los excomulgaste, podemos mirar hacia adelante con más tranquilidad. Podemos construir un proyecto verdaderamente progresista, pero de verdad, sin tecnócratas.</p>
<p><strong>- Tu lógica binaria me supera.</strong></p>
<p><strong> </strong>-Je. La cuestión es que funcione. Las otras preguntas, para los filósofos.</p>
<p><strong>-Me quedan todavía algunas dudas. ¿Por qué meter a la Presidenta Bachelet en todo esto?</strong></p>
<p><strong> </strong>-Bueno, ahí quizás la anduve embarrando. Ocurre que es un poco inevitable, si Velasco al final no se mandaba solo.</p>
<p><strong>-No recuerdo haberte escuchado admitir un error. Felicitaciones.</strong></p>
<p><strong> </strong>- No, no fue un error. Nunca usé esa palabra.</p>
<p>-<strong>Prefiero evitar las discusiones semánticas contigo. Me interesa saber qué piensas hacer ahora.</strong></p>
<p><strong> </strong>-Nada. Dejar que las acusaciones hagan su trabajo, un trabajo tan silencioso como eficaz. Luego, podremos inclinarnos a la izquierda, pues Piñera no deja ningún espacio en el centro. Y hacer lo que la izquierda siempre hace cuando es oposición, en todo el mundo.</p>
<p><strong>-¿Pero es verdad que nunca llegaste ni con un papelito amarillo?</strong></p>
<p>-A veces dan ganas de llorar. ¡Desde cuándo la política se hace con papelitos amarillos! ¡Es gente que delira, que todo lo quiere convertir en un <em>paper</em>!</p>
<p><strong>-Pancho, una última pregunta. Voy a tratar de entrar en tu lógica, aunque no termino de entenderla. ¿Tú de verdad crees que el camino que propones puede llevar a la Concertación de vuelta a La Moneda?</strong></p>
<p>-Te confieso que no lo sé.</p>
<p><strong>-¿?</strong></p>
<p>-Lo único que sé es que hay que encontrar culpables. Es una condición indispensable para el futuro.</p>
<p><strong>-¿No te parece que la realidad es menos simple de lo que dices?</strong></p>
<p>-Desde luego. Nadie ha dicho que las cosas sean simples, la cuestión es que lo parezcan.</p>
<p><strong>-¿El reino de las apariencias?</strong></p>
<p>-El reino de la política.</p>
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		<title>La abdicación de los políticos</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Jun 2010 06:43:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tribunal Constitucional]]></category>

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		<description><![CDATA[Todo esto habla mal de la Concertación y habla mal de nuestro sistema. Habla mal del gobierno que defendió en el Tribunal la constitucionalidad del artículo 38. Habla mal de nuestros políticos que no supieron, en décadas, hacerse cargo del tema. Habla mal de los apóstoles del modelo, incapaces de admitir que la mirada neoliberal no siempre es la correcta ni la adecuada para resolver todos los problemas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En los próximos días, el Tribunal Constitucional debe tomar una decisión que afectará directamente la vida de miles de chilenos. En efecto, dicho tribunal se apresta a zanjar la eventual inconstitucionalidad del artículo 38 de la Ley de Isapres, que permite la existencia de tablas de riesgo para calcular el valor de las cotizaciones. Explicado en simple, el problema es más o menos así: para determinar el monto que los usuarios deben pagar todos los meses, las isapres utilizan tablas de factores de riesgo. Así, para acceder al mismo plan una mujer fértil debe pagar mucho más que un hombre de su misma edad. Los más perjudicados son quienes tienen más de 60 años, pues en la tercera edad los gastos de salud se multiplican y el factor de riesgo crece exponencialmente.</p>
<p>Este sistema, que a más de alguno podrá parecerle perverso, es perfectamente lógico desde el punto de vista económico: si usted presenta un “riesgo” alto, tendrá que pagar más por su plan de salud. Si usted corre el “riesgo” de quedar embarazada, si usted corre el “riesgo” de enfermarse mucho, entonces o bien paga, o bien se va. En ese sentido, resulta un poco ingenuo quejarse de las isapres: ellas simplemente hacen su negocio. No es de extrañar entonces que defiendan el artículo 38 con uñas y dientes, anunciando una hecatombe si acaso el  fallo no les fuera favorable.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Habrá que buscar una fórmula para evitar un  éxodo masivo a Fonasa, pues el Estado no está en condiciones de absorber  algo así.</blockquote></div>
