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	<title>El Mostrador &#187; Juan Guillermo Tejeda</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>La doctrina sexual de la Iglesia y la humanidad extraviada</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 06:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[Curas y obispos chilenos han trabajado mucho para que haya discriminación. Han separado a los que se van a ir al cielo de los que se van a ir al infierno, a las damas decentes de las putas, a los justos de los fornicadores, a los normales de los desviados, a las familias sacramentadas de aquellas otras quizá más reales, pero sin bendición, incluso a los hijos reconocidos de los bastardos. Han humillado y culpabilizado injustamente a medio mundo. Sin formar familia, han dictado cátedra acerca de la familia. Sin conocer correctamente el placer, han pontificado sobre el deseo, el apetito y la sensualidad. 
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Quienes hemos sido educados en un ambiente cultural católico, creamos o no espontáneamente lo que nos han dicho desde siempre acerca del paraíso, el cielo, el infierno, la creación del mundo, las tres personas distintas, el demonio, la crucifixión, los apóstoles y santos, el pecado, la penitencia o la vida eterna, tenemos sin duda la convicción de que para los curas y obispos la sexualidad es siempre algo malo y los deseos eróticos de cualquier naturaleza, un peligro. Es más, de esa actitud de negación de la realidad y de rechazo a la vida han hecho una doctrina. Doctrina que, hemos visto, predican mucho, pero practican poco. Ello no les impide continuar, sin ponerse colorados, en su cruzada en contra de todo aquello que se relacione con el amor, la atracción, el deseo, los cuerpos y la procreación de la especie.</p>
<p>Muchos de nosotros hemos creído en un poder sobrenatural. Tratábamos a veces de ser caritativos. Nos impresionaba a algunos, quizá, el poder eclesiástico, su influencia en el curso de la historia. Pero al llegar la edad del amor nos enfrentamos a esa tenaz barrera católica en contra de lo que naturalmente sentíamos. Desde entonces hemos tenido la certeza, creyentes o no, de que se nos ha presionado, no sólo religiosamente sino también legal y sistémicamente, para que vivamos de acuerdo no a lo que somos sino a la absurda doctrina sexual de la Iglesia. El recuento de las últimas décadas es deprimente.</p>
<p>Cuando aún predicaban los curas con estola desde un púlpito, de aquellos intensamente decorados que quedaban como a tres metros de alto junto a una columna de la iglesia, y se subía por una escalera como de caracol, escuchábamos sin entender bien aquella voz desde lo alto diciéndonos algo amenazante acerca de la concupiscencia de la carne, y a nuestros cortos años nos imaginábamos quizá un filete o un asado chamuscados con olor a infierno, y todo eso era pecado y estaba muy mal.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote>  Luego, durante el anterior Papa, mientras muchos curas y obispos se dejaban arrastrar por la pedofilia, el pontífice bramaba en contra del aborto. Mujeres violadas, fetos malformados, para la jerarquía ha sido siempre un poco igual, porque ese drama es además un asunto de mujeres. Los obispos saben mucho de aquello que no saben nada, e insisten en que las leyes se adapten a sus fantasías castradoras en lugar de adaptarse ellos a las leyes. Tanto los obispos y curas gay como los no gay se han manifestado siempre en contra de la homosexualidad.</blockquote></div>
<p>En los años 60’ Monseñor Emilio Tagle Covarrubias, un obispo de rostro ascético, prohibió a las muchachas católicas entrar a la iglesia enseñando los hombros, o ir a la playa en bikini. En Reñaca igual no le hicieron mucho caso.</p>
<p>El sexo prematrimonial era algo que, de practicarse —estamos hablando de los años 60 o 70, hoy el tema es ridículo— condenaba socialmente a los jóvenes de clase media o alta, que del resto no se preocupaban mucho. Pero se practicaba, aunque con mucha culpa y mucho sufrimiento posterior. La masturbación, esa natural burocracia de los cuerpos, daba paso a confesiones penosas, en las que los curas agazapados en la penumbra del confesionario en las iglesias y en los colegios religiosos querían saber detalles, cuántas veces, haciendo qué, solos o acompañados. Quien no se confesaba a tiempo, nos advertían, podía morir súbitamente en un accidente o enfermedad y condenarse por los siglos de los siglos a las llamas devoradoras del infierno. Todo por ir a tocarse lo que es de uno.</p>
<p>El divorcio o siquiera la separación de los padres convertía a los hijos en culpables y en apóstoles de la reunificación familiar. En mi caso opté por pasar a la clandestinidad el fracaso matrimonial de mis padres, nadie sabía nada al respecto, y dejé de invitar compañeros de curso a la casa para que en el colegio, de curas por supuesto, no se dieran cuenta. Vi como una de mis tías, encantadora ella, que se había casado en segundas nupcias, quedó excomulgada, y la dejaban entrar a la iglesia, pero no comulgar.</p>
<p>Para qué decir el amor libre que vino de la mano de mayo del 68&#8242; con sus melenas y sus muchachas sin sostén, o el sexo grupal, o la homosexualidad, o las revistas picaronas, o el Playboy, o directamente la pornografía. Hacer el amor, variar el amor, experimentar el amor, pensar en el amor, representar el amor, cualquier cosa llevaba al infierno. Todo esto se dice fácil, pero se trata de una represión genital y corporal estratégicamente planificada, detallista, cotidiana, ejercida mediante culpas y amenazas a lo largo de décadas sobre millones de seres humanos de distintas edades, es decir una auténtica invasión en la privacidad y en la identidad personal, una alteración a escala macro de los espontáneos usos sociales y familiares, un campo de concentración abierto donde se han estropeado y torcido tantas cosas.</p>
<p>Luego, durante el anterior Papa, mientras muchos curas y obispos se dejaban arrastrar por la pedofilia, el pontífice bramaba en contra del aborto. Mujeres violadas, fetos malformados, para la jerarquía ha sido siempre un poco igual, porque ese drama es además un asunto de mujeres. Los obispos saben mucho de aquello que no saben nada, e insisten en que las leyes se adapten a sus fantasías castradoras en lugar de adaptarse ellos a las leyes. Tanto los obispos y curas gay como los no gay se han manifestado siempre en contra de la homosexualidad. Si dos seres del mismo sexo se gustan, se quieren se acarician, desean estar juntos&#8230; ¿cuál es el atado? Pero no, hay que hacer lo posible para disuadirlos, para perseguirlos, para arruinarles la vida.</p>
<p>Durante el apogeo del sida, en los ochenta, estuvieron cerradamente en una cruzada en contra del condón, contribuyendo activamente a propagar la atroz enfermedad entre la gente. Un trozo de plástico tenía para ellos implicaciones teológicas, y recuerdo a más de un obispo dando largas explicaciones sobre el sexo anal con y sin preservativo. Iban a los canales de televisión a impedir que se pasaran los anuncios en los que se alertaba e informaba a la población. Y yo pensaba: ¿qué tienen que ver estas cosas con la vida sobrenatural, o con los asuntos de la perfección espiritual? ¿Qué sentido tiene tanta crueldad y desconsideración? ¿Para qué condenar a miles o millones de personas al contagio por cumplir con una idea abstracta?</p>
<p>Los curas y monjas han hecho de la castidad una virtud, entendiendo que las renuncias son de por sí buenas. Yo más bien creo en que asumir cada cual sus desafíos y vivir la vida en plenitud es siempre más virtuoso que restarse, pero bueno, cada cual con lo suyo. Como ocurre con las dietas o los ayunos, lo virtuoso de las renuncias sexuales dependerá en cada caso de la persona en cuestión, de sus hábitos, propósitos y estilo de vida. Las dietas están ahora de moda, y hay veganos por convicción, otros que tratan de adelgazar, o que prefieren las ingestas de estilo oriental. Que cada cual de alimente como le parezca, y que cada quien desarrolle su genitalidad como sensatamente le sea posible, como lo dejen los demás, que es el erotismo una actividad, como se ha dicho jocosamente a veces, donde se conoce gente. Imponer la castidad a los jóvenes que quieren amar, conocerse, intercambiar fluidos y experiencias, es sencillamente un despropósito.</p>
<p>Le cobran ahora al Papa, con razón, el haber ocultado o silenciado los abusos de los curas católicos durante tanto tiempo. Hay que cobrarle adicional y contradictoriamente la sorda e infinita represión sexual, el silencio erótico, las privaciones, culpabilizaciones y censuras a que han sometido el libre arbitrio de los cuerpos de hombres y mujeres, de jóvenes y viejos, ese infinito abuso castrador. Y su insistencia en seguir, hasta el día de hoy, por esa vía ciega.</p>
<p>Curas y obispos chilenos han trabajado mucho para que haya discriminación. Promotores de la desigualdad, han separado a los que se van a ir al cielo de los que se van a ir al infierno, a las damas decentes de las putas, a los justos de los fornicadores, a los normales de los desviados, a las familias sacramentadas de aquellas otras quizá más reales, pero sin bendición, incluso a los hijos reconocidos de los bastardos. ¡Qué vergüenza! Han humillado y culpabilizado injustamente a medio mundo. Sin formar familia, han dictado cátedra acerca de la familia. Sin conocer correctamente el placer, han pontificado sobre el deseo, el apetito y la sensualidad, no con la finalidad de darles curso y dejar a la gente que conviva en libertad, sino, por el contrario, para sofocar, prohibir, avergonzar, culpar, humillar, discriminar, amenazar.</p>
<p>Para los clásicos griegos y latinos en el origen del mundo están el Caos, la Tierra y Eros, y cada creación de algo es resultado de un acoplamiento amoroso. En los textos bíblicos, en cambio, la vida terrenal es una especie de castigo, y si así no lo sintiéramos entonces se ocupan los curas de organizar en la tierra el infierno, y si no es posible, al menos un purgatorio. En una época ayunaban y se laceraban el cuerpo, o quemaban vivas a las personas, o encarcelaban o expulsaban a los no creyentes, a los pecadores, a los herejes. Durante la colonización de América evangelizaron forzadamente a los pueblos originarios, sometiéndolos a los tratos más atroces si persistían en ser fieles a sus propios dioses. Luego se dedicaron mucho a prohibir y quemar libros, o a combatir y excomulgar a los científicos. En Chile han estado a la cabeza de los colegios y universidades más discriminatorios. Educacionalmente —se ha dicho poco y sería muy provechoso sacar cuentas— son uno de los factores relevantes de las inequidades del sistema, e históricamente han militado en contra de la educación pública. Y se amparan en alianzas políticas, en concertaciones, en movimientos estudiantiles, en cosas. Uf.</p>
<p>¿Por qué son así? ¿Por qué la legítima esperanza de que haya un orden en el universo, un software cósmico, o de que la vida después de la vida se transforme en otra cosa debe ir de la mano de estas actitudes represivas respecto de lo mejor de la naturaleza humana, su capacidad de amar, de disfrutar, de engendrar? Algunos le echan la culpa a las jerarquías que se habrían tentado con los goces del poder, otros creen que es algo consustancial.</p>
<p>Señala Michel Onfray con su estilo un poco panfletario que el cristianismo pertenece a este tipo de religiones que odian la razón y la inteligencia, odian la libertad, odian a todos los libros en nombre de uno solo, odian la vida, odian la sexualidad, las mujeres y el placer, odian lo femenino, odian al cuerpo, los deseos y pulsiones. Un ramillete de odios envueltos en una sosegada retórica de amor. En el breve recuento que hemos hecho del comportamiento de los curas en estas cosas se ve que nos han entregado, en verdad, muy poco amor.</p>
<p>No se trata de ser o no ser religiosos, o de creer o no creer. Que cada cual crea en lo que le sea natural creer, faltaría más. Si hay vida después de esta vida no lo sabemos. En qué consiste el software profundo del universo, es algo a meditar. El espíritu tiene sus caminos, sus sensibilidades. Lo que cuesta entender es por qué es preciso para nuestros religiosos ligar estrechamente estos asuntos misteriosos a la represión activa y obligatoria de los afectos, de la risa, del placer, del goce, del erotismo, de la diversidad humana, de la espontaneidad, de la libertad, de lo que auténticamente sentimos. No es que uno critique a los creyentes, sino a un modo intolerante y destructivo de creer, a una doctrina que habla de la vida pero la desconoce, que predica la virtud pero no la practica, y que a menudo olvida a las personas de carne y hueso, a lo que humanamente somos y queremos ser.</p>
<p>Da un poco de nerviosismo escribir así, pero al mismo tiempo es absurdo tragarse en silencio tanta amargura religiosa, tanto desvarío. No parece una buena idea pasar de la glorificación de la Iglesia a su radical condena y desprestigio. Nada es tan simple, las cosas jamás son en blanco y negro. Pero sí es verdad que en los asuntos del cuerpo y su dignidad la tribu católica tiene una larga deuda con todos nosotros,</p>
