La descontinuación de programas del Ministerio del Medio Ambiente no es una medida aislada, sino parte de una estrategia más amplia impulsada por el Ministerio de Hacienda, encabezado por el ministro Jorge Quiroz. Así lo establece la circular de formulación presupuestaria 2027, que instruye un cambio de paradigma en la gestión del gasto público, orientado a reducir programas y ajustar el tamaño del Estado .
En ese marco, el informe técnico propone eliminar cinco programas ambientales que operan en la base de la gestión territorial: conservación de especies, protección de humedales, recuperación de suelos contaminados, educación ambiental escolar y fiscalización de ruidos. El ajuste no apunta a grandes regulaciones, sino a la “infraestructura blanda” del sistema ambiental: prevención, monitoreo y trabajo comunitario.
Menos programas, más presión sobre ecosistemas
El impacto ambiental de estos recortes es directo. La eliminación del programa de conservación de humedales, por ejemplo, ocurre en un contexto donde estos ecosistemas están bajo presión urbana e inmobiliaria. Sin esta herramienta, el Estado pierde capacidad para anticipar conflictos y resguardar funciones críticas como la regulación hídrica o la mitigación de eventos extremos.
Lo mismo ocurre con la recuperación de suelos contaminados, una línea clave en territorios marcados por pasivos ambientales. Su eliminación no solo retrasa procesos de remediación, sino que prolonga la exposición de comunidades a riesgos sanitarios.
Educación y fiscalización: los recortes invisibles
El ajuste también alcanza al Sistema Nacional de Certificación Ambiental de Escuelas (SNCAE), uno de los principales instrumentos de educación ambiental en el país. Aunque su presupuesto es bajo, su impacto es estructural: forma cultura ambiental en comunidades educativas y territorios. Su eliminación debilita la base social que sostiene políticas climáticas de largo plazo.
A esto se suma el término del programa de fiscalización de ruidos con municipios, una herramienta directa para abordar contaminación acústica en ciudades. Su eliminación transfiere presión a gobiernos locales, reduciendo la capacidad de respuesta en conflictos cotidianos.
La lógica del ajuste: dónde se recorta
El documento de Hacienda es explícito en su diagnóstico: tras años de expansión del gasto, se busca reordenar prioridades, contener el gasto corriente y focalizar recursos en funciones esenciales del Estado . En la práctica, esto se traduce en la eliminación de programas considerados prescindibles o de menor impacto fiscal.
Pero en el caso ambiental, esa lógica tiene un efecto específico: el ajuste se concentra en áreas preventivas y territoriales, no en grandes estructuras regulatorias. Es decir, se reduce la capacidad del Estado para intervenir antes de que los conflictos ocurran.
Tensión con la agenda de crecimiento
Estos recortes se producen en paralelo a una agenda económica que busca acelerar la inversión y reducir barreras regulatorias. El resultado es una tensión evidente: mientras se promueve dinamismo económico, se debilitan herramientas que permiten gestionar sus impactos ambientales.
El efecto es un cambio de equilibrio. Menos Estado en la gestión ambiental local, en un contexto donde la presión sobre ecosistemas —y sobre comunidades— sigue en aumento.
Las consecuencias
Aunque los montos involucrados no son de los mas cuantiosos en términos presupuestarios, su impacto es calificado como desproporcionado. En política ambiental, donde gran parte del trabajo ocurre en escalas locales y preventivas, estos programas cumplen un rol clave.
La señal política, entonces, va más allá del ahorro fiscal. Apunta a redefinir qué tipo de Estado ambiental se construye: uno centrado en grandes decisiones regulatorias, pero con menor presencia en los territorios donde esos impactos se viven día a día.