<p>Lo realmente llamativo es que este tema no haya sido puesto en la agenda por los políticos, sino por el Tribunal Constitucional. Éste último, luego de tratar algunos casos particulares, decidió resolver el fondo de la cuestión por oficio, esto es, por iniciativa propia. La pregunta que cae de cajón es: ¿por qué una cuestión tan sensible, y que afecta directamente la vida de miles y miles de chilenos, no fue asumida por quienes dicen representarnos?, ¿por qué son jueces los que van a terminar resolviendo este tipo de situaciones? Todo esto es aún más extraño si consideramos que el Tribunal acumula ya varios fallos que habían dejado claro que acá había un problema, y los políticos miraron al techo. Aclaro que no tengo nada contra los jueces. Ellos no han hecho más que hacerse cargo del silencio del poder político en la materia. Es una suerte de abdicación de la política o, si se quiere, de un fracaso de los políticos: ante su negligencia, los jueces han terminado asumiendo un rol que no quisieran, pero al que están obligados.</p>
<p>Los síntomas son preocupantes. Es obvio que este tipo de conflictos no debería resolverse en sede judicial. Pero el problema no reside tanto allí cuanto en la incapacidad de nuestra clase política de haber asumido antes el tema. Lo mínimo que cabía esperar, después de veinte años con la centro-izquierda en el poder, era la introducción de dosis de justicia social en el sistema de isapres. Es cierto que algo se hizo, pero fue a todas luces insuficiente. No es justo que sólo la mujer “pague” por su fertilidad, pues es una cuestión que involucra a toda la sociedad. Lo mismo ocurre con los ancianos y con los niños en sus primeros años de edad. Este es el típico caso en el que la aplicación del liberalismo económico puro y duro termina siendo insuficiente, porque es incapaz de dar cuenta de fenómenos que no son puramente individuales y que, por tanto, merecen una mirada distinta.</p>
<p>Todo esto habla mal de la Concertación y habla mal de nuestro sistema. Habla mal del gobierno que defendió en el Tribunal la constitucionalidad del artículo 38. Habla mal de nuestros políticos que no supieron, en décadas, hacerse cargo del tema. Habla mal de los apóstoles del modelo, incapaces de admitir que la mirada neoliberal no siempre es la correcta ni la adecuada para resolver todos los problemas. En suma, fuera de los jueces, nadie queda muy bien parado.</p>
<p>Las isapres por su parte profetizan el apocalipsis si el artículo es declarado inconstitucional. Supongo que están en su derecho, pero cuando escucho ese tipo de argumentaciones no puedo dejar de recordar algunas observaciones de Marx. Los economistas burgueses del siglo XIX, anotaba Marx, predecían un desastre para la industria inglesa si se aprobaba la ley que impedía jornadas laborales que excedieran las diez horas. Por cierto, la ley se aprobó y la industria inglesa siguió siendo tan próspera como antes. Triunfó el principio, concluía Marx: grados mínimos de justicia social no son necesariamente incompatibles con la prosperidad económica.</p>
<p>Como sea, es evidente que, con independencia del fallo final, el sistema tendrá que ser repensado a partir de lo ocurrido. Habrá que buscar una fórmula para evitar un éxodo masivo a Fonasa, pues el Estado no está en condiciones de absorber algo así. Habrá que dar al mismo tiempo con una salida más o menos equilibrada que no perjudique demasiado a los usuarios. Pero está claro que, en esta materia, las cosas no volverán a ser como antes. Y esa buena noticia no se la debemos a los políticos, sino a los jueces. Vaya lección.<strong></strong></p>
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		<title>El piñerismo</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 06:42:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Concertación]]></category>
		<category><![CDATA[Derecha]]></category>
		<category><![CDATA[discurso 21 de mayo]]></category>
		<category><![CDATA[Piñerismo]]></category>
		<category><![CDATA[Sarkozy]]></category>

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		<description><![CDATA[Ni necesitamos ni queremos populismo de derecha. Por otro lado, son tantos los flancos abiertos que una última pregunta queda inevitablemente en el aire: ¿es posible que un gobierno de cuatro años pueda hacerse cargo de tantas cosas a la vez?, ¿no sería mejor privilegiar dos o tres temas centrales y focalizar allí las energías antes de dispersarse en muchos frentes distintos?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por varios motivos, el discurso del 21 de mayo estuvo rodeado de mucha expectativa. Y no tenía nada de raro ya que, después de un inicio accidentado, se esperaba que Sebastián Piñera diera definiciones claras sobre el rumbo que tomará su gobierno en los meses y años por venir. Recordemos además que su campaña tampoco había dado señales demasiado nítidas. Pues bien, el pasado viernes el primer mandatario mostró un rumbo. A algunos podrá gustarle más que a otros, pero al menos ya sabemos más o menos de qué se trata esto: los contornos del piñerismo comienzan a delinearse. Un poco tarde, es verdad, pero más vale tarde que nunca.</p>