<p>Uno no es nadie para dar consejos, pero quizá harían bien los curas y obispos, antes de seguir pontificando sobre sexualidad, en analizar su propia confusa situación. No sería raro que si los dejaran enamorarse un poco, seducir, retozar, casarse y tener hijos —que tampoco está ahí toda la felicidad, nada en la vida es tan sencillo— recuperarían quizá parte de su humanidad extraviada.</p>
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		<title>Fidel Educativo</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 12:49:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Posteos del Día]]></category>

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		<description><![CDATA[Fidel piensa lo mismo que la derecha católica más derechista y más católica, es una ética idealista la suya, antihumanista, pesimista, que conduce a los regímenes de fuerza. La educación como una cárcel correccional para combatir mediante la disciplina la naturaleza perversa de las personas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ha dicho Fidel Castro en un acto en el trancurso del cual destacó, además, a nuestra Camila Vallejo: “la educación es la lucha contra el instinto. Todos los instintos conducen al egoísmo, pero solo la conciencia nos puede llevar a la justicia. Esta no es solo una fórmula práctica, sino que teóricamente la única aceptable”.</p>
<p>Es una frase que me hace picar la piel en varios puntos. No puedo estar más en desacuerdo. Primero, la sentencia tan conservadora de que la educación es la lucha contra el instinto. Yo creo que el instinto es nuestra esencia, y que lo contiene todo: el ímpetu de sobrevivir solitarios, contra los demás o sin ellos, la necesidad de los demás, que sería el movimiento opuesto, y que da alas al sexo, a la amistad, el amor, la sociabilidad, las tribus, las afinidades, los grandes grupos, el instinto creador, acogedor, proveedor… sin olvidar el instinto depredador, guerrero, destructor, resentido, etc. El instinto, como el deseo, es lo que la especie requiere para seguir viva, y es lo que nos señala qué está bien y qué está mal. La educación y la política son artes cuyo fin es que el instinto de las personas se cumpla sin destruir a la sociedad, y que la sociedad funcione sin destruir a las personas. En esto Fidel no se saca buenas notas, sino muy malas.</p>
<p>Yo preferiría describir a la educación como el proceso de reconocer a nuestros instintos y de hacerlos florecer a la vista de todos, de ponerlos en contexto, enlazándolos con el lenguaje, la razón, la estética, el conocimiento, la acción, nunca contrariando lo que somos, sino prolongándolo. Los instintos son el motor de la vida. ¿Por qué luchar en contra de ellos? Es esa la moral de los curas. No es verdad que todos los instintos conduzcan al egoísmo, sino que más bien cruzan el ego o están cruzados por él, así el instinto de la madre para con sus hijos, o el instinto creador, o también el instinto de generar riqueza que finalmente es para uno pero muchas veces también para los demás. En esto Fidel piensa lo mismo que la derecha católica más derechista y más católica, es una ética idealista la suya, antihumanista, pesimista, que conduce a los regímenes de fuerza. La educación como una cárcel correccional para combatir mediante la disciplina la naturaleza perversa de las personas.</p>
<p>Sobre que la educación sea una lucha en contra de algo, lo dudo realmente. Lo es para los profesores que se empeñan en enseñar aquello que los jóvenes no quieren o no tienen interés en aprender, y en ese caso se trata sencillamente de una modalidad más de dominación, de control. El que enseña lucha para conseguir que el enseñado no sea como es, sino de otro modo, domesticado, programado. Let it be, mejor, que es la canción que Fidel no cantaría.</p>
<p>Respecto de la conciencia, es en boca de Fidel una categoría política, el darse cuenta de las injusticias y de que el sistema, el que sea, no siempre va en bien de todos, y muchas veces funciona en contra de las mayorías. Aquí nos vende su sermón, es decir que él, suponemos, tuvo conciencia, luchó contra su instinto, hizo la revolución y se transformó en dictador, no por egoísmo, no para ser el primero y el único con derecho a opinar y el que la lleva, no instintivamente sino conscientemente, para conseguir la justicia, en su caso mediante injusticias y humillaciones cotidianas a los derechos de los demás, que eso es una dictadura. La inconsistencia misma.</p>
<p>Y finalmente el toque autoritario y antipluralista: su fórmula no sólo funciona, sino que es la única aceptable. ¡Ay, Camila!</p>
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		<title>Boric de Chile pero no tanto de la Chile</title>
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		<comments>http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/12/19/boric-de-chile-pero-no-tanto-de-la-chile/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 05:42:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[FECh]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel Boric]]></category>
		<category><![CDATA[Tolerancia Cero]]></category>
		<category><![CDATA[Universidad de Chile]]></category>

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		<description><![CDATA[La Casa Central de la Universidad de Chile estuvo convertida durante siete meses en una especie de feria artesanal ecológico quilapayunera, de aspecto repulsivo, una sede central de la capucha y de la universidad no pluralista. La dirigenta que anunció hace unos días el fin de la toma, declaró condescendientemente que "se devuelve la casa central a la comunidad y ya no sólo es de los estudiantes". ¡Gracias por el favor, amiga estudianta, gracias por devolvernos lo que no es tuyo!]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Gabriel Boric es del tipo de estudiante que enorgullece a la Universidad de Chile. Dinámico, de aspecto saludable, sin pitutos familiares, sensible a lo que ocurre en el entorno, opinante, inteligente, capaz de dialogar. Una demostración concreta de la grandeza la de las universidades públicas, empeñadas en ser espacios abiertos dentro de los cuales las personas puedan encausar sus energías, donde sean posibles las hazañas, los descubrimientos, las vinculaciones, la libertad, la experiencia, el trato igualitario y respetuoso, que se así se hace el saber. Que cada cual pueda llevar adelante su propio proyecto, más allá de rankings ridículos o modelos prefabricados.</p>
<p>O sea que bien Boric, aunque se haya llevado por delante a Camila Vallejo, que había adquirido características casi sagradas. Los votos son los votos.</p>
<p>Entonces me fui a ver a este joven dirigente al debate medio pesadote que hacen Villegas &amp; friends en Tolerancia Cero cada domingo en la noche, aunque lo vi como diez días después porque los domingos prefiero otras cosas, lecturas líricas, música rara, no sé.</p>
<p>Durante 42 minutos habló Boric de muchas cosas, como que las palabras que se le ocurrían no llegaban a caberle ni en la boca ni en el rato que le dejaban hablar, que era bastante. Les corría un poco la baba a los panelistas ante el joven que se ha puesto al frente de eso tan incierto pero a la vez contundente, “el movimiento”. Movimiento estudiantil por supuesto, pero además ciudadano, con sus toques de Gajardo o de la CUT o de lo que se vaya añadiendo, vaya uno a saber, y los políticos todos cagados desde sus ministerios o bancadas y dietas, que eso es lo sabroso. Estos jóvenes nos han hecho felices.</p>
<p>Incontenible, Boric habló del binominal, de Casa Piedra, de la clase política, de los compañeros movilizados, de la elite, de los quórums anti mayoritarios, de la salud, de los pueblos indígenas, de Hugo Chávez, de la beatería de izquierda, de la sociedad chilena, de los cambios que el país necesita, de los indignados.</p>
<p>Y uno, como ciudadano, celebra que la Universidad de Chile le aporte a este país políticamente anquilosado un dirigente así, que se eleva por sobre los cielos con más poder que el parlamento o que el gobierno. A la cabeza de la infinita marcha de cientos de miles de indignados que recorre incansablemente las grandes Alamedas de la patria para desesperación del enloquecido Zalaquett, está ahora Boric, aunque hay que pasar el verano, regresar, y ver cómo seguimos. ¿Convocará a tanta gente como Camila? ¿Se escorará el movimiento hacia la izquierda ultra, poblando de más canas nerviosas al correoso panelista que ha sabido ser Villegas estos años binominales? Quién sabe.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> La contradicción se hará visible cuando el movimiento y sus estudiantes  movilizados requieran urgentemente, impetuosamente, hacia fines de mayo  como cada año, la toma y la paralización de la Universidad, y la  ridiculización de Andrés Bello, y el basureo de nuestra Casa Central, y  la destrucción de nuestros calendarios docentes. Así se sale en la tele y  en <em>El Mercurio</em>. Así se muestra que somos los más rudos.</blockquote></div>
<p>A cargo de <em>La Tercera</em>, brazo mediático de Piñera y por ende del sistema, de la banca global, o sea de los malos con toque modernoso, Cristián Bofill le pregunta una y otra vez humildemente al radiante Boric por sus ideales políticos, por su modelo, por aquello que persigue. Boric, la verdad, y en eso concuerdan todos, hasta él mismo, es más contundente en la crítica que en la propuesta. Una de sus máximas es no transar, como han hecho los partidos políticos de derecha con los militares, la Concertación con los partidos de derecha, el Partido Comunista con la Concertación y así sucesivamente. Son cosas de la juventud, suspiramos nosotros los envejecidos debajo de nuestras calvas y nuestras caspas, calvas y caspas que hoy los jóvenes con sobrada razón desprecian y que en unos años más, cuando ya no estemos, probablemente venerarán, o no, vaya uno a saber</p>
<p>Boric, que es el nuevo presidente de la FECH o sea federación de estudiantes de la gloriosa Universidad de Chile, no tuvo en esos cuarenta y dos minutos hipertelevisivos mucha atención para su universidad. La nombró sólo dos veces, al pasar. Una vez al afirmar que el abandono miserable del Estado a las universidades no sólo se refería a la Chile o a la Católica (que por lo demás es privada, confesional y de gran tradición elitista, pero él las puso juntas a ambas), sino también a las de regiones. Otra, para destacar que en las facultades de Derecho y de Economía de la Universidad de Chile hay grupos que están estudiando una reforma tributaria. Sobre universidades públicas o universidades estatales, ni una palabra. Respecto a los financiamientos basales, pieza clave de la supervivencia de la Universidad de Chile y demás instituciones como ella, nada. ¿Deben existir las universidades públicas, o son un combo más dentro del menú de educación chatarra o no chatarra que preconiza el neoliberalismo? Tema que no interesa.</p>
<p>Boric, lo que pasa, es que entró en escena desde las alturas. Su amplio sobrevuelo histórico y global le impide fijarse en fruslerías universitarias. Su público, su clientela, son los estudiantes movilizados, y más allá de ellos todos los chilenos irritados o desencantados con el sistema político y social. Cinco millones, calculó generoso Villegas, que se volvió a poner el suéter libertario.</p>
<p>Pero uno que además de ciudadano es académico de la maltratada y gloriosa Universidad de Chile se pregunta  qué pasa con la casa. De acuerdo, saldremos con nuestro líder en la portada de la revista Time. Emocionaremos quizá a los intelectuales franceses. Estamos aportando a jóvenes top para la vida política nacional. Pero no olvidemos que las universidades públicas pasan por momentos de penuria, con o sin marchas, a pesar del nuevo Presupuesto, aunque nuestros rectores y dirigentes sean hoy más mediáticos que ayer. Chile sigue careciendo de un modelo sustentable de universidades públicas.</p>
<p>Además de presidente de la FECH, Boric es integrante del Senado de la Universidad de Chile, cuerpo colegiado y participativo que aprueba el Presupuesto universitario y las normas institucionales. ¿Le quedará tiempo para sus funciones senatoriales?</p>
<p>Pero más aún, y ahí viene lo puntudo, ¿cómo puede Gabriel Boric anunciar en <em>Chilevisión</em> que los estudiantes recurrirán a los paros, tomas y marchas según el movimiento lo necesite cuando las tomas, y exclusivamente la tomas, son contrarias frontalmente al Estatuto de la  Universidad de Chile, no son pluralistas y además pueden constituir delito? O sea que en un espacio público nadie tiene el derecho de impedirle el paso a otro miembro de la comunidad universitaria. Pero los estudiantes movilizados consideran que su lucha es tan noble que pueden saltarse este incómodo precepto. Que pueden defender la educación pública sentándose en los principios de pluralismo de la educación pública. Mientras decanos y rectores observan temblorosos, los recintos universitarios se convierten en material de barricada, y su función es hacer de portaviones en la guerrilla urbana en contra del sistema.</p>