<p>El discurso tuvo un primer mérito de hacernos sentir con claridad y con sentido de la urgencia cuánto nos falta por hacer y por avanzar. El Presidente supo manejar ese efecto con destreza, algo así como: &#8220;muchachos, la siesta se acabó, es hora de ponerse a trabajar duro&#8221;. Es cierto que la épica del discurso es más bien limitada, y también es cierto que la retórica de Piñera no será recordada en los próximos siglos. Pero convengamos que ni Eduardo Frei ni Michelle Bachelet eran grandes oradores, y en la comparación con Ricardo Lagos cualquiera sale mal parado. Además, Piñera no tiene ningún interés en salir a jugar en una cancha que no le es favorable, pues sabe que allí tiene mucho que perder y poco que ganar. Prefiere elegir el terreno que más le acomoda, y desplegar allí sus habilidades. Por eso el acento en la gestión y los números, en las metas y las estadísticas. Allí se siente bien, y allí es donde cree que puede estar su aporte. No es Pericles, qué duda cabe, pero no es imposible que el Estado chileno necesite con urgencia algunas dosis de piñerismo.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Una apertura muy marcada a las ideas del adversario puede resultar  contraproducente, pues se corre el riesgo de perder al electorado duro  sin necesariamente ganar al del frente.</blockquote></div>
<p>En ese sentido, un segundo mérito del discurso fue la conciencia de las propias fortalezas y debilidades. Por eso resultaron tan equivocadas aquellas proyecciones según las cuales Piñera buscaría refundar la derecha y mover las placas tectónicas. Eso es no conocer al personaje. A Piñera le interesa hacer un buen gobierno, y las refundaciones ideológicas simplemente no son lo suyo, al menos no de un modo tan explícito. Así también se explica la bullada ausencia de propuestas sobre la convivencia de personas del mismo sexo. Para Piñera no tenía ningún sentido introducir un tema altamente conflictivo al interior de su propia coalición, sobre todo si recordamos que nunca fue especialmente partidario de la moción Allamand-Chadwick, por más que Carlos Peña quiera hacernos creer lo contrario. Además, desde el punto de vista de la eficiencia, tampoco tenía sentido gastar energías allí, habiendo tantas otras tareas por sacar adelante. Los costos eran evidentemente mayores a los beneficios, y uno no puede sino preguntarse cómo y por qué se filtró ese tema en los días que precedieron el discurso.</p>
<p>Por su parte, la Concertación quedó aún más desorientada de lo que ya estaba, si cabe. Primero, criticó a Piñera por plantear metas que van más allá de su período, sin considerar que los países se construyen con miradas de largo plazo, y no es culpa de Piñera si el período presidencial fue rebajado a cuatro años. Luego, se enredó en una discusión infantil sobre si las ideas eran de ellos o de nosotros, como si la autoría intelectual tuviera alguna relevancia en política. En el fondo, la Concertación quedó descolocada porque Piñera supo moverse en registros semánticos tradicionalmente ajenos a la derecha: en esto, Piñera ha mostrado ser un buen alumno de Sarkozy. Tiene habilidad para desconcertar y libertad para moverse con soltura, y ése fue otro mérito del discurso. Y no es que se esté moviendo a la izquierda: está jugando para ganar tiempo y espacio. Está acumulando capital político.</p>