<p>Otro dato preocupante: en 2010 el Senado de la  Universidad de Chile modificó el Reglamento de Estudiantes eliminando el artículo en el cual se establecía como falta gravísima el hecho de impedirle el paso a otra persona de la comunidad. O sea que es muy difícil hoy aplicar medidas administrativas para evitar las tomas. Las tomas, finalmente, debilitan al gobierno universitario, dejando a los rectores y decanos bajo el permanente chantaje de ocupar las dependencias, por un día, o por un mes o por un año, lo que las asambleas dispongan.</p>
<p>La Casa Central de la Universidad de Chile estuvo convertida durante siete meses en una especie de feria artesanal ecológico quilapayunera, de aspecto repulsivo, una sede central de la capucha y de la universidad no pluralista. La dirigenta que anunció hace unos días el fin de la toma, declaró condescendientemente que &#8220;se devuelve la casa central a la comunidad y ya no sólo es de los estudiantes&#8221;. ¡Gracias por el favor, amiga estudianta, gracias por devolvernos lo que no es tuyo!</p>
<p>Boric se forjó como dirigente en otra toma, la que tumbó y crucificó en Derecho al decano Nahum, que meses después volvió a salir elegido como Decano, en tanto que el propio Boric perdió allí las elecciones estudiantiles.</p>
<p>Las tomas son aceptables cuando revisten la forma de ocupación pacífica, es decir que alguien se sienta en un pasillo o un acceso o un salón sin impedirle a los demás que hagan lo suyo. Lo fueron también, gloriosamente, en dictadura. Pero las tomas de hoy se hacen en democracia y la mayoría no son para nada ocupaciones pacíficas. Y aquí viene otro cobro de responsabilidades a Boric. Al mando de la FECH, él tiene la potestad de disponer de fondos para el funcionamiento de esa federación, como corresponde. Pero&#8230; ¿coincide la agenda de Boric con la de nuestra Universidad, o está comprometida con causas probablemente nobles pero que en rigor debieran buscar locales, computadores, financiamiento, volumen mediático y apoyo por sí solas y no instrumentalizando a la  Universidad de Chile?</p>
<p>Uno duda un poco, porque otros presidentes de la FECH han hecho más bien carrera política que carrera gremial o universitaria. Por ejemplo Luis Maira, o Jaime Ravinet, o Carolina Tohá, y lo mismo en la FEUC. Es lógico que en una posición así sea necesaria una mirada de país, política en el mejor sentido de la palabra. No comparto para nada la visión del gobierno y de la derecha de que los estudiantes deban preocuparse sólo del pase escolar o de asuntos meramente gremiales, que no es eso. La Universidad de Chile es una escuela de vida civil, un semillero político, y esa es una de sus virtudes. Los estudiantes, y Boric también, faltaría más, tienen derecho a levantar las agendas que les parezcan. Pero deben hacerse responsables de lo que plantean. Están sometidos, como todos quienes entran al debate público, a la crítica.</p>
<p>La contradicción se hará visible cuando el movimiento y sus estudiantes movilizados requieran urgentemente, impetuosamente, hacia fines de mayo como cada año, la toma y la paralización de la  Universidad, y la ridiculización de Andrés Bello, y el basureo de nuestra Casa Central, y la destrucción de nuestros calendarios docentes. Así se sale en la tele y en El Mercurio. Así se muestra que somos los más rudos.</p>
<p>¿Será entonces Boric fiel a su agenda política de integrante de La Surda, o la adecuará al debido respeto a los bienes, los principios orientadores y la agenda de la Universidad de Chile, como está mandado en el Estatuto? ¿Será él un aporte institucional desde el Consejo Universitario, del cual forma parte como Presidente de la FECH, o no tanto?</p>
<p>Uno percibe que este joven busca y ha conseguido, merecidamente por lo demás, un protagonismo nacional. Es una especie de nuevo MEO, como decía alguien, una promesa, una fuerza social. Pero la  Universidad de Chile, a la que pertenece, no parece formar parte ya de sus preocupaciones. La  Chile aporta apenas 24 mil estudiantes a los cientos de miles de la epopeya nacional del movimiento por la educación, y Boric se mueve, como lo hizo Camila, en lo macro, en las grandes alamedas, en los nuevos desafíos globales y nacionales.</p>
<p>La supervivencia de las universidades públicas depende hoy de que el país y sus autoridades sepan hacer las debidas distinciones entre ellas y otras universidades, y que se les de un trato acorde con su misión. Pero la agenda movilizadora de eso que se llama “el movimiento” depende hoy, por el contrario, de que no se hagan esas distinciones, de que se sumen voluntades para avanzar, no ya hacia un buen sistema de universidades públicas, sino hacia una meta liberadora de carácter general capaz de convocar a las grandes mayorías nacionales. Es quizá por eso que la Universidad de Chile no aparece en el discurso del Presidente de la Federación de Estudiantes de la  Universidad de Chile.</p>
<p>Las universidades privadas son emprendimientos, empresas, y las públicas son más bien instituciones, espacios abiertos. El truco del neoliberalismo para liquidar a las públicas ha sido darles el mismo trato que las privadas. Estos estudiantes tan fogosos, curiosamente, se suman a esa estrategia, se han aliado a quienes quieren destruir a la  Universidad de Chile, oh curiosidades de la dialéctica política.</p>
<p>Boric de Chile, sí. Pero no sabemos si también de la  Universidad de Chile.</p>
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		<title>Me quedo con el café tóxico de Gonzalo Rojas</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Dec 2011 05:43:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo Rojas Sánchez]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Krassnoff]]></category>
		<category><![CDATA[verdad histórica]]></category>

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		<description><![CDATA[No quiero poner en la cárcel a los que niegan o minimizan las tareas emprendidas con sueldo estatal por Contreras, Romo, Krassnoff y tantos otros, aunque me resulte ofensivo. Me gustaría ponerlos en ridículo, o avergonzarlos. Tienen, finalmente, derecho a hablar leseras. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me desconcierta estar por una vez de acuerdo con el columnista Gonzalo Rojas, que desde el diario <em>El Mercurio</em> desarrolla unos argumentos casi siempre muy raros.</p>
<p>Se refiere él ahora a un Proyecto de Ley propuesto por los diputados Jiménez, Accorsi, Aguiló, Alinco, Andrade, Carmona, De Urresti, Gutiérrez, Ojeda y Girardi, según el cual “quienes públicamente nieguen, minimicen o condonen, intenten justificar o aprueben los crímenes de lesa humanidad o genocidios cometidos, particularmente, bajo el Régimen Militar que gobernó Chile entre los años 1973 y 1990, serán castigados con una pena de cárcel&#8230;”</p>
<p>En este caso no puedo aprobar a los animosos diputados. Creo que equivocarse, o incluso negar la realidad forma parte de la naturaleza humana, y es parte también del progreso hacia la verdad, que es dialéctico y no rígido. Dicho en coloquial, sostengo con Raoul Vaneigem y otros radicales que “nada es sagrado, todo se puede decir”.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Noto en la vida pública de hoy una preocupante tendencia a cercenar la libre expresión de las personas, a corregir anticipadamente el discurso. No todo lo que la gente dice es agradable, por cierto, no todo es verdad, no todo es respetuoso, no todo es racional, no todo es mayoritario. Por suerte.</blockquote></div>
<p>Las emociones personales y el pensamiento no son masas inertes, sino flujos ondulantes, y su verbalización no debiera ser jamás delito, porque constituye el núcleo de la libertad de expresión. Los seres humanos, por lo demás, incluso los menos avispados, no somos idiotas, nos damos cuenta de la realidad por mucho que se nos mienta.</p>
<p>No sólo creo, sé por experiencia familiar muy dolorosa (el caso de mi madre detenida, interrogada en centros de tortura y recluida durante meses en los campos de concentración de Tres Álamos y Cuatro Álamos) que en Chile hubo una política sistemática de destrucción de los derechos humanos.</p>
<p>Considero de toda justicia que se haya enjuiciado y castigado a los responsables, y valoro el coraje de quienes han aplicado y hacen cumplir esas condenas. Pero hasta ahí llegaría. Tratar de “mejorar” coercitivamente el cerebro y los dichos de quienes opinan distinto me parece un despropósito.</p>
<p>Hay seres innobles que no quieren reconocer el dolor y la barbarie estatal que rebajó nuestra humanidad durante los años asquerosos de la dictadura. Otros encuentran que valió la pena y en una situación similar volverían a sacar alicates eléctricos y la letrina de inmersión. Allá ellos. La locura o la mala fe o la baja ralea humana son asuntos de cada cual.</p>
<p>No quiero poner en la cárcel a los que niegan o minimizan las tareas emprendidas con sueldo estatal por Contreras, Romo, Krassnoff y tantos otros, aunque me resulte ofensivo. Me gustaría ponerlos en ridículo, o avergonzarlos. Tienen, finalmente, derecho a hablar leseras.</p>
<p>La opinión es opinión y no realidad. Lo que opinamos moldea lo real, pero ese moldeamiento es una tarea colectiva a la que estamos todos invitados, especialmente en una sociedad digitalizada. La república y la democracia existen precisamente porque son capaces de incluir a todos, aún a los que están en su contra, aún a los que no lo merecen.  Y cuando eso no ocurre aparecen las dictaduras.</p>
<p>En las dictaduras prosperan las verdades oficiales y las opiniones únicas. Una dictadura de la verdad es quizá tan peligrosa como una dictadura de la mentira. La verdad se impone por sí sola, se abre camino a través de los prejuicios, los miedos, los respetos, los pudores, las ocultaciones deliberadas, la ignorancia. Cada uno de nosotros, de tanto en tanto, ve algo que hasta entonces no había visto, observando la realidad con nuevas herramientas de juicio. Lo que requieren las sociedades es que la verdad sea posible, que no se censure nada, que ninguna persona o grupo, o cadena nacional de medios, o masa de twiteros, o asamblea, se adueñe de ella.</p>
<p>Si tuviéramos que prohibir las afirmaciones negacionistas debiéramos partir poniendo fuera de la ley a las religiones, por sus intentos nada racionales de negar la muerte, que por lo demás es algo tan desagradable. ¿Qué son todos esos santos y ángeles y demonios con túnicas y alas? ¿Y el cielo eterno? ¿Alguien los ha visto?</p>
<p>Noto en la vida pública de hoy una preocupante tendencia a cercenar la libre expresión de las personas, a corregir anticipadamente el discurso. No todo lo que la gente dice es agradable, por cierto, no todo es verdad, no todo es respetuoso, no todo es racional, no todo es mayoritario. Por suerte. A muchísimo de lo que se dice, además, no se le puede pedir exactitud matemática: existen las metáforas, las visiones fantásticas u oníricas&#8230;</p>
<p>Las ocultaciones, las mentiras y las simulaciones forman parte de nuestro entramado de relaciones. Y es que el lenguaje, como decía el por cierto nacionalsocialista Heidegger, es la casa del ser. Y no quiero para la gente un ser tijereteado o amputado por quienes creen que los seres humanos debieran ser más perfectos de lo que realmente son. Somos simples mortales, a medias entre la emoción y la razón, observamos siempre parcialmente la realidad, y entre todos vamos construyendo las lecturas que nos permiten convivir.</p>
<p>Hemos visto en qué culminan las ideologías que creen en verdades tales como las razas superiores o el hombre nuevo, y que a partir de allí prohíben cualquier otra verdad.</p>
<p>Sigamos así, reprimiendo todo lo que nos resulte inquietante. Prohibamos el cáncer mediante una ley. Denunciemos en la comisaría a los que estén tristes. Tiñamos el sexo, cuna de la vida, de mala intención o de miedo, siempre y en todo lugar. Hagamos de la antigua dialéctica de machos y hembras un sistema operativo de roles intercambiables.  Terminemos con las furias de la especie usando reglamentos y píldoras. Censuremos todos los chistes. Desterremos a los burlones o, como pedía Platón, a los poetas. Prohibamos todas las opiniones erradas o torcidas. Hagamos de este mundo cruel un internado geométrico, y de los seres humanos unos vegetales.</p>
<p>Ante un panorama tan lúgubre, el amargo café tóxico de Gonzalo Rojas me parece un mejor desayuno que el bando purificador de los diputados prohibiendo el café.</p>
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		<title>La decadencia del voto libre</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Nov 2011 05:41:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[inscripción automática y voto voluntario]]></category>

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		<description><![CDATA[
Los democratacristianos chilenos han sido históricamente partidarios del voto obligatorio, y en su caso se entiende porque ellos creen de verdad en el matrimonio obligatorio, la misa obligatoria, el colegio de curas obligatorio, el cielo obligatorio y la casita pareada obligatoria salvo los domingos que se almuerza con los suegros en régimen de sufrimiento obligatorio.