<p>Ahora bien, como toda estrategia, el camino elegido también tiene sus riesgos, y la evolución del presidente francés bien puede servir para ilustrarlos. Por un lado, una apertura muy marcada a las ideas del adversario puede resultar contraproducente, pues se corre el riesgo de perder al electorado duro sin necesariamente ganar al del frente; por eso, más vale utilizarla con prudencia para no desdibujarse. También hay una enorme interrogante en lo referido al financiamiento: no es seguro que el estado actual de la economía chilena se corresponda con todos los desafíos planteados, más aún considerando que el escenario global es particularmente difícil. Y, por cierto, ni necesitamos ni queremos populismo de derecha. Por otro lado, son tantos los flancos abiertos que una última pregunta queda inevitablemente en el aire: ¿es posible que un gobierno de cuatro años pueda hacerse cargo de tantas cosas a la vez?, ¿no sería mejor privilegiar dos o tres temas centrales y focalizar allí las energías antes de dispersarse en muchos frentes distintos? El ejemplo de Sarkozy no es muy alentador: de tanto querer reformar, el mandatario francés se quedó sin recursos políticos en la mitad de su período. Piñera parece convencido de que se puede caminar y mascar chicle a la vez, pero tendrá que mostrar con hechos que no se trata de puro voluntarismo que da vueltas en banda. La vara para medir a Piñera será especialmente exigente porque él lo quiso así, y tendremos que cobrarle la cuenta.</p>
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		<title>El video de Michelle</title>
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		<pubDate>Fri, 14 May 2010 07:33:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al descubrir la solemnidad del poder, Bachelet le quitó una de sus atributos indispensables. Al rebajarlo, dejó de existir. Al despojarlo del misterio que le es propio, perdió su efectividad. Así, cuando necesitó usar ese poder, se dio cuenta que ya no lo tenía, que ya nadie le respondía.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El <a href="http://www.elmostrador.cl/multimedia/2010/05/06/video-de-onemi-muestra-descoordinacion-tras-terremoto/">video</a> que muestra lo ocurrido en la Onemi la madrugada del 27 de febrero es revelador por muchos motivos. Por de pronto, es posible apreciar en toda su crudeza la inmensa precariedad del Estado chileno, completamente incapaz de enfrentar una emergencia de ese tipo. También es llamativa una especie de indolencia de algunas autoridades: como que están allí, pero al mismo tiempo están ausentes. Y desde luego, por si alguien tenía alguna duda, queda claro que esa mañana nada funcionó como debía.</p>
<p>Ahora bien, es obvio que se trataba de un momento particularmente difícil, lo que explica muchas cosas. No obstante, también es cierto que los momentos de crisis son muy decidores respecto del verdadero carácter y hechura de quienes están al mando, pues ponen a prueba sus aptitudes y dotes de liderazgo. Así como los tiempos normales requieren condiciones más bien rutinarias, una crisis es mucho más exigente. Desde esa perspectiva, lo que puede verse en la grabación no es del todo alentador.</p>
<p>En efecto, la actitud de las autoridades fue, por decir lo menos, un poco desconcertante. Y aunque se ha escrito y dicho mucho sobre esto —algunas cosas sensatas y otras delirantes—, me interesa poner el acento en dos aspectos. Por un lado, el video deja en evidencia algo que Michelle Bachelet modificó profundamente, y cuyas consecuencias aún no alcanzamos a ver, algo que guarda relación con los ritos del poder. La mandataria instauró en su gobierno una manera horizontal de hacer las cosas, donde la afectividad tiende a primar sobre lo racional y la calidez humana sobre la relación vertical. Y si bien es innegable que dicha estrategia fue muy exitosa desde el punto de vista de su popularidad, llegados a este punto uno tiene derecho a formular otro tipo de preguntas.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Hay una asombrosa carencia de determinación, de tomar decisiones aún cuando la información sea muy insuficiente. Caídos los sistemas, caída también la capacidad de actuar.</blockquote></div>
<p>Preguntas que tienen que ver con los efectos de su estilo en el legítimo ejercicio de la autoridad, o con el grado de efectividad de sus prácticas políticas. Y la verdad es que las respuestas son tan obvias como políticamente incorrectas: en un momento particularmente grave, la voz de la Presidenta era simplemente inaudible en sus propios subordinados. Nadie la escuchaba ni le obedecía. Cuando pide la presencia de un funcionario de la Armada, se le responde que no serviría de nada. Cuando pide un helicóptero, recibe respuestas cantinflescas. Cuando solicita información un poco más detallada o explicaciones más precisas, el público mira al techo. Todo esto sería gracioso si no fuera trágico, pero a ratos, más que Presidenta de la república, Michelle Bachelet parece funcionaria media de la Onemi. Y la razón es sencilla: Michelle Bachelet desacralizó al poder.</p>
<p>Al ponerse en situación de igualdad, mascando chicle, terminó exponiendo su propia investidura. Un Presidente debe imponerse por presencia, un Presidente no necesita pedir diez veces lo mismo. Uno que otro despistado ha atribuido el fenómeno al machismo, pero se trata de algo muy distinto. Al descubrir la solemnidad del poder, Bachelet le quitó una de sus atributos indispensables. Al rebajarlo, dejó de existir. Al despojarlo del misterio que le es propio, perdió su efectividad. Así, cuando necesitó usar ese poder, se dio cuenta que ya no lo tenía, que ya nadie le respondía. Supongo que esto servirá para tomarse más en serio los símbolos republicanos, que están lejos de ser meras formalidades sin sentido profundo.</p>
<p>Un segundo aspecto digno de notar es esa suerte de desidia que parece haberse alojado en ciertas autoridades esa madrugada. En un momento crítico, están idos, un poco como si el problema les fuera ajeno. Están cumpliendo una obligación, pero no tienen mucha disposición para resolver problemas. Es cierto que no hay información, que nadie da respuestas serias y que todo falló. Pero lo propio de las crisis es, precisamente, que los sistemas fallan y que no por eso hay que dejar de enfrentar la situación. Sin embargo aquel día todos esperaban que los sistemas se restablecieran y, por mientras, nadie hacía demasiados esfuerzos. Y este hecho es bien sintomático de un fenómeno propio de nuestra modernidad: tenemos una confianza ciega en los sistemas, en los procedimientos y en los procesos anónimos. Si fallan no sabemos qué hacer ni cómo reaccionar: nos sentimos ciegos y desnudos. Y aunque todo esto es, hasta cierto punto natural, tiene al mismo tiempo una dimensión preocupante: si algo no funciona como esperamos, no nos atrevemos a tomar decisiones. Y en el fondo eso quiere decir que somos incapaces de tomarlas, pues esperamos que los “sistemas” nos ahorren ese desagradable trabajo. De este modo, eludimos las responsabilidades, pues los responsables pasan a ser estructuras anónimas.</p>
<p>Dicho de otro modo, el video muestra que nuestra política padece de un síndrome grave: la ausencia de acción política, entendida ésta en su sentido original. Hay una asombrosa carencia de determinación, de tomar decisiones aún cuando la información sea muy insuficiente. Caídos los sistemas, caída también la capacidad de actuar. La incómoda conclusión es que ya no somos gobernados tanto por personas como por “procesos”, que desde luego no tienen ni nombre ni rostro. De ahí la indolencia: todos pasean, comentan y hasta se dan el tiempo para hacer chistes. Están preocupados, sí, pero ni tanto: el problema no es tanto de ellos como del sistema que se cayó. Hay una suerte de renuncia, de abdicación de aquello que da lugar a la política, que es la acción humana, el hacerse cargo del propio destino. Es una renuncia a la política de parte de los propios políticos.</p>
<p>El terremoto fue, en definitiva, el agotamiento de cierto estilo que demostró ser completamente inoperante en momentos de crisis, que es cuando más necesitamos una autoridad efectiva. Por cierto, las explicaciones posteriores de Michelle Bachelet están lejos de despejar las dudas. Al mostrar una capacidad de autocrítica cercana a cero, la ex mandataria no entiende que los chilenos esperamos de ella una reflexión un poco más profunda sobre lo ocurrido. Es, creo, lo mínimo que se merecen las víctimas.</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Problemas de convivencia</title>
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		<pubDate>Thu, 06 May 2010 06:43:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel Mansuy</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La tentación de la UDI es tan suicida como predecible y bien podría formularse del modo siguiente: o al gobierno le va bien con nosotros, o nos encargaremos personalmente de que le vaya mal. Es cierto que la amenaza no es muy elegante, pero qué diablos, las cosas no están para sutilezas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No es ningún misterio que, hoy por hoy, la oposición al gobierno de Sebastián Piñera no está tanto en la  Concertación como al interior de la propia coalición oficialista. A falta de algo mejor, la UDI parece  dispuesta a jugar el papel de oposición, mientras la centro-izquierda se enreda buscando explicaciones y culpables. Así, los gremialistas no pierden oportunidad de manifestar sus desacuerdos y su malestar de las más diversas maneras. Lo que partió siendo una curiosidad, empieza a transformarse en parte del paisaje.</p>