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sostener que el voto debe ser obligatorio significa, en rigor, no creer mucho en el voto. El voto, que viene del latín votum, se refiere al hecho de prometer algo, del mismo modo que los votos religiosos: “dulce patria, recibe los votos&#8230;”. Voluntariamente, alguien promete su adhesión a otra persona, de la que se convierte en devoto. El votante es, pues, un partidario de alguien o de algo, que manifiesta públicamente su adhesión.</p>
<p>Es decir, que en el origen del voto está la libertad ¿Cómo se puede ser devoto de algo por obligación? Libremente digo que me gusta tal persona o tal cosa y le doy mi preferencia. Si no tengo ninguna preferencia, entonces lo lógico y decente es no ir a votar. No se entiende que esta opción se castigue legalmente.</p>
<p>En Chile y otros países latinoamericanos hay muchos políticos que creen que el voto tiene que ser obligatorio, mierda, porque de otro modo las clases populares no ejercerán su derecho al estar escasamente interesadas en un sistema que los posterga infinitamente ganen unos u otros. El remedio, según ellos, no es implementar un sistema atractivo, sino tratar a la gente como ganado y obligarlos a elegir una de dos o tres listas, ninguna de las cuales provoca devoción.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Alegamos mucho cuando algo nos parece antidemocrático, pero nadie está dispuesto a colaborar para que la democracia sea posible. Somos como clientes, o sea que no consideramos la vida cívica como una construcción conjunta de todos, sino como un producto que alguien –no sabemos bien quién ni nos importa– nos brinda para que lo consumamos. </blockquote></div>
<p>Los democratacristianos chilenos han sido históricamente partidarios del voto obligatorio, y en su caso se entiende porque ellos creen de verdad en el matrimonio obligatorio, la misa obligatoria, el colegio de curas obligatorio, el cielo obligatorio y la casita pareada obligatoria salvo los domingos que se almuerza con los suegros en régimen de sufrimiento obligatorio. Se trata de un partido de centro escindido del viejo tronco conservador, que de manera condescendiente y caritativo procura que las injusticias no sean tan graves y los derechos no estén sólo en manos de unos pocos, aunque la idea es que todo siga siempre un poco injusto y con privilegios, pero más suave.</p>
<p>Pero no sólo los democratacristianos desconfían de la libertad y del voto. Pareciera hoy que nadie está demasiado a favor del voto libre. Las devociones por los otros, quienes sean, han disminuido mucho.</p>
<p>La derecha cree firmemente que votar es una tontería, y de ahí su ferviente desprestigio de todo lo político: poner las decisiones de los asuntos colectivos en manos de la masa, del pueblo, les ha parecido siempre aberrante. Es mejor para ellos tomar las decisiones entre unas pocas familias de toda la vida y también empresas, sobre todo las grandes, que siempre han pensado mejor que las personas. Por eso es que mientras más enredado sea votar y menos listas de candidatos haya, mejor. El sistema binominal chileno les encanta porque las cosas se deciden en unos oscuros comités que eligen a los candidatos únicos o semiúnicos. El voto obligatorio, además, une la idea de libertad propia del voto con la idea de castigo. Con un sistema así mucha gente prefiere no votar y disminuye mucho el número de inscritos.</p>
<p>El pensamiento de izquierda, por su parte, tiene una larga tradición de asco por la democracia, a la que considera burguesa, o sea un truco más de dominación de los ricos sobre los pobres. Hay una izquierda combatiente que apuesta más bien  por los manifestantes, los revolucionarios, porque son siempre menos y más concientizados que un padrón electoral en que cualquiera puede votar. Cuando llegan al poder, a menudo los izquierdistas prefieren terminar con la democracia porque no puede ser que los ideales revolucionarios queden en manos de la gente común y corriente, siempre muy sensible a la propaganda del capitalismo, la oligarquía y los curas, aparte de que toda revolución está siempre amenazada por sus enemigos ante los cuales hay que estar alertas. Así es que lo mejor es para ellos un partido único, o sea que la gente pueda elegir entre un candidato y nada más, leer un solo diario, etc.</p>
<p>Sospechamos, además, casi todos hoy en día, de toda persona que resulte elegida para desempeñar un cargo mediante una votación, ya que suponemos que se dejará corromper por el poder, y que además empezará a defender no los intereses de aquellos que le dieron el voto, sino unos intereses personales, alejados del pueblo. Es la oleada anarquista que nos tienta. Anarquismo cívico que se complementa muy bien, curiosamente, con el neoliberalismo, concepción que pretende debilitar y disminuir lo más posible la zona ciudadana de la sociedad. El anarquismo ideológico se hace carne en la anarquía neoliberal actual de las ciudades, de los sistemas previsionales, del mercado de trabajo, de la salud, de la educación, de los movimientos financieros. Los neoliberales creen que, siguiendo el hilo de los negocios, de la compraventa generalizada de todo lo humano, se impondrá un orden natural en la vida colectiva. Los ciudadanos convertidos en consumidores saben que más que la papeleta electoral lo que cuenta es la tarjeta de crédito.</p>
<p>Puestas así las cosas, resulta difícil en nuestros tiempos defender algo tan resistido y modesto como el voto y sostener que las elecciones le hacen bien a la sociedad. La democracia republicana se ha vuelto vintage.</p>
<p>Nadie parece estar muy interesado en que las personas se expresen libremente y voten por quien les parezca cuando crean que está bien hacerlo. La parafernalia de partidos políticos, grupos parlamentarios, mociones, proyectos de ley y demás sutilezas carecen realmente de glamour, no son ya ni algo atractivo ni para la izquierda ni para la derecha ni para el centro ni para los periféricos.</p>
<p>Alegamos mucho cuando algo nos parece antidemocrático, pero nadie está dispuesto a colaborar para que la democracia sea posible. Somos como clientes, o sea que no consideramos la vida cívica como una construcción conjunta de todos, sino como un producto que alguien –no sabemos bien quién ni nos importa– nos brinda para que lo consumamos.</p>
<p>Uno, que cree en la democracia y en las elecciones como acto soberano del pueblo, como contrato social, sospecha que vivimos tiempos oscuros para la vida republicana.</p>
<p>Pero pese a ello, pese a la decadencia del voto libre, seguramente que se renovarán en el mundo, globalmente, las hoy anquilosadas prácticas parlamentarias y eleccionarias, se incorporarán modernidades de internet o de las redes sociales para que la gente pueda opinar sobre los asuntos públicos, se aireará el aire viciado de los partidos políticos, y los representantes populares o lo que sea que haya abandonarán el lenguaje producido y mentiroso que manejan hoy. La república seguirá existiendo aunque quizá en formatos digitales, globales, en nuevos modos de abordar lo público.</p>
<p>Los demás son el infierno, decía Sartre, pero también es cierto que sin ellos no podemos existir de manera decente. La vida, finalmente, es una empresa común, no un producto, ni una fatalidad, tampoco un bien de consumo. Ojalá que se vuelva a prestigiar el voto libre y que todos seamos felices.</p>
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		<title>Postpinochetismo universitario: lo que viene</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Nov 2011 05:41:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[aportes basales]]></category>
		<category><![CDATA[Universidades Privadas]]></category>
		<category><![CDATA[universidades públicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Si el Estado se sigue negando a diferenciar y le sigue dando los mismos recursos a quienes lucran que a quienes no lucran, a quienes tienen sentido de civilidad y pluralismo y a quienes todo lo contrario, a los privados o a los públicos, el país seguirá hundiéndose en el postpinochetismo universitario que tanta indignación produce en los jóvenes y en la ciudadanía.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es ahora cuando veremos qué ocurrirá finalmente con el sistema universitario chileno.</p>
<p>Tenemos por una parte a un gobierno históricamente alineado con el modelo postpinochetista según el cual todas las universidades ofrecen bienes de consumo educacional a los clientes estudiantes y por lo tanto deben recibir un trato similar. En este modelo el rol del Estado es facilitar las transacciones comerciales, instalando un flujo de recursos que pasa de los contribuyentes al Estado vía impuestos, del Estado a las familias o estudiantes de menores recursos, y de ellos a los planteles crecientemente privados que finalmente se quedan con el dinero.</p>
<p>En este fabuloso circuito de captación de recursos públicos también operan y agarran dinero fácil los bancos, las inmobiliarias asociadas a los planteles privados, las entidades acreditadoras, las empresas de catering, etc. Las universidades públicas se ven arrastradas a jugar el juego de las privadas aunque bajo la carga insoportable de la burocracia, Chilecompra, las contralorías externas e internas, el estatuto administrativo y demases, y encima sin tener la avidez orgánica de muchas de las privadas. Es decir, asisten impotentes a su propia demolición por parte del Estado y por parte de los consumidores.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Otros establecimientos están orientados a grupos ideológicos o de clase, y ofrecen una alta calidad entendiendo la calidad como asociada a los valores que normalmente las sustentan, es decir control por parte de grupos pequeños, casi nula participación, ausencia de pluralismo, ideología única, individualismo, interés apenas testimonial por la equidad, énfasis en las áreas del conocimiento más rentables, etc.</blockquote></div>
<p>Esta suma de perversiones viene avalada por una mirada sociológica ecualizada para la cual la modernidad universitaria se convierte en un sistema de mediciones e indicadores donde no importan la substancia ni el espíritu que anima a cada institución, y no interesan tampoco las personas, las tradiciones o los valores. Por el contrario, éstas son vistas como externalidades, molestias que irritan la adecuada confección de gráficos de Power Point. Todo es concursable, todo se puede ofertar, vender o comprar, todos somos agentes de mercado. En ese mall del conocimiento no reconocemos nuestra propia humanidad.</p>
<p>¿Quién nos obliga a hacerle caso a una mirada tan empobrecedora? ¿Por qué someternos a un sistema que siempre hace felices a los mismos?</p>
<p>Los ministros y altos cargos del gobierno actual son casi todos de la Universidad Católica, una institución por lo demás excelente pero que sale injustamente beneficiada cuando se aplica este sistema, ya que su institucionalidad le permite operar simultáneamente como pública o como privada, según convenga. Juan José Ugarte, que fuera Vicerrector de la PUC, fue nombrado por Lavín Director de la División de Educación Superior del Ministerio de Educación, y allí sigue. Su programa es la demolición de las universidades públicas.</p>
<p>Entre las entidades universitarias tenemos por una parte a lo que podemos denominar chatarra, es decir institutos de dudosa calidad que han logrado que se les aplique el nombre de universidades para captar recursos públicos. Ellos profitan del ansia de los sectores más postergados por participar de una vida más equitativa y les venden basura con aval del Estado.</p>
<p>Otros establecimientos están orientados a grupos ideológicos o de clase, y ofrecen una alta calidad entendiendo la calidad como asociada a los valores que normalmente las sustentan, es decir control por parte de grupos pequeños, casi nula participación, ausencia de pluralismo, ideología única, individualismo, interés apenas testimonial por la equidad, énfasis en las áreas del conocimiento más rentables, etc.</p>
<p>También existen universidades privadas abiertas a los valores del pluralismo y de la complejidad del saber, no muy participativas en términos de gobierno, y que realizan una labor de integración social. Algunas de ellas están en el Consejo de Rectores, otras no.</p>
<p>Por último, las universidades estatales, que operan con instrumentos reglamentarios atroces y aportes ridículos que garantizan la disfuncionalidad. Cargan además con el peso de que se les aplican normas y criterios que están pensados para beneficiar a las privadas. Se han mantenido con firmeza como instituciones laicas, pluralistas, complejas, consagradas a las tareas de docencia, extensión, investigación y creación, preocupadas activamente de la equidad y de los valores públicos. Pero ofrecen un pobre desempeño en términos de buen gobierno, aplastadas por la burocracia y por la debilidad de sus autoridades, que se ven obligadas a tolerar disfuncionalidades de todo tipo, derivando casi todas ellas de la sensación de los diversos grupos internos de que es legítimo saltarse las normas para llevar a cabo sus agendas sectoriales. Así algunos estudiantes con sus tomas y faltas de repeto a los símbolos institucionales, las trenzas de interés de algunos académicos que se agrupan por ideologías, doctrinas, generaciones o especialidades, ciertos funcionarios que se sienten inamovibles, etc.</p>
<p>Las universidades denominadas tradicionales (un criterio escasamente operativo) pero que no son estatales han solicitado que en las discusiones presupuestarias que vienen no se las discrimine.</p>
<p>Lo cierto es que lo que ha pedido la ciudadanía a partir de las protestas es justamente lo contrario: que se le de a cada actor del sistema el trato diferenciado que le corresponde. Quienes quieran lucrar, que lo hagan, pero no con dinero público. Quienes quieran ser privadas que lo sean, pero que no se hagan pasar por públicas cuando aparecen los recursos. Y las públicas, que estén dotadas de las herramientas que la sensatez aconseja para cumplir mínimamente su misión.</p>
<p>El gobierno, que tiene cabeza y corazón privados, debe hacer el esfuerzo de pensar las cosas con mirada pública. Es muy difícil que lo logre, pero en ello va el orden social y la paz de las calles.</p>
<p>Las universidades públicas tienen todo el derecho en solicitar aportes basales superiores al 50% de su gasto anual, es lo que ocurre en todos los países desarrollados. Pero ello no será posible manteniendo el actual sistema de gobierno que hoy tienen. Es preciso sacarlas de la administración pública aligerando la burocracia y adaptándola al tipo de instituciones que son; y es indispensable establecer mecanismos mediante los cuales sea la ciudadanía y no los grupos internos de interés quien controle de qué modo se gobiernan. Esto supone abrir una discusión, observar modelos de otros países, y hacer cambios sustantivos en los estatutos universitarios. El movimiento estudiantil nos ha mostrado por una parte que la ciudadanía quiere más educación superior pública, y por otra que las autoridades de las universidades públicas no cuentan con los instrumentos para garantizar un funcionamiento ordenado y equilibrado de sus instituciones. Una cosa es la participación, que es un criterio obligado en una universidad que se respete; otra, que cualquier grupo pueda secuestrar la capacidad de decidir de las autoridades vulnerando los reglamentos y alterando la convivencia de la comunidad universitaria.</p>
<p>Por último es necesario ser serios y entender que las universidades son aquellas instituciones de educación superior comprometidas integralmente con el conocimiento, a diferencia de las instituciones docentes que sólo hacen clases y debieran llamarse institutos profesionales o politécnicos.</p>
<p>Lo que debe hacer el Estado es dar un trato diferenciado a las universidades porque de otro modo lo que hará es consagrar, como ocurre hoy, la discriminación de las personas. Si el Estado se sigue negando a diferenciar y le sigue dando los mismos recursos a quienes lucran que a quienes no lucran, a quienes tienen sentido de civilidad y pluralismo y a quienes todo lo contrario, a los privados o a los públicos, el país seguirá hundiéndose en el postpinochetismo universitario que tanta indignación produce en los jóvenes y en la ciudadanía.</p>
<p>Lo que corresponde es levantar un fondo potente de aportes basales que permita consolidar a lo largo de Chile, como ocurre en todos los países desarrollados, un sistema nacional de universidades públicas orientado a la misión que le compete: el cultivo integral del conocimiento en condiciones de alta calidad y apertura a todas las miradas, con criterios de equidad y pluralismo. Esto representa un cambio sustancial ya que el Estado apostará (usando la terminología neoliberal) por subsidiar también la oferta. Se le ofrece a cada chileno o chilena un espacio de alta calidad para hacer sus estudios, un espacio universitario participativo y tolerante, que no estará concebido como negocio privado ni como colegio religioso o doctrinal. Ello implica, como hemos señalado, una reforma en el sistema de gobierno de estas universidades.</p>
<p>Ahora es posible hacer estas reformas, hay un clima que lo hace posible y necesario. Puede que el gobierno apueste por lo pillín, por la finta, el ocultamiento y el desgaste, es ese el curriculum del Presidente. Puede que los estudiantes y la calle se radicalicen, o se cansen. Pero lo conveniente es aprovechar el momento para rectificar en lo que nunca debió haber ocurrido con nuestro sistema universitario, el desguace de la Universidad de Chile y demás universidades públicas para estimular el negocio de las universidades chatarra a costa de una carga de gasto y endeudamiento que cae sobre las familias.</p>
<p>¡Nos haría tanta falta aquí un movimiento político o ciudadano prestigiado, creíble, que compartiera estos temas con la ciudadanía y los defendiera ante los núcleos de poder real, sin venderse, más allá de oportunismos, con convicción e integridad!</p>
<p><span style="font-size: 14.0pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p><span style="font-family: 'Times New Roman';"><span><br />
</span></span></p>
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		<title>El ocio resplandeciente de las universidades</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Nov 2011 05:41:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Educación Universitaria]]></category>

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		<description><![CDATA[Está bien un poco de accountability, pero no hay que exagerar. Yo prefiero a un profesor sin doctorado que tenga conversación, testimonio de vida y cabeza propia que a un metodólogo con mucho paper y abstract y journal que no son leídos por nadie.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo más bonito de la universidad es que sea un espacio un poco ocioso y abierto, donde se pierde –o se gana– mucho el tiempo. En ese mundo podemos tratar con gente de diversas generaciones, y en cambio no hay ni verdades absolutas ni doctrinas oficiales.</p>
<p>De mi paso como estudiante universitario recuerdo sobre todo la conversación, las experiencias, la gente que conocí, los maestros o compañeros o afectos que tuve, y sobre todo el proceso mediante el cual fui descubriendo o potenciando capas hasta entonces inactivas de mí mismo. Entendemos así la dimensión del conocimiento y qué lugar modesto ocupamos en él.</p>
<p>Me tocó pasar exitosa o fracasadamente por cuatro facultades de tres universidades distintas, dos de ellas públicas. Estudié (es un decir) Arquitectura en la Universidad Católica, apenas unos meses; Filosofía –dos años de bruma– en el glorioso Instituto Pedagógico, Bellas Artes completa en la Universidad de Chile y finalmente un año y medio de Arte en la Escuela de Sant Jordi, en la Universidad de Barcelona, donde poco aporté y se me olvidó casi todo.</p>
<p>Siempre me ha gustado medir mis fuerzas, sentirme vivo y renovado en algo, acogido por una red de personas y situaciones, navegar en una ola de cambio durante meses o años, y cuando el ambiente se marchita pasar a otra cosa, aunque conserve algunas de esas relaciones para el resto de mi vida. No creo que a un libro haya que leerle todos los capítulos ni que a una carrera haya que seguirle todos los ramos, en una buena fiesta basta con haber estado un rato. Las experiencias desarrollan su curva natural, que es la que vale y está viva, lo demás son burocracias, alimentadas por la expectativa ilusoria de que las cosas en la vida “se completan”. La verdad es que vamos haciendo la vida día a día hasta que simplemente se extingue sin que sepamos por qué.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Está bien un poco de <em>accountability</em>, pero no hay que exagerar. Yo prefiero a un profesor sin doctorado que tenga conversación, testimonio de vida y cabeza propia que a un metodólogo con mucho <em>paper</em> y <em>abstract</em> y <em>journal</em> que no son leídos por nadie.</blockquote></div>
<p>Más cómodo me he sentido habitualmente en las universidades públicas, algo desorganizadas e indiferentes aunque dotadas de espesor geológico, y donde por suerte no existe un modelo humano al que uno debiera parecerse. No hay allí de esas <em>misses</em> sonriendo de mentira que llegan con una carpeta de apuntes y una polera institucional, a darte la línea. Lo bonito es que cada profesor o profesora hable desde su experiencia, desde su mirada fragmentada y subjetiva, desde sus dolores y sus firmezas, que algunos de ellos aparezcan poco en clase, que otro regale las notas y el de más allá sea estrictísimo (anal, casi) para los promedios. Finalmente es uno mismo, quien estudia, no unos burócratas de la secretaría de estudios, quien irá haciendo la síntesis de todo ello, si es que está en el momento para hacerla.</p>
<p>Dentro de las universidades de hoy se ha colado con fuerza la política anglosajona de los indicadores, es decir de que todo lo que ocurre debe llevar notas, si no es como si no existiera. No nos parece que los anglosajones sean más felices con su exitismo, su paranoia y su presunta objetividad, pero los imitamos. Las evaluaciones docentes tienden a ecualizar a los profes: hay que ser amable con todos, llegar a la hora, ponderado con las notas, no emitir opiniones con vehemencia, etc. Se cuantifican también las publicaciones, la asistencia a reuniones, la asistencia a congresos, etc. Y vamos juntando puntos, como en los supermercados.</p>
<p>Está bien un poco de <em>accountability</em>, pero no hay que exagerar. Yo prefiero a un profesor sin doctorado que tenga conversación, testimonio de vida y cabeza propia que a un metodólogo con mucho <em>paper</em> y <em>abstract</em> y <em>journal</em> que no son leídos por nadie. O a alguien de modales rudos pero con el corazón palpitante. En el mundo de las evaluaciones estandarizadas no hay nada que palpite. Y aprendemos también de los estudiantes, de los colegas, del ambiente, de todo un poco, sin necesidad de notas.</p>
<p>Pero desgraciadamente, sentencian estos nuevos liquidadores de la universidad, lo que cuentan son los indicadores, y vamos a por ellos cueste lo que cueste, porque las buenas evaluaciones son finalmente más dinero, más recursos. El acento en los indicadores, sin embargo, delata la ausencia de sustancia, y es que mientras más ponemos la cabeza en las notas o en los rankings menos nos concentramos en nuestro propio movimiento, en las redes reales que estamos creando, en la emoción vital de la cosa.</p>
<p>Hoy, según estándares internacionales, una revista académica será “mejor” si cuenta con un mayor número de artículos rechazados por el comité editor (si rechazan mucho es que los que se publican son muy buenos, cosa que no está nada demostrada), o si genera más citaciones, aunque se trate de citaciones hechas por cabezas serviles en revistas feas y muertas que se acumulan en bibliotecas a las que nadie va.</p>
<p>Yo creo en las revistas con glamour, en los artículos desafiantes o deslumbrantes, en el estilo, en la forma, en la belleza menos que en el rating, y quizá más en los blogs o en Facebook o en las conversaciones de pasillo. Un día de estos van a suprimir los pasillos para que los académicos y sus ayudantes puedan estar siempre inclinados sobre sus computadores redactando más y más <em>papers</em> de feo estilo que no hacen felices a nadie pero que suben indicadores, oh miserables comerciantes del conocimiento: ahí hay un tipo de lucro perverso que no ha sido debidamente señalado, una reducción de la libertad universitaria a la dictadura tonta que hasta ahora ha sido propia de los colegios y las oficinas.</p>
<p>A los griegos les gustaba identificar lo bueno con lo bello. No puede ser buena una manera de hacer universidad que resulta finalmente fea, con espacios poco atractivos, académicos o académicas nerds y estudiantes mamones, por mucho que  consigan indicadores buenos y gran cantidad de estrellitas. He ido a veces a esos congresos internacionales de académicos, y no sé, les falta glamour. Tanto libro no puede hacer bien, aparte de que los libros, que tienen su belleza, ya no corren, porque la gente ha pasado de estudiar en fotocopias a los pdfs, de la antigua clase magistral a las prsentaciones Power Point, y yo creo que tanta cosa de esa nubla la vista y deteriora la piel. La mitad de la actividad de un académico termina siendo el llenado de formularios.</p>
<p>Toda esta lógica empezó en los ochenta con Reagan y la señora Thatcher, y situó al financiamiento o desfinanciamiento o autofinanciamiento de las universidades como la sala de máquinas de la educación superior, como si financiar algo constituyera su núcleo existencial. Y así, mientras antes los que hacían la universidad eran humanistas sin prisa, hoy son economistas. Interesan más las cifras que las personas, más las estadísticas que los ambientes.</p>
<p>Yo celebro, por eso, a estos estudiantes inflamados que están atacando la industria de la enseñanza y se niegan a ir a clases. Aprender es también cumplir hazañas, y ellos las están haciendo. Lo que no quita que cuando la hazaña adquiere modalidades incendiarias sea preciso poner un freno, porque hasta las insurrecciones tienen sus protocolos republicanos, su sentido común. Sólo me pregunto a veces si quizá parte de este movimiento que remece al país no será un alegato de clientes insatisfechos, que quieren más educación estandarizada, y finalmente menos libertad, menos espacios para el aprendizaje creativo y humanista, más indicadores, más títulos de mercado, más universidad vacía, más esclavitud. No sé si al final de este movimiento vamos a humanizar las condiciones del aprendizaje, o entraremos a darle a todos, no sólo a los privilegiados, un sistema de enseñanza que desconfía de las personas y adora servilmente a los indicadores.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Yo celebro a estos estudiantes inflamados que están atacando la industria de la enseñanza y se niegan a ir a clases. Aprender es también cumplir hazañas, y ellos las están haciendo. Lo que no quita que cuando la hazaña adquiere modalidades incendiarias sea preciso poner un freno, porque hasta las insurrecciones tienen sus protocolos republicanos.</blockquote></div>
<p>La universidad para todos, industrializada, ha terminado por difuminar las bellezas clásicas de lo universitario, y lo que nos ofrece hoy es bastante chatarriento, un poco en la línea de diferencia que puede haber entre un McDonald’s y un restaurante francés de toda la vida. O sea que ha llegado a ser para todos, pero ya no es universidad. Y a lo mejor me van a criticar por elitista, pero yo estoy convencido de que la universidad está hecha para los espíritus inquietos, para los que quieren entender y buscar, no para quienes necesitan validarse con un título profesional. Para eso están los institutos profesionales, los colleges, los politécnicos, que pueden ser de gran calidad pero donde más que las preguntas abundan las respuestas. En Chile le están llamando generosamente “universidad” a cualquier cosa. Muchos de los estudiantes de las universidades actuales desean sólo su nota, su título profesional, y que no les compliquen la cabeza. Después, a por el postgrado infinito, o a un trabajo rentable y odioso. Son en gran parte clientes. A Sócrates le hubieran dado su ración de cicuta y a Jesús su corona de espinas y su cruz, por haber respondido vagamente con preguntas o con parábolas y no en planillas excel.</p>
<p>Pues bien, para mí que las universidades, como el jardín de Epicuro, son para los chalados, para ese momento de la juventud en que estamos en plenitud de nuestras fuerzas pero desorientados y confusos. Y lógicamente, como suele ocurrir en las buenas universidades públicas, lo que corresponde es que tengan acceso todos aquellos con reales afinidades con el jardín del saber, sin que el origen socioeconómico, o la manera de pensar o de sentir vayan a ser una limitante. Pero eso nos retrotrae a perversiones e inequidades del sistema educacional chileno en general, como que a los niños de tres años ya los están punceteando con haciendo exámenes de admisión en esos colegios nauseabundos de curas o con nombre inglés y <em>misses</em> de apellido Ramírez o Quintana, con todo el hispánico respeto que merecen estos apellidos. Y ojo, no son estas prácticas una perversión de la autoridad sola, que en ella participan con mucho entusiasmo los curas, los profesores, las familias&#8230;</p>