<p>A veces se trata de desacuerdos más o menos profundos, pero en muchas otras ocasiones se trata simplemente del disgusto propio del adolescente que no se siente suficientemente escuchado ni tomado en cuenta. Y aunque todo esto tiene bastante de anecdótico —después de todo, es inevitable que el poder genere ciertas tensiones— se equivocaría quien pensara que la situación no implica riesgos graves para el gobierno y para la UDI.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Al final del día, el dilema es menos complicado de lo  que parece: o aprenden a convivir u optan por esa vieja costumbre de la  derecha chilena llamada antropofagia.</blockquote></div>
<p>El problema tiene una doble dimensión. Por un lado, Piñera no tiene mucha afinidad histórica con la UDI, y si ésta se vio obligada a apoyarlo fue más por la fuerza de las circunstancias que por una convicción profunda. El primer mandatario se sentiría mucho más cómodo gobernando con la DC y, en consecuencia, tiende a marginalizar al gremialismo del centro del poder y de las decisiones. Un poco por lo mismo, Piñera decidió gobernar con plena independencia de los partidos y, en las actuales circunstancias, nadie se engaña con el verdadero significado de dicho principio: gobernar con independencia de la UDI.</p>
<p>Es posible que tenga muy buenas razones para ello, pero sería necio olvidar los peligros que conlleva la decisión. En ese sentido, es obvio que al gobierno le falta una interlocución más fluida con los partidos, que permitiría limar asperezas y tratar los temas complicados de modo privado antes que puedan convertirse en discusiones públicas. De no cuidar bien este flanco, la UDI bien podría estropearle buena parte de su gestión al presidente Piñera, pues cuenta con los medios y las ganas para hacerlo.</p>
<p>Por otro lado, la UDI no responde con demasiada prudencia a la situación. Puestos en la encrucijada de resolver las diferencias de modo interno o transformarlo todo en gallito público, ha elegido casi siempre lo segundo. Lo que partió en voz baja empieza a transformarse en hábito, y no se ve mucho ánimo de bajar el tono. En el fondo, la tentación de la  UDI es tan suicida como predecible y bien podría formularse del modo siguiente: o al gobierno le va bien con nosotros, o nos encargaremos personalmente de que le vaya mal. Es cierto que la amenaza no es muy elegante, pero qué diablos, las cosas no están para sutilezas.</p>
<p>Además, por más esfuerzos que haga, Juan Antonio Coloma no tiene el control de la situación, pues la cuestión ni siquiera pasa por quien encabece la colectividad. Como sea, la UDI debería tomarle el peso a la responsabilidad que importa ser partido de gobierno, que no tiene nada que ver con estar en la oposición. Hay un proceso de reflexión y maduración que se echa en falta.</p>
<p>Por cierto, estas tensiones se ven agravadas por un hecho indesmentible: esa especie de constante activismo improvisado que va llenando día a día la agenda del gobierno. Así, un día se busca a un director para La Nación, al día siguiente se afirma que no se vende, y luego que quizás sí se vende. En el proyecto de reconstrucción, el presidente esperó hasta último minuto para tomar una decisión respecto de algunos contenidos polémicos. Estos titubeos abren demasiado espacio para los gallitos y las pruebas de fuerza que terminan generando un ruido innecesario.</p>
<p>Dicho de otro modo: cuando no hay orientación clara, cuando todo se improvisa, el más mínimo detalle puede transformarse en guerra mundial, pues al final las decisiones parecen depender más de una decisión personal del presidente que de un programa, y es exactamente lo que ocurre en el caso de La  Nación. La falta de agenda bien definida es la razón por la cual, de un tiempo a esta parte, cada decisión es objeto de una discusión traumática, en la que las partes parecen poner su propia dignidad arriba de la mesa para saber quién le dobla la mano a quién.</p>
<p>Considerando que la oposición padece una desorientación que podría durar meses, o quizás años, todo esto se parece mucho a un autogol. Ambas partes deben entender que se necesitan mutuamente. Ni la UDI obtendrá réditos con una constante actitud plañidera, ni Piñera podrá hacer el gobierno que quiere si sus socios viven crispados. Al final del día, el dilema es menos complicado de lo que parece: o aprenden a convivir u optan por esa vieja costumbre de la derecha chilena llamada antropofagia.</p>
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