<p>Puedo jurar y mostrar por el testimonio de mi vida que la equidad es para mí un valor y que detesto la segregación, pero prefiero a la universidad como un espacio soleado para pocos, para espíritus confusos en un ambiente de conversación y de experiencias, que como un ascensor operativo para trepar por la escala social y acceder al kit de la modernidad global, o sea un auto, una casa, un par de matrimonios fracasados, una educación arribista para los niños, unas vacaciones con avión, un computador y un Iphone, un asilo de ancianos para sacar de circulación a los abuelos, y una muerte asistida por un buen seguro médico.</p>
<p>El conocimiento tiene un flanco de certezas y otro de incertidumbres, y la universidad se hace de ambos. No es posible aspirar a tener sólo certezas, porque ello diluye la identidad de lo universitario. No sé si he desarrollado bien estos argumentos&#8230;</p>
<p>La idea también anglosajona del fair play ha sido otro elemento destructor, ya que ha instalado prácticas nacidas de la convicción no comprobada de que en el mundo del conocimiento lo que cuentan son las reglas y métodos de evaluación. O sea que se gasta mucha energía en saber si la nota fue justa o no, cuando la nota es siempre basura, externalidad, residuo. ¿Qué importa que una basura sea justa o no justa? La judicialización del aprendizaje es una lesera. Aprendemos no para dar pruebas, sino para dominar algo que nos interesa. Los niños no aprenden a hablar para sacarse una buena nota sino para comunicarse. No comen para que les den un premio sino porque tienen ganas. El fair play excluye los afectos, pone bajo sospecha las afinidades electivas de las personas, y supone un ambiente artificial neutro dentro del cual operaría eficazmente la justicia pedagógica. A mi juicio este sistema mata la dialéctica humana que es indipensable en todo aprendizaje. En un mundo de plástico sin emociones aprendemos, quizá, pero sólo aprendemos cosas desagradables.</p>
<p>Reemplazar la compleja y dialéctica experiencia del aprendizaje por sus evaluaciones es una traición a la naturaleza de los seres humanos. Somos seres orgánicos que cada día aprendemos, cada cual a su modo, y lo hacemos durante toda la vida, sin necesidad de notas, en momentos que casi nunca ocurren en una sala de clases o estudiando para una prueba. Aprendemos mirando, escuchando, viviendo, cayéndonos, imitando a quienes queremos. ¿Por qué desconfiar tanto de nuestra propia condición humana? ¿Qué sentido tiene neutralizar artificialmente el aprendizaje? Es lógico que los jóvenes se resistan a aprender aquello que no necesitan y que no sienten como querible. Y es cada persona la que sabe mejor que nadie qué le sirve y qué no le sirve.</p>
<p>La falta de respeto por las inquietudes y curiosidades naturales de los jóvenes, por sus afectos, es una de las señas de identidad de un sistema educacional, el occidental, que le da la espalda a la realidad y según todos los datos disponibles está fracasando. Mientras más recursos se meten en el sistema, peores son los resultados: es que lo malo es la lógica del sistema, no su cobertura a medias. No se trata de más cosas. Se trata de qué cosas. Y esas cosas no están afuera de las personas, son más bien relaciones o acciones que los jóvenes emprenden autónomamente en determinados ambientes, dede luego no siempre en al ambiente educacional, que se aprende mucho en la calle o en la casa. Desgraciadamente la casa ha ido desapareciendo, se trata hoy apenas de una cocina y unas camas con televisor, es decir un alojamiento. Pasa un poco en todo, hay como un apartheid de las diversas dimensiones del ser humano, en circunstancias de que nos educamos no necesariamente en el colegio o en la universidad sino en cualquier parte que estemos, y nos enfermamos o sanamos no exclusivamente en los hospitales, y nos divertimos quizá durmiendo, o en el trabajo, o en una fiesta, o en cualquier parte. Mientras más se segrega y se desintegra el mundo de aprendizaje del resto de la vida, peores serán los resultados.</p>
<p>Nadie se acuerda de preguntar a los que aprenden qué quieren aprender. Cunde el temor a la realidad, a la libertad, al libre flujo de las potencialidades de las personas, y todo ello es reemplazado por una malla curricular siempre estandarizada y obsoleta, por unos ramos inútiles, por unos protocolos vacíos y pomposos, por roles rígidos.</p>
<p>¡Dejemos que la universidad sea un espacio donde cada cual construya su aprendizaje! Tengamos a disposición de los jóvenes las herramientas que necesitan. Olvidémonos de los fracasados rayos láser que en cinco años van a conseguir que los estudiantes adquieran tales o cuales competencias. El viaje del aprendizaje nos dura toda la vida, y a medida que avanzamos vamos cambiando de meta. La tranquilidad de definir previamente las metas y aplicar luego las metodologías para conseguirlas es una tranquilidad irreal, que se aplica de modo autoritario y burocrático precisamente porque no es real, y que deja fuera del sistema las energías creadoras más potentes de las personas. Construir universidades así es destruirlas.</p>
<p>El neoliberalismo, que se ha ganado mala fama por su ciega desconsideración hacia las personas, ha traído también algunas ventajas, sé que es inadecuado hablar de ellas, pero puede ser útil. Por ejemplo el hecho de que las cosas existan y se validen por sus audiencias, no por los controles estatales, produce inequidades, pero también elimina a los intermediarios y a los burócratas. Los flujos libres de dinero generan distorsiones, pero nos permiten también una vida más tranquila, con menos contadores, menos ventanillas, menos formularios. El capitalismo no todas las veces es malo. Como señalaba Andy Warhol, por más dinero que tenga un multimillonario no puede comprarse una Coca-Cola más cara que la que está tomando el mendigo de la esquina. La ceguera de muchos intelectuales a las dinámicas del contexto y la aplicación testimonial de etiquetados morales o ideológicos no ayuda ciertamente a hacer mejores a las universidades.</p>
<p>La globalización, con sus cargas y amenazas, nos lleva a pensar nuevos modos del espacio público, nuevas formas  de organización política. Las grandes empresas hace rato que prescindieron del estado y de los espacios físicos concretos, operan ágilmente mediante flujos globales y moviéndose mucho. Cosa parecida ocurre con los indignados o las ONG, que prefieren aparecer y desaparecer aquí y allá al margen de partidos políticos o de los programas y estrategias parlamentarias. Las universidades, en este contexto, y especialmente las públicas, siguen atadas al siglo 19, a la cuadrícula urbana racionalista, a las notas, a los exámenes, con el agravante de queh hoy se diviniza a las evaluaciones estandarizadas. Hacen falta falta quizá más liberalización, menos certificados, no tantas ceremonias absurdas. Una mirada más digital, más abierta y dinámica, en red. No hay por qué tenerle miedo al conocimiento, no pasa nada si jugamos libremente con él, que así es como aprenden los niños y así es como de adultos aprendemos lo que más nos sirve para la vida. Casi todo los datos que manejaban antes los profesores en exclusiva flotan hoy autónomamente en Google. Más que apretar los músculos, poner muchas pruebas y exámenes o levantarse a horas que el cuerpo nos pide seguir durmiendo, la adquisición de conocimientos depende de la vitalidad y de la libertad, de la propia identidad, de los riesgos, del ocio, de la buena compañía, de nuestras capacidades de integrar, de que hagamos las cosas desde la verdad y no envueltos en una espiral de simulaciones y eufemismos.</p>
<p>Puede que la universidad, en la forma en que la hemos conocido hasta ahora, esté llegando a su fin, por mucho que se renueven los edificios y aumente exponencialmente la matrícula. Se la ve militarmente ocupada por una nube de economistas y de burócratas empeñados en hacer de los indicadores abstractos su sentido último, apoyados todos ellos por una clientela estudiantil indignada o pasiva que busca un diploma a cambio de las menores complicaciones posibles. A la sociedad le  parece tranquilizador que los jóvenes se sumerjan durante cinco o más años en unos estudios de lo que sea, porque eso los saca de la calle, de la cesantía o de quizá qué otras barbaridades. Todo lo cual siendo entendible y explicable, nada tiene que ver con el cultivo abierto y complejo del saber.</p>
<p>Entretanto, quizá, los espíritus libres no necesiten ya ni de la biblioteca ni del aula para conservar el conocimiento, para generarlo o difundirlo, porque para eso están los nuevos espacios digitales, las redes, los flujos, las empresas, los circuitos culturales, quizá algunos jardines voladores o galpones privados. Allí encontrarán la confianza, la libertad, los cruces afectivos, el estímulo intelectual y el ocio luminoso que acompañan habitualmente a la creación.</p>
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		<title>¡Republicanos!</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Oct 2011 05:43:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Felipe Bulnes]]></category>
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		<category><![CDATA[Senado]]></category>

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		<description><![CDATA[La nuestra es, pues, una democracia en deuda. Y el ambiente generalizado de protesta e insurrección que vive el país se debe en gran parte a eso. Los que protestan, sin embargo, no saben ni quieren distinguir entre la democracia como sistema y la democracia concreta que aquí vivimos, y a lo que van es a terminar con ella. Lo cual es extremadamente peligroso porque no contamos con un sistema de recambio.

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			<content:encoded><![CDATA[<p>A los republicanos, cuando nos enfrentábamos a la dictadura nos llamaban comunistas, y ahora que nos enfrentamos a la turba, nos ponen junto a los derechistas. Ni una cosa ni otra, porque la realidad política no es tanto una línea con dos extremos que serían la izquierda y la derecha, sino más bien un triángulo. Todos somos en mayor o menor grado liberales, comunitaristas y republicanos.</p>
<p>Girardi, como Presidente del Senado, faltó a sus obligaciones republicanas al permitir que un grupo de personas sometiera a presiones físicas a un ministro de Estado, y al dar por bueno que esos vociferantes bailaran arriba de una mesa donde se discutía el Presupuesto de la nación. Más allá del hecho, están los símbolos. Tampoco estuvieron a la altura el ministro, que se escurrió, ni los parlamentarios, que pasmados o pensando en su reelección optaron por jugar al museo de cera. En un Estado republicano de derecho, los carabineros no son una fuerza de ocupación. Ellos y los militares están sometidos a reglamentos, y detentan el monopolio jurídico de la violencia.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> No cabe duda en todo caso de que esos seres balbuceantes y paralizados  que son hoy nuestros políticos debieran acometer cuanto antes una  reforma en profundidad del sistema político, si es que no quieren que  esa tarea la emprenda la muchedumbre enfurecida.</blockquote></div>
<p>Patricio Melero, que es de la UDI y preside la Cámara de Diputados, le ha representado a Girardi un poco lo mismo, y tiene razón. Melero se nos ha vuelto súbitamente republicano después de haber sido parte de la dictadura de Pinochet, donde los uniformados detentaban no el monopolio jurídico de la violencia sino el monopolio arbitrario de la violencia, que es cosa muy distinta, como lo saben muy bien hoy las familias de los desaparecidos, ejecutados, torturados y exiliados.</p>
<p>La República tiene sus protocolos, sus modales. Más bien, <em>es</em> un sistema de modales y protocolos, que será un poco ridículo a veces, pero cuando se deja atrás sobreviene habitualmente la catástrofe. Si consideramos como se dice habitualmente hoy en día que los carabineros son la represión, tendremos que renunciar a ellos. ¿Y por qué pueden ir a gritar y a zamarrear a los parlamentarios y ministros sólo los estudiantes o los ecologistas y no por ejemplo los pescadores artesanales o las madres solteras o los enfermos terminales o los ancianos o los chilotes o los ciudadanos con problemas de fertilidad? ¿Cómo dialogar  -como dice Girardi-, con todos los que zapatean sobre la mesa y agitan furiosos sus índices ante la autoridad? Y perdón por haber usado esa palabra: autoridad. Pero así funcionan las cosas. La horda impone con fuerza su autoridad cuando todos corren o marchan en torno a una misma idea, o contra algo, pero en cambio muestra gran ineptitud para procesar las diferencias, para atender a la variedad de asuntos y actores que requiere la convivencia colectiva. Por eso es que la humanidad ha evolucionado, no sin penas y traumas, hacia los sistemas republicanos.</p>
<p>Cuando se imponen el zapateo y la capucha es cuando se hace preciso llamar a los pacos. ¡No los llamemos! Lo que viene a continuación lo vimos ya en un video de Concepción, donde un compadre mosqueado por los estudiantes y encapuchados se fue al auto y sacó una pistola. Es el proceso donde la gente, al ver que no hay fuerza pública, la privatiza. Es el momento esplendoroso de las escopetas caseras, los bates de beisbol, las pandillas, las brigadas, la balcanización, el saqueo. Tal es el precio que se paga por renunciar a los modestos y a veces demasiado contundentes carabineros. Después de unos meses de los deportes de autodefensa aparecen invariablemente los militares a poner orden, caramba, y entonces los irresponsables que armaron el desastre seguro que no estarán en ningún lado.</p>
<p>Pero los republicanos venimos diciendo hace rato que el sistema comprimido del pospinochetismo es injusto y peligroso. Una democracia donde los cargos parlamentarios se llenan por votación popular pero también a dedo, por cupos de listas cerradas o por designación tipo Ena von Baer, no puede satisfacer a la gente. Añádase a ello el que los jóvenes no han participado al no inscribirse como votantes. Hay una extendida sensación de abuso, de tomadura de pelo. Para qué decir el doble estándar de suavidad ante las grandes empresas y dureza para con los ciudadanos con que se han llevado adelante las políticas económicas. O el deslizamiento del espacio público hacia lo privado. Lo hemos representado tantas veces, de mil maneras. Y no olvidemos que muchos de los hoy indignados estuvieron silenciosos durante mucho tiempo, lo dejaron pasar todo, como si la historia no fuera con ellos.</p>
<p>La nuestra es, pues, una democracia en deuda. Y el ambiente generalizado de protesta e insurrección que vive el país se debe en gran parte a eso. Los que protestan, sin embargo, no saben ni quieren distinguir entre la democracia como sistema y la democracia concreta que aquí vivimos, y a lo que van es a terminar con ella. Lo cual es extremadamente peligroso porque no contamos con un sistema de recambio que no sean las democracias populares, que terminan siempre con un señor de uniforme rodeado de sus parientes y amigos saludando desde una tribuna a un desfile de militares y militantes en el Día de la Revolución.</p>
<p>La democracia republicana es casi siempre una aproximación al ideal, rara vez un máximo. Y es un sistema relativamente débil, por lo menos si lo comparamos a las dictaduras, que serían la alternativa.</p>
<p>No cabe duda en todo caso de que esos seres balbuceantes y paralizados que son hoy nuestros políticos debieran acometer cuanto antes una reforma en profundidad del sistema político, si es que no quieren que esa tarea la emprenda la muchedumbre enfurecida.</p>
<p>Pero al mismo tiempo la república tradicional está haciendo agua en todo el planeta. Los políticos no son queridos. Los sistemas parlamentarios o presidenciales empiezan a ser superados por la indiferencia, las redes sociales, las marchas, los indignados. Este movimiento coincide con el debilitamiento progresivo de los estados nacionales. La gente ve que su futuro depende más de las bolsas asiáticas o de las últimas novedades de Facebook que del Presidente de la República (por cierto ¿qué habrá sido del nuestro?).</p>
<p>Hay que ir pensando, pues, progresivamente, en un espacio público global, y por tanto en una organización republicana de dimensiones mucho más amplias que las que tenemos nacionalmente. Ya lo hacen así las grandes empresas y los grandes movimientos de protesta. Más allá de sus dimensiones, una república es siempre una asociación de ciudadanos libres provistos de derechos, que dentro de un marco legal de procedimientos resuelven sus diferencias garantizando así una vida mínimamente ordenada y en libertad. Hay en la actualidad un fascinante proceso en marcha que apunta a la globalización republicana.</p>
<p>En lo que a nuestra situación nacional y de hoy respecta, los principios republicanos nos indican que no hay soluciones para ningún problema al margen de ciertos procedimientos mínimos de respeto y de convivencia. Es decir, que las protestas también están sometidas a protocolo, que existen modalidades creativas y productivas de insurrección, así como las hay también destructivas y atentatorias a los derechos de los demás.</p>
<p>Los republicanos nos ponemos a veces un poco pesados con nuestra apelación a los reglamentos. Cuando florecen las repúblicas no nos dan ni más premios ni más plata, y cuando están en peligro también nosotros lo estamos. Pero en fin, como decía Spike Lee: <em>do the right thing</em>.</p>
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		<title>Tomas: de la universidad republicana a la universidad popular</title>
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		<comments>http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/10/12/tomas-de-la-universidad-republicana-a-la-universidad-popular/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 05:42:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
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		<category><![CDATA[universidad popular]]></category>

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		<description><![CDATA[Desgraciadamente los huertos orgánicos, los charangos del Quilapayún o las charlas del profesor Gabriel Salazar no vienen a complementar a la tradicional universidad republicana, sino a reemplazarla: en ello radica el vértigo de la situación. La ocupación de los recintos y la intervención de los calendarios académicos han significado en la práctica que las autoridades universitarias queden apartadas del poder real y se contenten ahora con desempeñar un poder nominal, un poco a la manera de los presidentes y parlamentarios de las democracias populares, donde quien manda de verdad no es el que firma los papeles. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El movimiento por la educación pública, que me cae muy bien, se me ha ido haciendo un poco antipático últimamente, y me pregunto por qué. Quizá el hecho central sea que en mi Facultad estamos desde hace cuatro meses en toma.</p>
<p>Para mí que cuando en una universidad pública empieza la toma, en ese instante queda suspendido el pluralismo. No pueden coexistir ambos, son incompatibles. La Universidad de Chile es una construcción republicana, y sus pilares son la equidad, la diversidad de identidades y opiniones, el sentido de colaboración con el país y la complejidad del conocimiento, todo ello garantizado por un gobierno institucional participativo y al mismo tiempo jerarquizado. Pero estos principios han quedado atrás, y lo que hemos vivido los académicos, estudiantes y funcionarios durante las movilizaciones ha sido el deslizamiento de una universidad republicana a una universidad popular.</p>
<p>Las universidades populares nacieron a fines del siglo pasado en Francia y fueron imitadas en España y en muchos otros países. Eran organizaciones que no estaban dentro de las universidades tradicionales, y que se habían propuesto llevar la cultura a los trabajadores, vecinos y gente que no lograba llegar a la universidad, casi siempre muy elitista y al servicio de los más poderosos. La universidad popular es a la vez un instrumento de difusión del saber y una herramienta de concientización, de lucha en contra del capitalismo.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Al final, si hay suerte, tendremos universidad gratuita, pero de carácter popular, orientada a sectores con menos recursos, en tanto que la gente más acomodada se formará en planteles privados, flotando con elegancia en los veloces flujos y redes del capitalismo globalizado, en la galaxia del éxito y los edificios de cristal, muy lejos de los subsidios, del Estado, de las tomas y las marchas. Por su purismo, por su radicalización simplificadora, el movimiento por la educación pública está validando en los hechos a la educación privada.</blockquote></div>
<p>Este molde es el que opera hoy en nuestros recintos tomados o en paro indefinido no negociable. Pero desgraciadamente los huertos orgánicos, los charangos del Quilapayún o las charlas del profesor Gabriel Salazar no vienen a complementar a la tradicional universidad republicana, sino a reemplazarla: en ello radica el vértigo de la situación. La ocupación de los recintos y la intervención de los calendarios académicos han significado en la práctica que las autoridades universitarias queden apartadas del poder real y se contenten ahora con desempeñar un poder nominal, un poco a la manera de los presidentes y parlamentarios de las democracias populares, donde quien manda de verdad no es el que firma los papeles.</p>
<p>Y me refiero a las democracias populares, a las repúblicas populares, o sea países que son o fueron comunistas, porque muchos de los mecanismos operativos de la universidad en toma están calcados de allí: marchas, asambleas, plebiscitos, declaraciones colectivas, todo un movimiento que en la parte frontal se despliega como una magnífica movilización en contra de los poderosos de siempre, y que en la periferia o en los detalles traseros deja ver unos dispositivos menos gratos: control de puertas, compadres enojados, funas, tendencia a la opinión única, autogestión en los asuntos de orden público, capuchas, barricadas, desolación de los espacios, fortalecimiento de una nueva autoridad que sin dar mucho la cara va tomando el lugar de la anterior. La toma es un poco injusta –reconocen algunos estudiantes con las pupilas encendidas– pero es la única manera de que el poder nos escuche.</p>
<p>Hace unas décadas me tocó vivir casi medio año en una república socialista de verdad, una democracia popular centroeuropea, hermoso país. Agradezco de corazón el que me hayan ayudado en tiempos de aflicción, pero no puedo olvidar mi experiencia de desencanto con el socialismo real. Aquello era, banderas más o ideales menos, una dictadura, y las dictaduras, aunque sean del proletariado, no sólo son catetes y latosas, muy humillantes, sino también peligrosas. O se traga uno las consignas y se va deprimiendo, o alega y se convierte en enemigo del sistema, con las consecuencias fáciles de prever.</p>
<p>La lógica del amigo-enemigo, ya lo hizo notar Eduardo Sabrovsky hace unos días en uno de sus artículos, supone una atroz simplificación. Todo con la revolución, nada contra la revolución, anunciaba por su parte Fidel, sin aclarar jamás qué era exactamente la revolución, con lo cual quedaba cada cual expuesto a lo que de modo caprichoso dispusiera día a día el Comandante.</p>
<p>Hoy vemos que todo el país está alineado con el movimiento por la educación pública y nadie en su contra, por lo que ya tenemos a una larga fila de personas, yo mismo en este artículo, proclamando antes que cualquier otra cosa su fidelidad al movimiento, no sea cosa que se nos complique la vida.</p>
<p>A la gente le gusta que las universidades se transformen en populares. Hay en este país tanto abuso instalado, tanta injusticia, tanta entrega al neoliberalismo extremo, que todo el mundo quiere creer en lo popular. Por eso es que cuando vemos a unos carabineros golpear a los jóvenes nos enfurecemos con los carabineros, y cuando es al revés, que son los cabros los que aporrean al paco, igual nos enojamos con los carabineros. Periodistas, jueces y vecinas disfrutan de la suave brisa de la libertad, y la impulsan. Los claustros académicos están también por lo popular, como corresponde.</p>
<p>El planeta vive hoy globalmente tiempos inquietos. La revolución digital está llegando a la política, a la vida ciudadana. Nuestros antiguos sistemas presidenciales o parlamentarios no logran hacerse cargo de la situación. El poder se ha movido, no está ya donde creía Piñera, en el sillón presidencial, y opera por ahora sin reglamentos. Y aparte de ello los chilenos vivimos el fraude del sistema binominal, que apaga todo deseo de estar en el sistema.  Nuestro actual gobierno no es para nada una guía moral, y la oposición tampoco. Carecen de aura. En este ambiente, saludamos con entusiasmo a la insurrección estudiantil chilena, y los aplausos llegan desde todas partes del mundo.</p>
<p>Los estudiantes han traído la festividad vital y el despliegue digital a la protesta, han levantado un desafío político imposible de esquivar, y esa ha sido su genialidad. La causa popular, sin embargo, sigue operando con el bagaje ideológico de la izquierda de siempre, tantas veces derrotada o si no vencedora con un producto finalmente más amargo que aquello que criticaba. La lucha en contra de la injusticia no ha logrado hacer suyos los valores democráticos, quizá porque se alimenta primariamente de una visión negativa de la condición humana según la cual o te aplastan o debes aplastar a los demás. En esa lógica de lucha libre ni la democracia ni el pluralismo tienen mucho sentido.</p>
<p>Es así que la universidad popular, amarrada operativamente a la izquierda vintage con su lógica de ocupación progresiva de espacios y posiciones de poder, supone que quienes le hacen resistencia no son discrepantes, sino enemigos. Es una manera muy latosa de funcionar. Los burgueses no tienen cabida en ella, ni los conservadores, ni los tibios, ni las almas poéticas o galácticas, ni el sentido del humor. Son mirados con sospecha los que se restan de los huertos orgánicos ejemplares, de los talleres de volantines o de los conversatorios en los cuales el sólo hecho de asistir significa cuadrarse de antemano con las conclusiones.</p>
<p>Pero aparte de enfrentar cotidianamente al enemigo interno, las universidades populares, como las democracias populares, necesitan derrotar al enemigo externo. Las redes sociales ayudan ahora a conseguir apoyos dentro y fuera del país. El movimiento, para no detenerse y morir, debe expandirse, convocando marchas cada vez más contundentes, y desafiando de modo crecientemente frontal a los poderes políticos y económicos. Camila Vallejo ha anunciado ya que esta es una lucha de varios años. Arturo Martínez declara que su meta es sacar a la derecha neoliberal y autoritaria del palacio de La Moneda. Un dirigente del norte ha llamado a los estudiantes a radicalizar la movilización y prepararse para tiempos difíciles.</p>
<p>La historia reciente nos advierte, sin embargo, que cada vez que la lógica simplificada de amigos y enemigos se apodera de la vida política y social, las sociedades ingresan en un torbellino emocional y noticioso que termina finalmente o en una guerra, o en una dictadura, o en ambas. Rara vez los caídos o humillados son los poderosos de siempre.</p>
<p>En las universidades populares que reemplazan hoy a las universidades públicas los carabineros no entran, y donde los carabineros no llegan florece naturalmente la capucha. No existe jamás un espacio sin alguien o algo a cargo del garrote, el cual se administra más o menos conforme a la ley o si no de cualquier manera, arbitrariamente. Como bien saben explicar los antropólogos, la tribu humana necesita siempre de un sistema de orden, y cuando el que había no opera viene otro a desempeñar su rol.</p>
<p>Las autoridades universitarias perdieron hace rato el control del llavero y del calendario, y se han avenido a considerar como verdadera la paradoja matemática de que un semestre no tiene, como podría creer cualquier lego, 24 semanas, ni tampoco 18 como sostienen habitualmente las universidades, sino 12 como han dispuesto los sindicatos estudiantiles. De la calidad nadie se acuerda al hacer estas mariguanzas. Los Consejos de distinto nivel se reúnen ceremoniosamente para ratificar con mucha acuciosidad administrativa lo que van disponiendo las asambleas mediante megáfonos y plebiscitos. Los reglamentos existentes son letra muerta, o letra comestible. Los académicos vagamos por ahí sin que nadie nos pesque salvo para reuniones y trámites un poco ficcionales donde lo más prudente, en general, es estar de acuerdo sin por ello renunciar a una digna expresión de distancia en el rostro. Y a ver en qué mes o semestre -oh modesta condición de los asalariados-, dejarán de pagarnos el sueldo, que los profes a honorarios ya están con dificultades. Cientos de alumnos, especialmente de altos puntajes, están emigrando hacia universidades privadas. Como bien decía un delegado estudiantil en una de las reuniones del Consejo de Pregrado de mi Facultad, lo que se está buscando es reventar el sistema.</p>
<p>Del mismo modo que las repúblicas populares en su tiempo, las universidades populares se cuidan ante todo de controlar la puerta, el recinto y el calendario de actividades, o sea un poco el ministerio del Interior, el dispositivo de seguridad. Respecto de la economía, y siguiendo también a ese tipo de países, da un poco igual. Y lo académico, bueno, eso siempre es conversable.</p>
<p>Rectores y decanos sacan cuentas afligidas porque saben que el sistema de universidades públicas chilenas depende de flujos de caja que, diversamente a lo que ha ocurrido con largos paros universitarios en México o en Argentina, no están garantizados por el Estado, sino por los pagos de las familias, que están comenzando a mermar. Del mismo modo, están conscientes de que perder masivamente el año o un semestre hará imposible atender a la vez a esos repitentes y a las cohortes del próximo año, lo que para mi universidad representaría un menor ingreso de aproximadamente 15 mil millones de pesos al año, menor ingreso que se prolongaría en el tiempo durante unos cinco años, un hoyo de unos setenta mil millones. Ello puede llevar al default. Una quiebra que no lamentarían mucho ni el gobierno, emocional y socialmente ligado a las universidades privadas o católicas y ciego en su mirada al futuro, ni tampoco el movimiento estudiantil, que se siente más cerca de la universidad popular que de la aporreada universidad republicana. Es más fácil, pues, degradar los semestres y aprobar los ramos por secretaría.</p>
<p>Al final, si hay suerte, tendremos universidad gratuita, pero de carácter popular, orientada a sectores con menos recursos, en tanto que la gente más acomodada se formará en planteles privados, flotando con elegancia en los veloces flujos y redes del capitalismo globalizado, en la galaxia del éxito y los edificios de cristal, muy lejos de los subsidios, del Estado, de las tomas y las marchas. Por su purismo, por su radicalización simplificadora, el movimiento por la educación pública está validando en los hechos a la educación privada.</p>
<p>¿En qué ha fallado el modelo republicano de universidades para encontrarse en esta situación tan desfavorable? ¿Qué factores explican su deterioro justo en el momento en que parecía haber conquistado los recursos y las herramientas para funcionar debidamente? No logro aún entenderlo. Y qué bonita está la primavera.</p>
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		<title>Educación: esfuerzos para mejorar la cárcel</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Sep 2011 06:44:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Guillermo Tejeda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
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		<category><![CDATA[Movimiento estudiantil]]></category>

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		<description><![CDATA[Nuestros jóvenes de hoy están decididos a mejorar la educación. No sé si se pueda mejorar algo tan dañino, y es cuestión de ver, lo primero que se hace en un colegio es instalar la reja del perímetro y el control de entradas y salidas. ¿Por qué no dejar que cada cual entre o salga libremente? Lo que más vale son las notas, una especie de dinero negro del conocimiento que en verdad nada tiene que ver con su sustancia. Cuando aprendemos algo que nos sirve estamos naturalmente contentos, y no necesitamos premios adicionales y menos castigos. ¿Para qué? Aprendemos porque lo necesitamos, no para ser evaluados.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La verdad es que si yo hubiera salido a marchar por la educación cuando estaba en el colegio, hace ya muchos años, hubiera exigido no que lo mejoraran, sino que lo cerraran. Mi colegio, de curas y con lucro, me pareció siempre un recinto carcelario a cargo de personajes depresivos e ineptos. Su desaparición me hubiera devuelto la libertad.</p>
<p>En casa, mi padre se quedaba repasando los artículos que escribía a máquina para llevarlos a mediodía a la redacción de los diarios. Su muy personal ambiente creativo producía un desparramo de libros abiertos en el suelo y las mesas, revistas con marcas, música de jazz o de Bach, humo de cigarrillo y todo aquello que pudiera ayudar a la libertad de espíritu, a desplegar el ímpetu creativo. Sólo observando lo que hacía y gracias también a sus gestos, a sus miradas, aprendí con él muchísimo más que en el colegio, aprendí a entender la cultura como una conversación y no como un deber, también supe ganarme la vida más tarde con aquello, además de quedar de paso premunido de algunos valores que me parecen relevantes: la tolerancia, el sentido del humor, el amor por la libertad, la confianza en nuestra propia humanidad individual.</p>
<p>Nunca entendí por qué razones me obligaban a levantarme a unas horas absurdas, tiritando de frío y atemorizado, para dejar la tibieza del hogar e ir a dar a aquel cuartel que estaba considerado un gran colegio, pero que era asqueroso. No se puede mejorar una cárcel. No es posible optimizar un sistema que en lugar de hacernos conversar con las mentes más interesantes de todos los tiempos, cada cual a su manera y a su gusto, se empecinaba en exigirnos resúmenes, sumas, quebrados, memorizaciones botánicas y otras estupideces, a punta de amenazas y castigos.</p>
<div class="news-quote alignleft">  <blockquote> Lo que sí es cierto es que en el sistema educativo nacional hay cárceles  más pirulas y cárceles menos, y que se trata de una encarcelación muy  segmentada por clase social, por barrio, por el azul o marrón de los  ojos, incluso por la inteligencia o capacidad de sometimiento, sin que  los niños tengan responsabilidad alguna en esos afanes por discriminar  que dan asco. En todos los casos, sin embargo, se les enseña a los  estudiantes no lo que quieren aprender, sino lo que unos burócratas de  la pedagogía creen que debe enseñarse, con horario impuesto, en recintos  numerados y por materia etiquetada.</blockquote></div>
<p>Creo que la lección real del colegio era: niño, eso que tú crees que es tuyo, tu tiempo, nos pertenece. Y ese cuerpo que quizá imaginas que es también tuyo, nada, es del colegio, así es que uniforme completo, pelo corto, sin moverse cada uno en su pupitre, clase de gimnasia y los viernes de rodillas en la iglesia. Y nada de pensamientos aviesos, que tu mente también es cosa nostra. Una sistemática violación de los derechos humanos en nombre de una cultura despreciable de cuaderno y libros de textos. Lo intuía yo claramente comparando aquella basura con la cultura tolerante y entusiasta de mi papá.</p>
<p>Pero nuestros jóvenes de hoy están decididos a mejorar la educación. No sé si se pueda mejorar algo tan dañino, y es cuestión de ver, lo primero que se hace en un colegio es instalar la reja del perímetro y el control de entradas y salidas. ¿Por qué no dejar que cada cual entre o salga libremente? Lo que más vale son las notas, una especie de dinero negro del conocimiento que en verdad nada tiene que ver con su sustancia. Cuando aprendemos algo que nos sirve estamos naturalmente contentos, y no necesitamos premios adicionales y menos castigos. ¿Para qué? Aprendemos porque lo necesitamos, no para ser evaluados.</p>
<p>Suponemos quizá que los niños están mejor en el colegio, más seguros, pero hay ahora muchos colegios que llevan meses sin clases y no se perciben mayores daños en nadie. Yo creo que los padres ponen allí a los niños sus padres para huir de la casa y sumergirse también ellos en sus prisiones ansiosas, y hacer dinero para pagar ansiosamente muchas cosas que no necesitan. Transfieren a los colegios la función de educar, creyendo que la educación es una mercancía, un servicio que se puede externalizar a cambio de una suma mensual.</p>
<p>Lo que sí es cierto es que en el sistema educativo nacional hay cárceles más pirulas y cárceles menos, y que se trata de una encarcelación muy segmentada por clase social, por barrio, por el azul o marrón de los ojos, incluso por la inteligencia o capacidad de sometimiento, sin que los niños tengan responsabilidad alguna en esos afanes por discriminar que dan asco. En todos los casos, sin embargo, se les enseña a los estudiantes no lo que quieren aprender, sino lo que unos burócratas de la pedagogía creen que debe enseñarse, con horario impuesto, en recintos numerados y por materia etiquetada.</p>
<p>Da lo mismo tanto esfuerzo, porque finalmente a uno se le queda dentro bien poco de todo aquello, y menos peso aún tiene esa materia existiendo Google, que allí está todo sin tener que ponerse un uniforme y escuchar sentado a un compadre no muy convencido explicando algo de manera autoritaria.</p>
<p>Los niños son curiosos y aprenden por sí solos, como los adultos. Somos buenos para aprender, los humanos. Y los colegios son una prótesis medio ridícula donde se propagan los peores vicios de nuestra sociedad clasista y paranoica. En unas décadas o siglos más, si el planeta sigue un poco donde está, contemplarán nuestros sucesores con una sonrisa burlona nuestros afanes por mejorar la educación. La educación es algo constitutivo de nuestro ser, una fuerza dinámica, no un edificio, ni una marca, ni un programa, ni una libreta de notas, ni un título o un postítulo.</p>
<p>Comparada con los colegios, la universidad siempre me pareció un espacio de libertad. Finalmente uno puede elegir en ellas qué estudiar, aunque no siempre, porque hay padres que insisten en imponer sus propios gustos a los hijos, chantajeándolos. Lo cierto es que cada cual debe hacerse cargo de su propia vida, y lo que el padre estudió o no estudió es su asunto, no el de sus hijos.</p>
<p>No sé por qué en Chile no ir a la universidad es en muchas familias una especie de drama: no quedó!&#8230; no le dio el puntaje! Madres sollozando, padres encolerizados, o al revés. Es mejor, como decían los fundadores de Summerhill, ser un carpintero feliz que un Primer Ministro neurótico. Pero en Chile, aunque no tengamos Primeros Ministros, estamos apostando fuerte por la neurosis. La mera pregunta &#8220;qué vas a estudiar&#8221; cuando sale alguien del colegio es ya un poco pasadora a llevar. Esa persona ya estudió, y sabrá cada cual si quiere o seguir sentado en un banco repasando hojas de libros. La pregunta respetuosa, si hay interés, es preguntarle al joven o a la joven a qué piensa dedicarse.</p>
<p>Existen muchas universidades, sin embargo, que se esmeran en ser como colegios aunque no haya que llevar uniforme y se permita fumar a los estudiantes en los recreos. Son estrictas, con mucha cosa obligatoria, tareas, retos, apuntes, notas, promedios, indicadores, toda esa parafernalia que nada tiene que ver con el conocimiento auténtico.</p>
<p>En eso las universidades públicas son más evolucionadas, hay menos marcación personal y al mismo tiempo más libertad y mayor formación en las propias responsabilidades. El proyecto humanista consiste en entregar a los jóvenes un espacio abierto y con recursos, donde pueda cada cual organizar su crecimiento y su maduración según sus propios intereses y motivaciones.</p>
<p>Con estas movilizaciones estudiantiles tan bonitas en cuanto a la meta que se han propuesto, nos ha aparecido a veces a la vista la parte más oscura de las universidades públicas, especialmente con las &#8220;tomas&#8221;, que significan interrumpir no sólo la programación prevista, sino además la libre circulación de las personas. Los organizadores de las &#8220;tomas&#8221; instalan lienzos, candados, controles de entrada, también puede que un pequeño club de encapuchados, y programan actividades tipo campamentos juveniles de los antiguos países comunistas, todos opinando más o menos lo mismo, marchando, en pos de unos ideales, y muy enojados, no se vaya uno a oponer en una asamblea a lo que están tratando de hacer. Siendo emocionante, no hay en aquel tipo de organización libertad para pensar, para opinar o para entrar y salir. Uno no entiende cómo en una universidad pública, que se define identitariamente por su pluralismo, por su no discriminación, se permite que grupos de personas se apropien físicamente de los lugares, discriminen, segreguen, etc.</p>
<p>A mucha gente le gustan mucho las &#8220;tomas&#8221;, sin embargo. Tal como son muy populares los colegios con sus rejas perimetrales y sus uniformes. De la misma manera como se pretende manipular a los jóvenes para que estudien, digamos, derecho y no por ejemplo gastronomía. O como se afanan algunas universidades privadas en atrincar bien a sus pupilos.</p>
<p>Son manifestaciones, todas ellas, del gusto de mucha gente por la esclavitud. De la desconfianza en la naturaleza curiosa y creativa de las personas. Una moralina pesimista, revestida de ideas de derecha o convicciones de izquierda, da lo mismo, porque su norte es combatir la libertad.</p>
<p>La libertad nos da miedo porque significa hacernos cargo de nosotros mismos. Se trata, siendo libres, de pensar, de decidir, y de defender lo que uno ha pensado y decidido, porque de otro modo no se siente uno bien consigo mismo. Se trata de confiar en nuestros sentimientos profundos, en esa voz que nos dice qué es lo recto y lo no recto. Ser honestos nos obliga a cierta modestia, a hacernos cargo de nuestra realidad personal e intransferible, de nuestros deseos.</p>
<p>Pese al miedo que da y al esfuerzo que comporta, es mucho más bonita y plena una existencia libremente escogida que una vida esclava. En rigor, sólo una existencia en libertad, respetando por cierto a los demás, merece llamarse humana.</p>
<p>Quienes venden esclavitud (en cualquiera de sus modalidades educacionales o ideológicas) a menudo se la sacan argumentando que es &#8220;por ahora&#8221;, que es preciso sacrificarse ahora para ser libres más tarde. Mi experiencia me dice que quien practica la esclavitud en las cosas pequeñas la defiende también al final en las grandes cosas. Que cuando uno entrega tontamente un trocito pequeño de su propia libertad y de su propia sensatez, termina por entregarla toda. Lo que está en juego cuando nos esclavizamos o no dejamos que nos esclavicen es nuestra identidad, nuestra diferencia gozosa de habitar cada uno de nosotros en propiedad nuestro propio ser, que se educa cada día, a su pinta, lejos de negociantes, burócratas o comisarios políticos.</p>
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